La Verdad

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Categoría: Turismo
Ciudades inteligentes

 

Dentro de unas semanas Murcia abre sus puertas de par en par al I Congreso Mundial sobre Destinos Inteligentes (Organización Mundial del Turismo).

Serán tres días de plática interesante sobre temas que son todo un desafío en la rama del turismo: medidas de accesibilidad de los parques en Nueva York; los retos de construir el metro en una ciudad en pleno desierto; la experiencia ferroviaria en Francia (que como saben tienen hasta máquinas que con unas moneditas no más expenden cuentos), etc.

Mi amor a los robots

Y se hablará largo y tendido de apps, portales y de robots. Estoy que vivo sin vivir en mí. Vaya que estoy hecha un lío. Ahora que ya los robots nos pueden dar la bienvenida en un hotel. Y lo hacen con más de treinta expresiones faciales distintas, leo los borradores de las futuras leyes europeas y hay una que me preocupa: “no podremos cogerles cariño”. Con esa forma tan humanoide que tienen… ¿Quién se puede resistir? Si yo hasta los veo guapos. El texto legal resumidamente: obligación de poner en ellos una pegatina que nos recodará que no saben amar. Y eso que el Congreso comienza justo después del día de los enamorados.

Me cuenta mi amiga Ana, profesora experta en robótica, que ya los hay que les cuentan cuentos a los niños cuando van a dormir. Y los pequeños, al apagarlos, hasta les dan las buenas noches y los acarician y todo. ¡Cuánta ternura! Así hasta que entre en vigor la ley.

Séneca traducido en una fórmula matemática

El caso es que además de este sinvivir en el que la robótica me tiene casi abducida, también ando un poco asustada. Y eso que como verán, he hecho los deberes y todo. Mi comunicación en el Congreso será sobre lo importante que es el factor humano en los viajes. Sí, sé que soy osada. Vaya que es como ir a la guerra sin armas. Yo apeló al sabio Séneca con su “homo sacra res homini”.  Y es que el contacto con las gentes, culturas… -y más aún en los viajes- tiene un alcance tal que, aquí sin prohibiciones legales, podemos cogerle cariño. Los expertos en marketing ya le han puesto una fórmula casi matemática a este poderío humano: H2H (human to human).

Brújula versus GPS

Hace poco asistí a una charla en la que un grupo de montañeros contaban algunos desafíos que su expedición había tenido. Son de los que llegan a todos los “techos del mundo”, vaya que dejan las luces de la civilización detenida muchos kilómetros más abajo. En el grupo hay uno que sigue viajando con su brújula. Otros, los más modernos, se han pasado al GPS. Pues bien, el de la brújula contaba satisfecho que jamás se había perdido nunca. Y que en alguna ocasión los del GPS se habían tenido que unir a él.

Así las cosas, aún se puede viajar sin apps en el móvil o… ¿es demasiado arriesgado? Será que sigo siendo demasiado osada tal vez. Y es que al mundo de las nuevas tecnologías hay que hacerles algún guiño porque… ¿y si somos nosotros los que terminamos imitando a los robots de tanto usarlas?

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Toledo, verso a verso

 

Nada de paso a paso,

sería algo prosaico en este caso.

Durante un fin de semana, esta ciudad tiene una métrica especial: la poesía, la razón de “la venida y estada en esta tierra”. 

Poesías en plazas a la hora del vermut

Si a Toledo le sobran razones para visitarla, añadimos una más: el Festival Voix Vives. Y prepárense que el recorrido no es sólo horizontal, sino que se descubre la ciudad literalmente “de arriba abajo”: Los poemas se pueden disfrutar en terrazas, azoteas, balcones, escaparates, junto al río… En fin, que toda la ciudad está “hecha un poema”. O, como destacó la directora del Festival, jugando con las sílabas, en To(le)do, “todo es poesía”.

De viva voz

El Festival se celebra de viernes a domingo, normalmente a principios del mes de septiembre. En él más de 130 poetas se reúnen para recitales, encuentros, talleres. Todo ello combinado con música, danza, teatro… La ciudad ya ha previsto toldos y hamacas para que el momento sea de deleite y comodidad. Hasta golosinas en unas mesitas pusieron en un balcón.

Así, cuando los poetas recitan en una azotea, se une el aliciente de poder ver el atardecer tocando sobre todos los tejados toledanos; cuando el poeta está en un baño árabe, allí al remojo uno cree que está en el mismísimo paraíso acuático. Si Vds. van acompañados y a su partenarie no le gusta la poesía, no se preocupen “aunque dello no me aprovechara, con la vista dello me consolara”, y es que esta ciudad solo con verla, apasiona.

Las hamacas y la poesía, puro deleite

Poemas por doquier

Toledo tiene la muralla y, “al otro lado no la necesita, para eso tiene el Tajo”, dicen orgullosos sus habitantes. Dentro de estas coordenadas se desarrolla el Festival. Desde las “Cuatro calles”, hasta Zocodover, en cualquier recoveco, terraza, plaza, allí suena un poema. A la pena de ser ciego en Granada, se une ahora la de ser sordo en Toledo justo los días de este Festival.

Incluso en las calles más estrechas, sí en esas en las que estirando los brazos podemos dar la mano a los vecinos de los dos lados, sorprendentemente, en ellas también, hay cabida para unas sillas para la escucha. Los transeúntes también encantados.

Conocí a una chica que repite ya varios años. Me contaba que hay tantas actividades, que ella se tiene que hacer un planning para poder elegir e ir a las que más le gustan. Y la verdad es que para los que vamos de fuera, como la ciudad es un poco (¡qué digo poco!) laberinto, se complica el ir “de aquí acullá”, porque es fácil perderse. Así me sucedió varias veces.

La insigne Toledo "invadida".

Ante este trajín por las “angostas calles”, cosa buena es acudir a los voluntarios para que en este dédalo toledano, nos hagan de lazarillos. No se pierdan un bonito botón de muestra de cómo estos chicos se integran en el fin de semana poético. Por su atuendo los reconoceréis: una camiseta blanca en la que por detrás está el logotipo del festival y, por delante cada uno de ellos ha escrito una poesía.

Hasta las tantas

Lo mejor sin duda es la posibilidad de ver los lugares más bonitos de Toledo al son de los versos: que si la Escuela de Traductores se abre para proyecciones; la Sinagoga del Tránsito deja entrar un torrente de luz que se mezcla con el recital.

Los poemas comienzan a la hora del desayuno, y se alargan hasta la madrugada. Por la noche la cita es junto al río. Allí este año han sido poemas llenos de humor y sátira, cantautores, etc. Y, como no, destacando el valor de nuestra querida letra “ñ” que tanta personalidad nos da.

Este evento poético también tiene lugar en otras ciudades del Mediterráneo. La francesa Sète en la Costa Azul está casi hermanada en sonetos y rimas con la toledana. Lo digo porque la poesía, así esparcida por una ciudad, a mí me da que me está creando adicción.

El rincón de Cervantes, también invadido por la poesía

La ocasión la pintan calva

Así que si Vd. ya disfrutó de lo lindo de todos los pareados típicos veraniegos: granizado y bronceado. También si Vd. fue uno de los que se tuvo que conformar con un estío de cuartetos escuetos con las famosas 4.P: playa, paseo, pipas y parchís; Y no digamos si rozó el summum de la ensoñación: sombrilla en primera línea; yate del amigo; barbacoa sobre el césped, cine a la fresca… para todos esta despedida del verano con toque poético puede venir que ni pintado. Y a buen seguro hasta puede ayudar a hacer mejor el tránsito al mundo laboral.

Nuestro guía particular

Pues sepan Vuestras Mercedes que si desean recorrer una ciudad invadida por la poesía, nos vemos en septiembre. El pregonero que cómo habrán intuido nos ha guiado por esta ciudad, ha sido el genial Lazarillo de Tormes que bien la conocía y ya nos lo anticipó cuando decía que Toledo es lugar de fiestas y “desta manera se está tres días con paso acompasado, a papar aire, embelesado por las calles”.

 

 

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El turista invisible

 

He estado entretenida leyendo los informes que publica la Organización Mundial del Turismo con motivo del día mundial del turismo (27.septiembre). Este año, al ser olímpico, tenía esperanzas de que hubiera salto de trampolín y se desvelara por fin el misterio, pero pequé de ilusa. Todo ha quedado en un mero chequeo médico de las ciudades. Una vez más se acude a ese incertum que es el “turismo sostenible”. Yo siempre me pregunto: ¿Qué turista deja traer bondades a una ciudad y ya, el siguiente que llegue complica la vida normal de los habitantes?

O, traducido en números: ¿Cuántos cruceros más pueden atracar en Barcelona? ¿Cuántos nuevos hoteles en Benidorm?

La macroeconomía tendrá la fórmula, digo yo

En la universidad nos enseñaban las máximas de la macroeconomía. Por entonces la que regía con más fuerza era: “Si la construcción va, todo va”. Y, después, en la práctica hemos visto que sí se cumplía esta teoría tanto en sentido afirmativo como negativo.

Pisándoles los talones y ya con una infraestructura hotelera construida de sobresaliente, llegó otro axioma: “Si el turismo va, todo va”. Y también, la pusimos en práctica. Pero ahora ha variado la segunda parte de la fórmula. Ha pasado a serlo bajo la interrogación: ¿De verdad todo va?

Y es este dilema el que ando yo investigando en las reglas de la macroeconomía para poder saber el punto exacto en el que el turismo ya no es cosa buena. Muchas ciudades han visto cómo los precios de las cosas más cotidianas, como tomar un café, trepaban a ritmo, primero del dólar, luego del yen y del rublo y ahora, del yuan.

Librerías donde antes de comprar el libro ya puedes empezar a leerlo y si lo terminas de un tirón, no pasa nada. Esos terceros lugares…

El “paseíllo del turista”

La invasión del turismo llega tan lejos que la cosa empieza a ser preocupante. Se habla del “paseíllo del turista”. Los <<must>> que debe ver: Ese ir y venir de un sitio a otro, sin pararse a disfrutar para poder visitar veinte monumentos en cuatro días.

Y su visibilidad queda atestiguada en el plano individual: Foto selfie en ellos como prueba del maratón realizado; En la esfera pública: datos estadísticos para después poder medirlo (control de compras con tarjeta de embarque en los aeropuertos; lugar de procedencia en las oficinas de turismo, pernoctaciones, etc).

Tendencia en alza

Últimamente estoy comprobando una tendencia que se resume en: Nada de circuitos. Son turistas invisibles para la macroeconomía y también para su cómplice, la estadística. Ya se habla del atractivo que tienen “las segundas (y terceras) ciudades”; también, se buscan en ellas los “terceros lugares”: que si una pastelería donde puedes saludar a la cocinera; una librería con un rincón peculiar; paseo con un artista local, etc. El viajero busca sentirse como uno más de la ciudad y, abandona (huye de) las rutas ya trazadas.

¡Lo que sufrí el día que me dijeron que no querían ver esta maravilla!

Ni una catedral más

Les cuento un caso que me sucedió hace poco. Un matrimonio de Texas de muy avanzada edad vino a Murcia. Superaban los ochenta cada uno. Habían estado viajando por todo el mundo. Cada Navidad me contaban sus viajes. Yo, preparando su visita, me puse a repasar con codos todo lo que sabía de mi ciudad.

Fui a recogerlos a su hotel y estaba deseando explicarles cosas y presumir de catedral. Nada más empezar, iba yo ya cogiendo ritmo por la segunda sílaba, cuando me dijeron: “Inma, hemos estado en las catedrales de medio mundo, no tenemos interés en visitar ninguna más”. Tras superar el corte (teníamos mucha confianza así que en un plis plas me repuse) rápidamente tuve que idear un plan B. Y lo que hice fue incorporarlos a mi día a día, con mi grupo de amigos y familia: que si un concierto de jazz en un sótano, que si compras en el mercadillo, un vermut en una taberna local, paella dominguera…

El último día, cuando nos despedíamos me dijeron que Murcia había sido el lugar que más les había gustado, donde habían recibido más cariño. Y es que cuando aparecía yo con “mis dos abuelos tejanos” –así decidí presentarlos-, al principio, las caras de todos eran de sorpresa. Luego ya, en otro plis plas, terminaban como amigos de toda la vida.

Desde entonces, cuando vienen amigos de fuera, ya no repaso los apuntes de la Catedral. Directamente les pregunto: ¿Tú quieres sentirte como un local? Y la respuesta, hasta la fecha, es siempre un sí rotundo, sin titubeos. Hagan la prueba. Lo mejor de todos: Les evitará, si Vds. también son de las que las olvidan con facilidad, tener que repasar las fechas y datos de los monumentos. Porque, eso sí, el turismo sigue siendo un gran invento.

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Del Caribe al Mar Menor

 

Vienen desde Puerto Rico. Van a recorrer España casi entera. Empezarán por San Sebastián; Luego parada en Segovia, Toledo… Su último destino es Murcia. Y lo que más ilusión les hace de todo este recorrido es darse un baño en el Mar Menor.

Hace unos meses:

Puerto Rico: Entrada al Caribe

Estábamos merendando en una chocolatería del viejo San Juan.  Mis amigas puertorriqueñas me decían que era casi un pecado mortal regresar a España sin haber ido a la parte caribeña de la isla. No paraban de enseñarme fotografías. En una, las tres dentro del agua transparente, flotando en unos sillones-colchoneta, con sus piñas coladas y sus sombreros panamás.

Una de ellas dirige un pequeño hotel de esos con encanto a pie de arena finísima caribeña y justo enfrente tiene islas desiertas para elegir. Me insistía en que me podía alojar sin coste alguno y hasta me dejaba la canoa para ir al cayo que yo quisiera. “Todos están desiertos”, añadía. Con la ilusión que a mí me hace aquello tan aventurero de ir a una isla desierta…

En fin que viendo las fotos, andaba yo con la pena metida en el cuerpo porque el avión regresaba al día siguiente y me iba a perder todas aquellas maravillas.

Otra amiga se incorporó más tarde a la merienda y preguntó dónde estaba Murcia. Fue oír mi ciudad, vaya que sin querer (bueno queriendo un poco también) me crecí. Todo empezó casi sin darme cuenta, como si fuera un desafío: “Sí, sí vosotras tenéis el Caribe, pero yo tengo el Mar Menor”.

Déjenme que me explique. Que la pena que yo sentía porque no iba a conocer el Caribe puertorriqueño, se transformó ipso facto en orgullo patrio. Vaya que me inflé y empecé a contarles las maravillas del Mar Menor. Que si la bondad de los lodos; los baños casi de sal; los paseos de varias millas adentro sin que te cubra; las historias de los balnearios…

Según iba contándoles, todas: boquiabiertas. Tanto que rápidamente cogieron sus móviles (yo estaba sin datos) para buscar fotos de este mar del que jamás habían oído hablar. Y el fondo documental gráfico de Google fue mi aliado: mostró vistas aéreas, playas de arena fina… Ahora todas: ojipláticas.

Dentro de unos meses:

Mar Menor: con un toque muy caribeño

Todas (sí, sin proponérmelo logré unanimidad) vienen a Murcia. Tienen mucho interés por este “mar chiquitito” o “lago salado”. Así lo llaman. Se ve que del impacto al ver las fotográficas olvidaron el nombre. Y según me cuentan, ya tienen el bikini en la maleta.

Aún no les he dicho que el Mar Menor está últimamente “enfermo”. Dragados por una zona; vertidos por otra… En fin el sumario judicial está formado las piezas de este puzle de destrozos y nos aclarará qué hicimos mal. El caso es que cambiamos la arena por licencias de obra y cédulas de habitabilidad; matamos a los caballitos y enturbiamos el agua. Este paraíso está latiendo y pide ayuda a gritos.

La última vez (no hace tanto) llevé a un grupo de japoneses al Mar Menor y se hicieron fotos con sus pies dentro del agua rodeados de miles de peces haciéndoles cosquillas en los dedos. A ver cómo salgo yo de ésta. Tal vez un buen caldero sea esta vez el único consuelo para mitigar la desilusión. Y yo habré incumplido “el baño en el verdadero paraíso” como les prometí bajo los efectos (sé que no es excusa) de un chocolate con coco.

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“Vendaval musical” a la fresca

 

Hoy toca desmelenarse. En sentido literal, entiéndanme. Este destino es de esos en los desearemos con ganas que sople viento. Y que lo haga con fuerza, porque se convierte en… ¡música!

Imagínense que un gran órgano se hubiera escapado del coro de una iglesia y estuviera en mitad de un parque. Y que además, tuviera vida propia. ¡Vaya que si la tiene!

Les hablo del parque Sibelius en Helsinki. Se llega a este rincón paseando por la orilla del Báltico donde ya se “notan los primeros acordes”, pues se anticipa un poco la brisa por la cercanía del mar.

La partitura aquí, es cosa del viento

Se trata de una escultura en honor al compositor, formada por unos quinientos cilindros huecos de acero por los que se cuela el viento y, entonces, el parque, sin dejar de serlo, pasa a ser una sala de conciertos. 

Esta “caja de Pandora” no siempre resuena. Los días de calma chica no queda otra que disfrutar del silencio.

Concierto “a la fresca”

La mejor “butaca” para oír el concierto –distinto cada día-, es situarse en lo alto del montículo, pues uno puede ir caminando bajo la escultura y sentir cómo penetra la música por todo el cuerpo y, al estar huecos, mirar hacia arriba y ver cachitos de cielo. Y uno no está soñando.

Cosas del artista que dominaba el trabajo con acero y supo lucir su valía. Cuando yo fui había un grupo muy numeroso de colombianos y ellos disfrutaron tumbados en el parque a la bartola. Y es que la música tiene eso, que cada uno, la aprecia a su manera.

Helsinki es de esas ciudades en las que diseño se ve por todos sitios, se mire donde se mire: en un bolardo en mitad de la calle; en una farola en la estación, en los escaparates… Y, en este caso, en el parque. Al principio esta escultura no gustó mucho. Es de esos “patitos feos de las ciudades” que esconden mucho encanto y que tarda en aparecer. Pero ahora es uno de los sitios de moda.

Decibelios de viento en el parque Sibelius (Helsinki)

Tanto, que todos los bares de madera casi construidos sobre el agua son los favoritos para ver el atardecer. Y entre este “viento musical”, el sol que se va yendo… vaya que en este lugar uno es fácil que se desmelene, ahora sí, léase en sentido figurado. Y ojo al dato que el viento además de despeinar también levantas las faldas. Sí, sí, este rincón tiene un peligro. Avisados quedan. Por algo la escultura se titula: “Passio Musicae”. No digo más.

Maestro, que no pare la música. Digo, el viento, que siga soplando. Que en estos lugares verdes, al aire libre… uno se queda siempre un ratico largo a disfrutar de la vida. Y si hay un bar cerquita para tomar algo, entonces: ¿quién dijo que tenía prisa?

 

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Mi panadero en la BBC

 

Situaciones que para nosotros son cotidianas y a las que casi ni les prestamos atención, cuando vienen turistas a España y las descubren por primera vez, la cosa cambia por completo.

Les cuento lo que me ocurrió hace unas semanas. Tenía una familia de amigos egipcios alojados en mi casa. Entre el grupo de invitados se encontraba una periodista de la BBC.

Cuando desayunábamos todos juntos preguntaba sorprendida cómo siendo tan temprano, nos había dado tiempo a comprar esas delicias. Le decíamos, medio en broma, que era el pan el que casi venía solo a casa todos los días. Luego ya le explicamos que la camioneta del panadero pasaba por la puerta y, al sonido del pito, hacíamos acto de presencia.

Se quedaron todos sorprendidos al ver este negocio en el que “el pan fresco viene a tu casa”. Tanto, que hasta hicieron fotografías a la furgoneta y le preguntaron al panadero si quería posar porque este camión/confitería era digno de aparecer en un reportaje en la BBC. Él, orgulloso, estiró pecho y posó rodeado de magdalenas y ensaimadas.

Mis invitados se integraron tanto que al final era el niño pequeño el primero en escuchar el pito del panadero cuando estaba aún a unas cuantas manzanas de distancia.

Qué pena que no hubiera pasado esos días el afilador en su bicicleta con su grito tan peculiar, pues no se habría librado de aparecer también en la BBC junto al panadero.

Puro "oro gastronómico" el de este camión navideño repartiendo regalos españoles en Alemania

Y es que el mundo está lleno de curiosidades vinculadas a los camiones viajeros. Me cuentan otros amigos españoles que están trabajando en Alemania que en Navidades ellos han vuelto a creer en los Reyes Magos. Eso sí, cambiaron los camellos por un modelo tracción a las cuatro ruedas.

Su “majestad rodada” avisa, no con el pito como mi panadero, sino por whatsApp del día exacto de la llegada. Es pisar el freno, apagar el motor, y todos los españoles que están trabajando en la zona ipso facto le rodean.

Me dicen que cuando el camionero abre la puerta trasera, les cambia la cara a todos: como si fuera la sección de juguetes de un gran centro comercial en plena campaña navideña, con estos mismos ojos de felicidad ven todas las estanterías repletas de manjares navideños: que si un jamón serrano por aquí, unos turrones por allá.

Les dejo la fotografía de este “pesebre” para que vean lo bien organizado que está este supermercado navideño sobre ruedas. Ah, y no se pierdan el detalle de la degustación de mazapanes que tiene preparada. Buenos trucos de marketing que nunca falten.

Cuánta razón tenía Loquillo cuando cantaba: “Yo para ser feliz quiero un camión”.

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