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Juan José Ríos

La i de innovación

La cultura de la innovación

En una encuesta realizada en el Reino Unido se han determinado las características que debe poseer una persona culta en la actualidad: ir al teatro y al ballet, reconocer obras de arte, viajar en lugar de veranear en la playa, entender de vinos,  de quesos y de cortes de carne, saber leer música, acudir a tiendas “vintage”… así hasta 40 rasgos de los que reconozco públicamente no cumplir casi ninguno.

La cultura individual es importante, como conjunto de conocimientos básicos, aptitudes y actitudes exigibles a una persona para desenvolverse en la sociedad y por ende, también en el mundo laboral, al que llegamos con nuestro bagaje personal.

Pese a mi baja puntuación como persona poco instruida según el criterio popular inglés, me voy a atrever hoy a escribir sobre la cultura de las empresas y, en especial, sobre  la cultura de la innovación.

La cultura empresarial está compuesta por el conjunto de normas, políticas, costumbres y valores que regulan el funcionamiento de una compañía y que afectan al clima laboral, a la motivación de los empleados, al estilo con el que se desenvuelven cuando nadie les dice lo que tienen que hacer.

De forma coloquial,  la cultura es el modo en cómo se hacen las cosas realmente en una organización, más allá de lo que una empresa dice o quiere ser. Las pautas, algunas no escritas, que determinan el comportamiento de los empleados, puertas adentro, pero que tiene una repercusión evidente en la imagen externa de la marca y en la cuenta de resultados.

Básicamente hay cuatro tipos de culturas organizacionales: la emprendedora, de estructuras planas y muy proclive a la innovación; la de mercado, muy orientada a los resultados inmediatos; la jerárquica, burocrática, centrada en el control y los procesos y, por último, la de clan, más familiar, de carácter muy personal.

Por desgracia, en todas ellas, de forma más o menos intensa, todavía está demasiado vigente el modelo de homo economicus que trajo consigo la división científica del trabajo de Taylor, con su consideración del empleado como una mera pieza de un engranaje, carente de iniciativa y hasta de personalidad.

Es tiempo de un nuevo paradigma, el de la empresa de las personas. Es el momento del homo competens, del protagonismo del individuo, de fomentar el talento como fuente cierta de innovación.

Google,  Twitter, Facebook, Apple, Amazon, …son empresas muy reconocidas por su cultura corporativa. Orientación al cliente, estructuras planas, atracción y retención de  talento, fomento de la creatividad y de la iniciativa individual; que la gente se sienta feliz en el entorno laboral, tenga ilusión por su trabajo son algunas de sus características.

Rasgos que no son exclusivos de estas grandes compañías, sino que están al alcance de todas las empresas e incluso de las instituciones públicas.

La innovación requiere hacer cosas distintas, no consiste en perfeccionar las existentes. Para que innovar no sea flor de un día, en el mejor de los casos, es necesario que se instale en el ADN de las organizaciones la cultura de la innovación como forma de obtener resultados diferentes de forma continua.

Una cultura esencialmente distinta a la que aportan a las organizaciones los sistemas de gestión de la calidad,  incluso contrapuesta, como resalta mi admirado y recurrente Xavi Ferrás, en este provocador post: Empresario, usted no puede innovar”.

Otros autores, como José Cabrera, hablan de organizaciones duales, de crear un diseño organizativo que contemple dos estructuras complementarias: una que garantice la explotación del día a día coordinada con otra que permita la exploración de las oportunidades futuras.

Al hilo de esto, sorprende agradablemente la iniciativa de la Asociación Española de la Calidad, la AEC, que ha elaborado un Manifiesto en pro de la innovación y ha promovido la elaboración de un Indice, pionero en el mundo,  para medir la cultura innovadora de una organización, y por extensión, de un territorio.

 

 

Para la AEC: “La Cultura de la Innovación es el producto de una serie de creencias, valores, actitudes, comportamientos, procesos y recursos. De forma estratégica, sostenible y planificada, genera un entorno que provoca que las personas de la organización se apasionen y comprometan con la generación, desarrollo e implementación continua de nuevas ideas. Supone la ruptura de lo convencional y del statu quo, derivándose de todo ello, un crecimiento personal, profesional y organizacional basado en el éxito“.

En su Manifiesto se destaca que la cultura de la innovación sólo puede desarrollarse en organizaciones centradas en el cliente. Para ello es fundamental el compromiso estratégico de la alta dirección y debe afectar a todas las personas de la empresa. Son éstas las que poseen el talento para crear y transformar. Es necesario habilitar espacios abiertos y transversales y aplicar metodologías para que proliferen las ideas.El rol de los Departamentos de RRHH se torna cada vez más relevante.

Su 9º mandamiento dice textualmente: “Una sociedad moderna y competitiva debe incorporar, promover y divulgar la innovación en todo su sistema educativo, para formar ciudadanos innovadores, crí­ticos, responsables y comprometidos

 

Cómo crear una cultura innovadora en una organización? No es fácil desterrar estilos de dirección arraigados y que han demostrado su validez en el pasado. En una sociedad globalizada, de ritmo vertiginosos, una de las claves de la competitividad es observar y escuchar.

Y por supuesto, actuar de inmediato. Nada ocurrirá por generación espontánea. Y, como se viene haciendo habitualmente en otras áreas de las organizaciones, puede ser conveniente recurrir a consultores externos que aporten las metodologías y los conocimientos que se requieren para generar los cambios que incidan en los valores básicos de la cultura de la innovación: Estimular la creatividad y la aportación de ideas. La tolerancia al fallo. Fomentar el trabajo en equipo.  Eliminación de departamentos estancos. Visión integrada de los servicios, orientada al cliente y no a la organización interna. Comunicación. Difusión del conocimiento.

 

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Sobre el autor

Si tuviera que definirme en pocas palabras diría que me considero catalizador, promotor de cambios. Dentro de un espíritu inquieto y de sana rebeldía, me gusta definir las actuaciones dentro de un marco que las dote de coherencia. Me importa mucho el entendimiento personal. Mi mundo, hasta los 26 años, se ceñía exclusivamente al ámbito educativo. Estudié Matemáticas y la salida inmediata era la enseñanza. Nunca pensé que podría dedicarme a algo diferente. Me tocó vivir la eclosión de los ordenadores personales de la década de los 80. Empezaron a dotarse los centros educativos de PC ́s. Fui uno de los profesores de Informática de este primera ola. En esta época, junto a un amigo, adquirí mi primer ordenador personal (carísimo) para uso empresarial. Empecé a conocer el mundo de la empresa. En la década de los 90, me cautivó el Informe Bangemann, como marco inspirador de la Sociedad de la Información. De la mano de Juan Bernal, Consejero de Economía y Hacienda, fui Director General de Informática de la Comunidad de Murcia. Fue una etapa apasionante y creativa donde abordamos proyectos como la Red Corporativa de Banda Ancha, la adaptación al euro y el año 2000, la implantación de SAP o la realización de uno de los primeros proyectos de ciudad digital de nuestro país (Ciezanet). Compaginé, durante muchos años, la docencia con el desempeño de puestos de responsabilidad en empresas regionales del sector TIC. En 2009, como profesor, puse en marcha un proyecto innovador cuyo objetivo fundamental era comprometer a los padres en la mejora del rendimiento educativo de sus hijos (proyecto COMPAH). Empecé a familiarizarme con el mundo 2.0 y a emplear estos recursos en mis clases. Como admirador de Morris Kline, soy un amante de las aplicaciones de las Matemáticas al mundo real como elemento motivador de su estudio por parte de los alumnos. Mi primer contacto con las metodologías de la innovación (Design Thinking) se produjo en 2010, de la mano de un consultor, Xavi Camps, que me hizo ver que la creatividad y la innovación son la base de la prosperidad de las organizaciones y que estos atributos se pueden entrenar y perfeccionar. Desde entonces, soy un apasionado de la innovación como concepto transversal. Creo profundamente en la innovación pública. Las instituciones no pueden seguir funcionando casi como en el siglo XIX. Deben transformarse, en el contexto del paradigma de Gobierno Abierto, para convertirse en organizaciones centradas en los ciudadanos, transparentes, sostenibles, eficientes, ligeras y facilitadoras de la actividad empresarial y de la creación de empleo de la mano de iniciativas como el Open Data. Como ciudadano me preocupa especialmente la sostenibilidad de la sanidad pública, y de las pensiones, ahora que voy viendo cada vez más de cerca la edad de la jubilación. No sé contar chistes pero me divierte el humor surrealista y los juegos de palabras, que a menudo sufren familiares y amigos. He trabajado como asesor de innovación en la CARM (2012-2016). Actualmente he vuelto a mis clases en el IES Alfonso X El Sabio, soy Director Adjunto de la Cátedra Internacional de Innovación de la UCAM y participo en un proyecto empresarial.


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