Sin ánimo de ser exhaustivo, aquí van algunas de sus reflexiones, nada sorprendentes por cierto, la mayoría de ellas:
Más recientemente, han entrado en escena los psicólogos. En este colectivo brilla con luz propia Mihaly Csikszentmihalyi, catedrático de Neurociencias de la Universidad de Stanford, aunque no consta la influencia de nuestro Ortega y Gasset en su obra.
En una charla TED: El flujo, el secreto de la felicidad, Mihaly resume de forma amena su conocida teoría del flujo, según la cual, el trabajo es más idóneo que el ocio para alcanzar un estado que se puede identificar como de felicidad.
En su estudio, no apto para vagos, analiza el estado de éxtasis, que trasciende la propia realidad existencial, en el que parece que el tiempo se detiene y que acompaña con frecuencia a la inspiración creativa, tan relacionada con el mundo de la innovación.
Otros psicólogos han ideado métodos para medir la felicidad de la gente. Es el caso de Daniel Kahneman, el premio Nobel de Economía en 2002, con su MRD (Método de Reconstrucción del Día), que consiste en recrear la jornada de una persona pidiéndole que valore cada situación vivida.
Los matemáticos no íbamos a ir a la zaga en esta materia. Que yo sepa se han acuñado dos fórmulas que predicen el grado de felicidad de una persona en un momento determinado.
Una de ellas, la del gráfico de arriba, es función de las expectativas de un individuo y tiene en cuenta sus sentimientos de envidia y de culpa.
La segunda tiene una curiosa peculiaridad: no contempla la salud, ni el dinero ni el amor. Fue creada por un exdirectivo de Google que perdió a su hijo en una operación quirúrgica.
Por último, pero no menos importante, economistas y psicólogos han acuñado el concepto de economía de la felicidad, una tecnología social que emerge con el objeto de mejorar el bienestar de todos los ciudadanos en armonía con la naturaleza y con su propia esencia como persona.
Parece cada vez más evidente la insostenibilidad medioambiental y las desigualdades que puede propiciar el desarrollo tecnológico. Es preciso, en un marco ético, supeditar la economía al individuo y a la naturaleza y no al revés.
De ahí la necesidad de establecer indicadores más adecuados que los que sólo miden la riqueza de las naciones, como el PIB.
El PIB refleja la riqueza material de un país pero es un pobre indicador de desarrollo humano, y por tanto de felicidad porque no recoge los factores que determinan calidad de vida de los ciudadanos.
Una vez cubiertas las necesidades básicas, existen otros elementos que son tan importantes o más que el dinero, como pueden ser la salud, las relaciones sociales (familia, amigos), un trabajo gratificante, un entorno físico agradable, el acceso a la cultura, …
Bután, un pequeño reino de apenas 700.000 habitantes, de renta per cápita media-baja, situado entre la India y China, fue, hace 50 años ya, el país inspirador del concepto de Felicidad Nacional Bruta (FNB) como alternativa al PIB.
La filosofía de la FNB tiene como objetivo fundamental humanizar la economía desde un punto de vista integral y colectivo, buscando el bienestar general, la solidaridad y la cohesión de la sociedad teniendo en cuenta no sólo las necesidades materiales de los ciudadanos sino también las espirituales, culturales y sociales.
Partiendo de la base de que los países más ricos no son necesariamente los más felices, se pretende establecer, en definitiva, el progreso equilibrado de un país o región, inteligente (basado en la innovación), sostenible (que respete el medio ambiente) e inclusivo (que reduzca las desigualdades) como objetivo fundamental de las políticas públicas.
La felicidad de una nación puede medirse por medio del Happy Planet Index, un indicador según el cual España ocupa el puesto 15º entre los 140 países analizados por la New Economics Foundation (NEF) , un grupo de economistas británicos que crearon el HPI en 2009.
“El foco ya no está en la herencia industrial de producir para consumir, sino en crear para ser feliz.
El talento libre y motivado por un propósito superior es la clave para la construcción de auténticas economías del conocimiento, creativas y humanas, generadoras de prosperidad compartida.
Solo en este nuevo mundo la economía de la felicidad es posible”
(Economía de la felicidad, magnífico libro de Josep Coll y Xavier Ferrás que me ha servido de inspiración)
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