Acabé los 6 cursos del Bachillerato de la época, incluidas dos reválidas, a principios de los años 70, como alumno libre del IES Alfonso X El Sabio, de Murcia.
Este tímido pueblerino de Cieza que acudía, con tanta inquietud, a la capital de la Región una vez al año no podía ni imaginar entonces que acabaría siendo profesor de Matemáticas en aquellas mismas aulas.
Junto a mis compañeros, me preparaba en una academia y teníamos que rendir cuentas en Murcia de todas las asignaturas en el mismo día, ante profesores que no nos conocían de nada, con la dificultad añadida de tener que obtener buenas notas para conservar la beca.
El ritmo de estudio era alto durante el curso, pero con los ecos de los tambores de la magnífica Semana Santa ciezana apenas extinguidos comenzaban los repasos intensivos y cuando se aproximaba junio el zafarrancho de combate alcanzaba su cénit teniendo clases incluso los domingos.
El recién implantado COU ya lo cursé como alumno oficial, y aunque el nivel de exigencia era alto me resultó relativamente cómodo superarlo, dado el hábito de estudio adquirido durante el Bachillerato.
El hecho, además, de que las materias se sustanciaran con exámenes parciales eliminatorios, suponía todo un alivio para una generación de estudiantes entrenada en dominar todo el temario de todas las asignaturas y examinarse de todas ellas ¡¡ el mismo día!!
Hay que reconocer que los adolescentes de mi generación (la primera televisión entró en casa cuando yo tenía 15 años) no estábamos expuestos a las seductoras tentaciones “tecnológicas” actuales pero tampoco teníamos acceso al enorme caudal de conocimientos que facilita Internet, circunstancia que imponía un tipo de enseñanza muy memorística.
La propia televisión, aunque en menor medida, las redes sociales y los videojuegos, con la impulsividad y dedicación que demandan (adicciones incluidas) suponen hoy un factor condicionante del rendimiento académico por el tiempo que restan al estudio.
Por otra parte, sin entrar a juzgar las razones, los niveles de exigencia en el ámbito educativo, en general, cotizan a la baja y el ambiente de benevolencia social hacia los alumnos al alza.
La disciplina en las aulas y el respeto al profesor son cuestiones candentes. Es muy raro no tener que pedir silencio más de una vez en una clase.
Con respecto a las obligaciones y responsabilidad de los estudiantes y en defensa de la llamada cultura del esfuerzo, no está de más recordar estos argumentos económicos, que recogía en un post , hace cuatro años:
Cada época es diferente, y los sistemas educativos siempre han estado y estarán en el candelero, pero no me consta que mis compañeros y coetáneos, sesentones todos ya, arrastremos traumas debido a la educación (formal y familiar) que nos tocó recibir, muy intensiva en la cultura del esfuerzo, y que asumimos con naturalidad y responsabilidad individual.
Un sistema que tenía sus bondades, y también numerosos defectos, como reconocía el propio Gobierno franquista de entonces en la justificación de la Ley de Reforma Educativa de 1970.
Vienen a cuento estas batallitas del abuelo que soy ya, porque analizando el milagro económico coreano no me ha sorprendido su apuesta estratégica por la educación porque es un requisito básico de primer curso de innovación, no en vano Corea del Sur encabeza el ránking Bloomberg de países innovadores en 2019.
Pero sí me ha llamado la atención el altísimo ritmo de estudio de los estudiantes coreanos de enseñanza secundaria, que me ha recordado los lejanos tiempos de mi Bachillerato.
España también conoce la teoría. Los 3 primeros mandamientos del decálogo para la innovación de COTEC aluden directamente al ámbito educativo, pero el primero de todos es bastante contundente.
EDUCAR PARA INNOVAR, INNOVAR PARA EDUCAR
“La educación es la primera política económica del país. No sólo es un requisito para acceder a un empleo de calidad, sino que constituye un instrumento para garantizar la participación ciudadana, la inclusión social y la igualdad de oportunidades. Formar a personas creativas e innovadoras, preparadas para el cambio y abiertas a procesos de aprendizaje permanente”
Como me está quedando muy largo este post, abundaré otro día en el curioso y extenuante sistema educativo coreano, con sus luces y sus sombras, pero anticipo que deja en mantillas al de mi generación, por lo que a la cultura del esfuerzo se refiere, como ponen de manifiesto los testimonios de algunos profesores:
“Sacar las mejores notas posibles es vital para los alumnos. Estudian más de 11 horas diarias. Tienen tan asimilada la disciplina que no recuerdo haber tenido que pedir silencio en clase ni una sola vez”.
Sin embargo, esta enorme presión sobre los estudiantes genera algunos suicidios y, por otra parte, la creatividad necesaria para innovar parece resentirse en este ambiente de obsesión por las “buenas notas”, a pesar de lo que dice el ránking Bloomberg.
En el término medio suele residir la virtud.
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