“La inteligencia humana tiende a creer lo que ve, lo que cree que ve, y lo que le dicen. Pensar por cuenta propia es una rareza tardía en nuestra evolución cultural digitalizada donde el poder se ha asegurado—como ha hecho siempre—la obediencia controlando las creencias de sus súbditos” (José Antonio Marina, La democracia crédula)
Desde sus orígenes en la Atenas clásica, el ideal democrático ha buscado resolver una tensión fundamental: cómo conjugar el poder con la libertad, el orden con la pluralidad, el gobierno eficaz con la justicia. Un delicado equilibrio, dada la imperfección de la naturaleza humana, que resulta básico para construir sociedades libres, prósperas y capaces de convivir pacíficamente.
Equilibrio que ha sido objeto de análisis durante más de dos mil quinientos años por filósofos, pensadores, economistas, juristas e historiadores. Mientras Sócrates nos enseña a buscar la verdad y Platón nos alerta sobre la demagogia, Aristóteles introduce un concepto de índole práctica y colectiva: la homónoia (ὁμόνοια), término griego original para designar la concordia o “amistad política”. Su antónimo directo es la stasis —la guerra civil o división interna—, la peor enfermedad que podía sufrir una polis griega en opinión del estagirita.
La concordia representa el ideal de paz, moderación, armonía y unión dentro de una sociedad o grupo. Requiere la disposición y capacidad personal para actuar juntos por el bien común, logrando acuerdos y evitando confrontaciones que dificultan la prosperidad de las comunidades.
La discrepancia es consustancial a la democracia pero la tiranía y la polarización comienzan precisamente cuando desaparece la homónoia. Cuando los ciudadanos dejan de verse como adversarios legítimos y comienzan a mirarse como enemigos irreconciliables. Aristóteles probablemente habría considerado que la principal misión de una democracia consiste en preservar la concordia, la voluntad de seguir conviviendo después de discrepar.
La polarización política se está convirtiendo en uno de los mayores riesgos para la prosperidad y la estabilidad de España. No sólo tiene costes humanos evidentes: familias divididas, amistades rotas y conversaciones imposibles sino que también genera importantes perjuicios institucionales y económicos.
Una sociedad enfrentada encuentra enormes dificultades para alcanzar pactos duraderos sobre cuestiones esenciales como la educación, las pensiones, la sanidad, la energía, la inmigración, la equidad territorial, la deuda pública o la gestión del agua. Sin estabilidad institucional es más difícil generar confianza, atraer inversiones o planificar reformas.
Del mismo modo que un país genera capital económico y humano, también acumula seguridad jurídica, calidad administrativa, estabilidad normativa, transparencia y credibilidad de sus instituciones. Ese patrimonio intangible, el capital institucional, condiciona, probablemente más que ningún otro factor, su prosperidad futura.
Sugiero el nombre de Concordland ―el país de concordia― para aludir, de forma muy resumida, a una sociedad exenta de fanatismo, donde reina la moderación, el respeto y el diálogo constructivo. Un entorno que puede albergar opiniones muy diferentes pero donde siempre prima el interés general que se intenta alcanzar evaluando, sin apriorismos dogmáticos, los resultados de experiencias exitosas o generando las propias de forma consensuada.
Se trata de plantearnos y analizar con mentalidad abierta cuestiones tan simples como exigentes: ¿Por qué algunos países han alcanzado y logran mantener elevados niveles de prosperidad, cohesión social y estabilidad institucional, mientras otros se ven arrastrados por conflictos permanentes, corrupción o polarización? ¿Qué instituciones o medidas permiten que una sociedad funcione mejor, con independencia de quién gobierne?
En este sentido, Concordland no es una utopía. Es simplemente la recuperación de una idea muy antigua que no cabe confundir con la idílica Arcadia feliz―la mítica recreación de un paraíso terrenal perdido—ni con sus versiones modernas—, como la retrotopía de Bauman, la llamada epidemia de nostalgia del pasado, o los dos modelos de Arcadias futuristas que compiten por diseñar la supervivencia humana: la del Silicio (el tecno-utopismo y la Inteligencia Artificial) y la Verde (tecnologías limpias, soberanía alimentaria y simbiosis con la naturaleza).
Las utopías suelen fracasar porque intentan cambiar la naturaleza humana. Concordland parte de la base de que los seres humanos seguiremos siendo imperfectos pero que, si nos lo proponemos, podemos construir instituciones para que esa imperfección genere cooperación en lugar de enfrentamiento.
No existe un país perfecto. Y nunca existirá, pero muchas naciones han encontrado soluciones especialmente valiosas dignas de ser analizadas con mentalidad abierta. El verdadero progreso consiste en tener la humildad suficiente para aprender de las mejores prácticas, vengan de donde vengan.
Concordland sería un proyecto de ingeniería institucional: un proceso continuo de transformación de un país que tenga en cuenta las mejores prácticas de donde hayan demostrado funcionar, con independencia de la ideología que las inspiró. Y para eso hace falta un Gobierno que promueva la concordia y no la crispación.
Concordland no debería entenderse por lo tanto como un sueño imposible porque ya existen ejemplos reales, aunque fragmentados, que nos señalan el camino. Estamos intentando formular una filosofía práctica del buen gobierno, apoyada en evidencias, experiencias exitosas comparadas y una cultura del acuerdo.
Si Finlandia ofrece una lección en educación o de como superar definitivamente los estigmas de una sangrienta guerra civil, Alemania en disciplina fiscal, Estonia en administración digital, Dinamarca en confianza institucional, Suiza en consensualismo, País de Gales en su cruzada contra las mentiras de los políticos o en su pionera ley de Bienestar de las Generaciones futuras, Eslovaquia en trasparencia o Singapur en eficacia administrativa, lo relevante no es su etiqueta política, sino qué resultados obtienen y qué elementos pueden adaptarse a nuestro contexto.
ANEXO: Test de Concordland
Ante cualquier problema público, los ciudadanos deberíamos hacernos estas cinco preguntas:
Enlace a mi libro: Metamorfosis y Concordia
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