El mes de diciembre está repleto de ellos: con los amigos del colegio; con los compañeros del antiguo trabajo y así podríamos seguir “engordando” esta lista de comensales y reuniones.
Hay palabras que también son un encuentro entre dos culturas. Por ejemplo, la tortilla de patatas (que muchos la identifican como “tortilla española”) es todo un hermanamiento: Nosotros pusimos los huevos; Ellos, en tierras conquistadas, las patatas.
Una palabra que también lo es
Viajaremos con otra palabra, que es otro encuentro: el cacao, que cruzó (junto con las patatas) el océano Atlántico. Llegó con tanta fuerza, que es de esas voces que casi se escriben o se pronuncian igual es más de 40 idiomas. En los monasterios y conventos le añadieron azúcar y se hizo la magia.
La tierra del chocolate: de la fábrica al hospedaje
Justo en el centro de la Península Ibérica, en Pinto (muy cerca de Madrid) hacemos una parada con este manjar. Cuenta la leyenda que las mediciones árabes determinaron que esta localidad era el centro geográfico de la península; Hoy se puede ver la placa en el lugar dónde se escondió bajo tierra la losa (y el arca con los materiales de medición) para sellar este punto. De ahí el nombre actual.
Un resto visible de la gran tradición en esta localidad con el chocolate es la chimenea de la antigua fábrica de chocolate “La Colonial”. Junto a ella, otro singular skyline, es la Torre de Éboli. Y, un tercer edificio que nos llena el paladar. Y, dicen también que nos lleva hasta la felicidad. 
Actualmente, en Pinto hay un hotel dedicado al chocolate. Su propietario, Manuel, organiza muchas actividades culturales y degustaciones en él (con vinos, con bizcochos, etc.). Por fuera, la decoración es muy curiosa: Se puede apreciar cómo se derrite este manjar por los balcones. La idea de crear este alojamiento la tuvo tras asistir a una conferencia en la que explicaron con detalle todas las investigaciones históricas sobre el chocolate. Y, qué mejor ejemplo de acogida que la que muestra siempre un hotel. Imagínense la alegría de los niños al dormir en este paraíso de chocolate. Bueno, también la de algunos adultos (y no quisiera señalar a nadie).
En ayunas y con frío
Yo participé en una de las muchas actividades que se organizan en torno al chocolate. En una conversación de Manuel con el escritor e historiador peruano Fernando Iwasaki comentaban un libro escrito en el siglo XVII por un médico andaluz (“Curioso tratado de la naturaleza y calidad del chocolate”) en el que se justificaba sesudamente si era un alimento o una bebida, pues de ser sólo una bebida no suponía quebrantar el ayuno. Y claro, se podía tomar con más frecuencia.
Lo que sí hemos experimentado muchos de nosotros es cómo un chocolate caliente nos reconforta ante el frío. En tierras albaceteñas una noche con bajísimas temperaturas vimos una chocolatería abierta y, por unanimidad, entramos todos (nadie sugirió otra opción posible). Cosa que no sucede cuando se trata de ir a una cafetería, que siempre es más complicado llegar a un acuerdo que satisfaga a todos.
Kilos (y más kilos) de cacao
Estamos ante un material muy valioso (las semillas del cacao eran monedas de curso legal de la época para mayas y aztecas) y altamente nutritivo (ahora entendemos aquellos bocadillos de la infancia de pan con chocolate, ¿verdad?).
Las estadísticas nos dicen que comemos nueve kilos de chocolate al año por habitante. Pero algunas voces insisten en que lo saludable son 25kg/persona/año. Entonces… ¿y si nos “esforzamos” un poco más para lograrlo? Si el cacao es conocido como el “alimento de los dioses; Algo muy placentero que se acerca mucho a la felicidad”, unos kilos de más bien nos vendrán para lograrla.
Queridos lectores, muchísimas gracias por estos doce viajes compartidos; Que tengan un feliz año nuevo y que venga acompañado de un buen chocolate. Bueno, mejor que sea de unos cuantos que, el chocolate es una palabra de encuentros.