La Verdad

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Categoría: Ficción literaria
El narcosicario

Don Cayetano llevaba varios años en el poder. Como Gobernador había colocado a sus hombres de paja, en todos los puestos de responsabilidad de su administración.
Mientras simulaba atender los intereses de la ciudadanía, se llenaba los bolsillos, coaccionando, extorsionando e incluso llevando a la ruina a los que podían hacerle sombre.
Cuando una periodista empezó a cuestionar los tejes manejes, del que todos consideraban un altruista mecenas, el tirano montó en cólera. Hombre resolutivo y eficaz para sus negocios, hizo venir de Colombia a un reputado asesino. No iba a tener piedad. La periodista se lo había buscado al no ceder a sus amenazas e intentos de soborno. Era necesario dar un escarmiento a los que se atrevieran a desafiarle. La quería muerta, en el maletero de su propio coche y con un tiro en la cabeza.
Rolando, el narcosicario, que al bajar del avión había recibido el encargo, empezó a asistir a las ruedas de prensa y a las mesas redondas donde invitaban a la beligerante periodista. Le llamó la atención su juventud pero sobre todo ese entusiasmo que la bella le ponía a todo lo que decía y hacía.
Algo se rompió en su interior. El sadismo que le caracterizaba estaba remitiendo. La simple vista de su víctima le enternecía, a él que era duro como la indiferencia. Él sabía que ella nunca se fijaría en un tipo, de mirada torva, como él.
Rolando regreso a su país. El mercenario siempre cumplía lo pactado. Don Cayetano apareció, al día siguiente, en el maletero de su propio coche, con un tiro en la cabeza.

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Yo nunca conocí varón

Era la hora de la siesta y la telenovela. Romualdo Alfredo y Victoria María, después de un largo y doloroso desencuentro, se habían vuelto a unir, esta vez, para siempre. Era el triunfo del amor verdadero, que desbordaba la pantalla, con besos profundos y agarres apasionados. Bello él y sexy ella, se repetían promesas de felicidad y fidelidad eterna. Cualquier palabra, que se susurraban al oído, les llenaba de un gozo que hacía destellar sus perfectas dentaduras.
Entre tanto amor y embeleso, el galán se detuvo de pronto, alejándola bruscamente de su pecho, para preguntarle con intenso dramatismo, reforzado por la música de fondo: -“¿Victoria María, después de aquella noche de hace diez años, ha habido otro hombre?”  Todo hacía presagiar la tragedia, hasta que la tensión se desvaneció, cuando ella, desconcertada y con cara de boba, le contestaba: – “¿Cómo crees? Yo nunca conocí varón, tú has sido el único”.   Entonces el mastodonte, aliviado, se abalanzaba sobre ella para besarle y reiterarle lo mucho que la quería. Había decidido que  fuera ella la madre de sus hijos. Al cabo de muchos besos y más abrazos, ella, tímidamente, pidiéndole que no se enfadara, se atrevió a preguntarle si él también le había sido fiel. Con actitud paternalista, Romualdo Alfredo se sonrió y le juró, que todas las veces que él había estado con otra mujer había sido pensando en ella. Con las hormonas revolucionadas por tanto amor y esa felicidad invasora, que te da alas y te alegra la rutina diaria, me quede pensando:-“Victoria María, que suerte que no te dejaras convencer por aquel honrado tontorrón, que quería presentarte a sus padres y ofrecerte su cariño y respeto, nunca hubieras conseguido el amor del testosterónico Romualdo Alfredo.”
En estado de levitación tuve que volver, muy a mi pesar, a la realidad. Se me hacía tarde. Había quedado para asistir a una concentración solidaria en pro de la igualdad de género y de repulsa a la violencia machista.

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I’m a ladyboy

Sé que algunos piensan que soy una mojigata. Una niña consentida, que vive preocupada por su aspecto físico y su estilismo. En verdad cuido los detalles de mi indumentaria por que me dan seguridad. Y esa seguridad es la que  provoca asombro a mi alrededor. Diariamente me cruzo con miradas de ambos sexos que parecen querer relamer mi cuerpo, especialmente cuando llevo ropa de tipo colegiala y extensiones con lazos de colores. Es cierto que aparento tener la mitad de la edad que tengo en realidad pero les aseguro que no soy una niña. No soy la chica inocente que aparento. Tal vez ese pañuelo que tapa mi boca y que suele complementar mis estrambóticos atuendos, tenga algo de inquietante. Sin rictus, mi cara tiene la belleza de una muñeca de ojos grandes, nariz chata, piel perfecta y pelo de seda azabache.
Creerán que soy frágil y algo gótica, con ese traje de terciopelo burdeos que estiliza mi figura filiforme, pero no se engañen. He estado  trabajando, durante una década, en un ping pong show, en la ciudad de Bangkok. Allí, de madrugada, la sala de fiesta y espectáculos se llena de extranjeros que entran en el local, riéndose nerviosos, para terminar desmadrándose conforme va avanzando la noche. Muchos hombres asisten al show, acompañados de sus mujeres que se creen obligadas a reírles las gracias a unos esposos, que ya andan cachondos. En medio de tanta gimnasia vaginal, exhibida sin pudor, algunos se ponen en pie, excitados, y se echan mano al paquete mientras sueltan alguna grosería, que la gente vitorea.
Yo era la estrella del número final. Como colofón a la exhibición de vaginas y contoneos de pompis, llegaba yo con mi número de strip-tease.
Moviendo las caderas y los hombros, mientras me quitaba la ropa: todos quedaban fascinados por mi cuerpo felino. Mi piel maquillada con tonalidades oro, mis piernas interminables  y mi trasero musculado no dejaban a nadie indiferente, a pesar de que mi atractivo careciera de voluptuosidad: mis pechos eran solo pezones.
Mientras todos callaban, dejándose subyugar por esa música contorsionista y libidinosa, terminaba mi numerito de espaldas, apoyada sobre la punta de los pies, con los brazos alzados hacia el infinito y las manos atormentadas, como las de una bailarina de ballet clásico.
Cuando el público rompía a aplaudir me giraba y – ¡oh sorpresa!  – tiraba de mi tanga para dejar caer una verga descomunal, que parecía imposible de disimular.
Todos enmudecían, tardando unos minutos en reaccionar y en estallar en risotadas. Era la venganza de las señoras que habían visto como babeaban sus esposos, alucinados por mi anatomía.
Una de esas noches de farra, conocí al señor Merkel, un alemán senescente, que resultó ser un famoso crítico gastronómico en su país. Llevaba varias noches viniendo al barrio de Patpong, a ver el espectáculo. A cambio de un puñado de baths, que entrego a uno de los porteros del local, consiguió conocerme.
–   “     Me he enamorado de ti. -me dijo el teutón, sin preámbulos, ni presentaciones.
–          Suele pasar –aseguré con aplomo, acostumbrada a que, una y otra vez,  se repitiera la misma escena.
–          Quiero que actúes solo para mí –insistió, con autoridad, el sibarita.
–          Ponte a la cola – le solté con orgullo y sorna.
–         ¿Te vendrías conmigo a Alemania? Te pagaré 200.000 dólares.
–          Gano más aquí   -le contesté de forma automática.
–          Si te comprometes a viajar conmigo y a permanecer a mi lado, mínimo cinco años, te entrego un millón de dólares. Es mi última oferta – insistió mi obstinado admirador -No te arrepentirás.
–          Quiero cobrar con antelación –le  advertí.
–          Hecho  –exclamó el Romeo, agarrándome por la cintura y sentándome sobre sus rodillas.”
Ahora vivo en Berlín y soy  estudiante de comunicación. Soy una alumna peculiar que algunos tachan de fricki, pero en verdad sigo siendo una ladyboy. Ejerzo de mujer frágil, presumida, superficial, educada y elegante. También soy lenguaraz y eso, tanto en sentido propio como en sentido figurado, le encanta al señor Merkel, que disfruta conmigo de su papel de pecaminoso padre adoptivo.

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Crimen perfecto

Se había especializado  en el cuidado de ancianos y lo cierto es que todos sus pacientes le adoraban. Desde un primer momento, cuando les ofreció sus servicios, les había inspirado confianza, con esos trajes hechos a medida y esos zapatos de charol, que siempre llevaba relucientes.
Y es que su  atuendo, junto a su pelo ligeramente engominado peinado hacia atrás, le confería un aire un tanto demodé. Esa elegancia, de otra época, contribuía a despertar simpatías en el barrio y especialmente entre las personas de edad avanzada que estaban convencidas de que, repeinados y con buenos zapatos, uno podía ir a todos lados.
Hombre educado y de paciencia infinita, solía pararse en los portales para charlar con los vecinos. Estos, en ocasiones, le pedían consejos sobre los medicamentos que debían tomar o sobre las precauciones que convenía  adoptar, para conservar la salud, mientras él les escuchaba mirándolos a los ojos y fumando sus cigarrillos mentolados. Todos respetaban sus opiniones y consejos. El boca a boca le había proporcionado una clientela, que el mismo se encargaba de seleccionar.
El  ahora cuidador de ancianos había vivido en Nueva York y  allí se había formado como quiropráctico: era famoso por sus imposiciones de manos. A todos les había contado su vida de lujo y frenesí en esa ciudad tan cosmopolita, en la que se había codeado con celebridades. Guardaba recuerdos entrañables de su estancia en el país, como un concierto del mismísimo Sinatra, que, según aseguraba, le había recibido en su camerino después de su actuación. Durante su aventura americana se había interesado por la medicina china, que los inmigrantes asiáticos habían popularizados en todo el continente.
Renegando de esa vida de lujuria, con su erudito bagaje,  había regresado a España y presumía ahora de disponer de pócimas e ungüentos que había exportado desde el barrio rojo de la gran manzana, para aliviar el sufrimiento y los achaques de la vejez. Sus atenciones tenían el poder de fidelizar a los octogenarios, que diariamente, negándose a salir a la calle, le esperaban impacientes. Curiosamente la mayoría de ellos no tenía familiares directos que cuidaran de ellos.
Su principal instrumento de trabajo lo transportaba en un inquietante  estuche de piel marrón, con incrustaciones de marfil, con forma de dragón. En su interior una jeringuilla de cristal era su cómplice, para el ejercicio de su magia blanca.
Diariamente, se desplazaba a sus domicilios para proporcionar, a los ancianos, una savia amarga  que les incendiaba las venas y les disparaba el corazón y las neuronas, hasta culminar en un placer imposible de describir. El polvo blanco, inyectado en pequeños dosis, sometía la voluntad  de los abuelos  a ese seductor  ángel de la guarda, del que ya no podían prescindir. Sin ofrecer resistencia, le hacían entrega del dinero que habían ahorrado a lo largo de sus vidas, suplicando, después de horas de espera, un nuevo chute de heroína, que les conduciría a una muerte lenta y a sumar un nuevo crimen perfecto en el currículum de tan encantador psicópata.

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Jaque al deseo

1º Finalista del Certamen de Novela PALIN:
Un asesino en serie se ha establecido en el municipio de Murcia. La desaparición de tres niños ha puesto en alerta a unos ciudadanos cuyas vidas se acompasan a sus fiestas, procesiones, bodas y bautizos y a sus tradicionales migraciones a la costa. En una variopinta comunidad de vecinos, del emblemático y ahora multicultural barrio del Carmen, todos están pendientes de los periódicos locales que parecen disfrutar del desconcierto de las Autoridades y de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. Sara, una subinspectora de la Policía Nacional, aficionada a la novela negra y que vive en dicha comunidad, está convencida de que se trata de un depredador, posiblemente sexual, que se camufla entre el vecindario, a pesar de que los expertos nieguen la existencia de tan inquietante personaje, en nuestra geografía nacional. La región de Murcia, que es tierra de artistas y buen manjar pero también de mafias y burdeles, periódicamente, salta a la primera plana de todos los medios de comunicación por sucesos especialmente sanguinarios. Estos demuestran la existencia de asesinos, descuartizadores y criminales, que viven agazapados en medio de una ciudadanía dedicada en exceso a satisfacer sus necesidades materiales y a poner en cuestión la prosperidad de sus vecinos.
La autora aprovecha su truculenta historia para presentarnos un panorama desolador de corrupción política, privatización de lo público y de connivencia, en época de bonanza, de una población bon vivant que no dudó en beneficiarse de los negocios turbios y de comisiones ilícitas. Muchos, sin conciencia de delito, se convirtieron en especuladores inmobiliarios y aplaudieron la corruptela política y empresarial que necesitó obligatoriamente de prevaricación y cohecho a todos los niveles.

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Mercado negro

Marce me ha mandado una foto que, hace dos años, nos fue imposible conseguir durante nuestro viaje a Afganistán: la foto de una familia afgana al completo. Un padre con sus tres hijos varones y dos niñas, una adolescente y otra pequeñita, pegada a las faldas de su madre. La instantánea  parece tomada en sepia pero en verdad está teñida del color ocre de un paisaje en el que se mezcla la arena y las piedras de un territorio hostil. Allí el sol abrasa y las temperaturas, por la noche, se suicidan al caer bajo cero.
Todos van cubiertos de  harapos que han tomado el color de esa tierra lunar. Miran, ellos con extrañeza y ellas con temor, a una cámara acostumbrada a fotografiar ruinas y bombardeos. Los varones llevan calcetines bajo sus sandalias de cuero y trapo pero llama la atención que ellas muestran sus tobillos y sus pies al descubierto bajo un calzado hecho jirones. Tienen que soportar  las laceraciones y las llagas que les impone el frío y el trabajo duro. De nada sirve que los soldados españoles repartan, a las mujeres y niñas afganas, prendas de abrigo, medicinas u ortopedias, todo termina vendido en el mercado negro.
La mujer y la joven llevan la cara tapada, dejando adivinar unos ojos oscuros sin esperanza. La pequeña, que posa sin cubrirse, es cejijunta como sus hermanos. Los pequeños se parecen como los dátiles de una misma palmera. Lo que les diferencia no está a la vista y no lo recoge la cámara pero esa diferencia, a la niña, le joderá la vida.
En el suelo, una cesta de mimbre remendada luce repleta de pistachos de color ceniza. Es el único tesoro que tienen. Su único motivo de orgullo.

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Sobre el autor sargento emilia
Sigo con mi "Versión Policial" en un intento por destripar una realidad urbana que el ciudadano en ocasiones apenas intuye. Con "Ficción Literaria" les hago partícipes de mis devaneos con la escritura. Más en mi blog titulado Sexo Exprés emigonzaga.blogspot.com

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