La Verdad

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Categoría: Europa
Trabajo sólo los días soleados

 

Así lo dice, con mucha calma, a todos los que se paran y curiosean en su negocio. Y claro, como está en Londres, intuimos que tendrá muchos días libres. Pero no lo juzguen de gandul, por favor.

Hay una razón “escrita” que justifica este horario laboral. Regenta una librería abierta al público dentro de un barco amarrado en uno de los canales del Támesis. De ahí que cuando vamos paseando y nos detenemos en el muelle, comprendemos el porqué de su jornada de trabajo tan sui generis. Sale el sol: “Voy al trabajo”.

Ha sabido aprovechar cualquier rincón del barco para darle un uso literario. La cubierta hace las veces de estantería donde pone “los más vendidos” o “las últimas adquisiciones”. Y claro es comprensible que, en caso de lluvia, sus existencias peligren. De ahí que cierre la cubierta y espere a que mejore el tiempo. No es otra cosa que el principio de prudencia en la custodia del negocio.

El capitán-librero anima a saltar al interior por la escalerilla. Una vez dentro, el camarote es la versión de los hermanos Marx pero repleta de libros. Los libros-joya están en la cabina del capitán. Toda una sabiduría de marketing a la hora de gestionar la eslora, medida en este caso, en milímetros cuadrados.

Ya les decía yo que este librero, lejos de ser un gandul, tiene muchas millas literarias recorridas y, ahora, las comparte en este anclaje.

Este paseo por Londres por “los hijos del Támesis” tiene un no sé qué de relax que al final, cuando uno llega a este escaparate al aire libre que es esta librería hace que todos nos paremos ante ella. Y, ya saben, del curiosear al comprar hay un instante nada más. 

Y más aún en el caso de libros, que este instante de la “primera vez” que se lee una contraportada te puede atrapar de tal manera que, por favor, lleven cuidado que estos paseos por los canales no tienen quitamiedos, y no quisiera yo que el embelesamiento en la lectura les llevará a un chapuzón.

Pese al espacio tan reducido, tan solo tiene unos tres metros de cubierta aproximadamente, su dueño ha sabido “estirar el espacio” y hacerse con una cómoda y amplia <<zona de lectura>>. Les cuento su truco. img_9141

Junto a este barco-librería hay un banco en el paseo. Este librero te anima a que si algún libro te gusta, te sientes tranquilamente y… ¡a empezar la lectura! Sí, ahí mismo, sin necesidad de pagarlo antes. Cuando yo pasé, este banco estaba repleto.

Lo mejor es comenzar la ruta a la altura King Cross. Más que nada porque por allí se encuentra la biblioteca Británica, que es el alma mater de este barquito-librería. Y ya, puestos en esta ruta cuasi literaria, seguir el curso de estos canales hasta Camden Town. A esta zona le llaman “la pequeña Venecia”. La comparación es muy atinada. Uno se deja llevar por la imaginación y… entre libros y canales, vaya que sí, que se puede confundir un poco.

Siguiendo el curso de este paseo por el Canal Regent, hay una parada casi obligada: Granary Square. No es tan turística como Picadilly o Trafalgar pero, justo al caer la noche tiene lugares para cenar al aire libre; la plaza en sí tiene una fuente luminosa de esas que, como los libros, emboban… Vaya que se crea un ambientillo propio de una novela con su historia de amor y todo. Lo digo porque este lugar es el sitio favorito de un amigo porque ligó mucho en esta plaza. Tanto, que cada vez que alguien le pregunta qué visitar en Londres, es lo primero que recomienda.

Serán cosas del amor a la lectura, digo yo.

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¿A Vd. también le dijeron que los taxis en Londres eran negros?

 

¿Y los autobuses de dos pisos, rojos? A mí también. El caso es que yo me lo creí, a pie juntillas. Y no pecamos de ingenuos los que sucumbimos a estos colores tan peculiares del transporte urbano londinense. Hubo una época en la que nadie nos mintió. Y el “street view” de antaño se repartía entre estas dos tonalidades.

Pero llegó un momento en el que el dilema era mantener la tradición o, dejarse tentar por el poder de la publicidad. “Ser o sucumbir, he ahí la cuestión”, que –hablando de Londres-, diría el gran Shakespeare. 

Y no fue pacífico el tema. Pero, ¿qué publicista no quiere que su anuncio “esté rodando” por todos lados y que se pueda ver a todas horas? Es el summum de todo cartel.

Es muy entretenido esperar en los semáforos londinenses y, como por confusión, miramos a los dos lados, sin saber muy bien por dónde vendrá el taxi, la variedad de la gama en estos giros rápidos de cabeza que hacemos, es variadísima: los hay pintados enteros de rosa; otros, anuncian chocolatinas y es que… ¿a quién no le amarga un dulce?

Este tema de la publicidad es uno de los grandes coqueteos del turismo, visto desde una perceptiva económica. Sucede en todos los destinos, no sólo en Londres. El punto de inflexión es delicado porque cuando el peso se inclina en demasía hacia los euros –libras en este caso-, muchas tradiciones, en esta balanza pecuniaria, llegan a perderse.

Otras veces sí se mantienen las tradiciones, haciéndonos ver a los turistas que todo sigue igual. Pero es sólo una performance. Les cuento un caso curioso y muy conocido: La Ceremonia del Cambio de Guardia. Todo un retrato sociológico digno de una tesis doctoral: colas larguísimas; gente abrazada a la verja para no perder esta pole position; por supuesto, empujones, etc.

Antes, en la época en la que los taxis eran negros y autobuses, rojos, este cambio de guardia se hacía todos los días. Ahora, con la excusa (¿) de que hay menos turismo, sólo se realiza en días alternos. Y claro, resulta difícil de entender que si se trata de un trabajo de vigilar un palacio, es decir, esos que día sí y día también; llueva o truene, hay que estar en sus puestos, entonces ¿por qué sólo se hace esta ceremonia unos días sí y otros no?

Un experto me dijo que el Cambio de Guardia era un “teatro de la seguridad”. Que se mantiene sólo por tradición, a la vista del gran contingente de gente que atiende impaciente.

Y ello se entiende –me seguía contando este experto- porque estamos inmersos en el “gran hermano social”, con cámaras de vídeo vigilancia, vallas, sanciones, etc. Y estos guardias han pasado a ocupar sus puestos cómodamente detrás de estas pantallas.

En esta “batalla” entre mantener las tradiciones y el poder arrasador del business, aún podemos encontrar algunos lugares en Londres que no han sucumbido a la tentación de la publicidad, que ya lo dice la máxima: “quien controla el pasado, controla también el futuro”. Por ahora, las hamacas de los parques siguen siendo las típicas de rallas verdes y blancas.

No quisiera yo dar ideas a publicistas, que a mí me encanta pasar un ratico en estas hamacas a la orilla de este “mar de hierba” londinense (a falta de playa, toca consolarse). Y ya, si sale el sol, no les digo más, el ratico se alarga seguro.

Y, si llueve, habrá que buscar un autobús o un taxi y… que venga la publicidad rodando a nuestro encuentro.

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Ahí están

 

Pero tenemos que llevar cuidado porque no siempre se las ve. Están bajo tierra, y cuando dicen de salir a la superficie, si vamos un poco despistados, baño asegurado.

Sí, lo han adivinado son esas fuentes escondidas bajo el pavimento que, como si fueran “topos acuáticos”, sin previo aviso, ¡zas! se ponen en marcha y, como van unidos a decenas y con todos los chorritos al compás, vaya que si vamos paseando justo por el centro, este campo de batalla acuático nos dará un buen remojón. 

Estos grifos que surgen de repente del suelo sorprenden sobre todo a los turistas, porque los habitantes del lugar ya están familiarizados con ellos y hasta conocen sus “ritmos acuáticos”. Y claro, pueden esquivarlos con más facilidad, llegado el caso.

En Murcia están junto al Cuartel de Artillería. Una vez paseando junto a ellos (les confieso que los iba esquivando por si acaso de repente se activaban) vi a un grupo de chavales que jugaban con un amigo. Lo habían metido en un carrito de los centros comerciales y lo paseaban. Y claro cuando vieron que de repente se ponían en acción estos chorritos, no se lo pensaron dos veces, empujaron el carrito -con el amigo dentro- hacia la fuente y, risas a mansalva que, eso sí, todos los demás se quedaron fuera del perímetro del agua, excepto el que estaba dentro del carro de la compra. El resultado: un buen baño de este zagal que no se lo tomó a mal. Era verano.

En Dresde estas fuentes que juegan al escondite tienen doble personalidad. Por la mañana, las madres llevan a sus hijos pequeños a este lugar como si fuera la piscina pública en mitad del paseo. Los dejan en pañales y, de nuevo, muchas risas de todos. Da gusto verlos disfrutar. Vaya que hasta da un poco de envidia. Y es que eso de hacerse adulto, muchas veces aboca a perderse estos momentos de risas aseguradas. Pero por la noche estos grifos se transforman en un juego de luces que iluminan el agua y, otra vez los adultos, los esquivamos. ¡Con lo divertido que sería jugar en esta “discoteca acuática” a ras de suelo!

En Londres están colocados estratégicamente junto al río Támesis. Entre que el recorrido por los canales es un poco estrecho y no tiene quitamiedos, uno va con la preocupación de no acercarse demasiado al borde no vaya a ser que, por un traspiés… Que, a ver luego cómo uno cuenta, de regreso, que se cayó en los márgenes del Támesis. ¡Eso sí que serían risas aseguradas para todos los demás! Pero aún con esta pequeña preocupación, esta ruta de los canales es muy relajante. Calculando bien este rincón en el que la fuente sumergida activa sus chorritos.

Espejo de agua en Elche

En otros lugares, esta lluvia que desafía la gravedad queda convertida en un espejo de agua reposado en el suelo y … ¡multiplica la belleza! Así sucede en Elche con rincones donde las palmeras se ven reflejadas en el paseo o en la plaza de la Bolsa en Burdeos.

El summum se encuentra en Ginebra. Lo conocemos todos como el famoso “Salto de Agua” que alcanza una altura parecida a la torre de una catedral. No exagero. Lo mejor, además de ver la fuerza del agua en sentido contrario al de una catarata, es jugar con el viento y ponerse, si es verano, a sotavento.  Y, claro que sí, jugar a ser niños de nuevo. Risas aseguradas, ya verán y nada… ¡que disfruten del baño!

 

 

 

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Los tiene bien puestos, los pilares

 

En una ocasión acudieron desde Corea del Sur unos ingenieros de caminos con el solo propósito de estudiar in situ el uso inteligente del espacio que se hace en Andorra. Donde, no ya el metro cuadrado, el milímetro también cuenta.

Y es que este pequeño país se hace grande cuando de ingeniería se trata. Vaya que ha sabido transformar en arte la famosa máxima: “En arquitectura todo lo que no es metro es holgura”. Se pueden ver rotondas “voladoras”, totalmente construidas “en el aire”, sin estatuas que despisten en el centro. También edificios que sobresalen de las pendientes de las montañas. Por ejemplo el Centro de Congresos. Tan bien construido, que uno cree que está sobre tierra firme. Yo tardé varios días en darme cuenta.

O, la Oficina de Turismo que está en un puente voladizo sobre el río. Su emplazamiento es singular donde los haya. Yo les preguntaba a las chicas si no temían ver cómo el cauce venía hacía ellas con tanta velocidad. Casi se podía sentir el agua sobre sus pies. Pero ellas no estaban tan preocupadas como yo. Será que al ser una de secano… 

Con los cimientos “al aire”

Hay un detalle muy curioso de estas reglas de la arquitectura andorrana. Les cuento. Algunos inmuebles no se cortan, nada de timidez, dejan ver todos sus “cimientos”. Y… ¡qué bien armados están! Roca viva en la planta baja.

Lo mejor de este paseo es que constituye toda una “clase” de arquitectura. Siguiendo la avenida principal (la calle de las tiendas como la llamamos los turistas), a pie de acera, hay colocadas en las fachadas unas placas, perdón debí decir “chuletas” -que seguimos en clase- que explican el material que se utilizó; cómo se llevó desde la montaña al valle, etc. El granito es el que domina la mayoría de las viviendas y casones del paseo.

Transparencias cristalinas

Pero Andorra también se ve “tras el cristal”. Uno de los edificios que más llama la atención es el alzado del balneario Caldea. Su singular skyline emerge entre dos montañas y, entre el verde o el blanco, según lo veamos en temporada de nieve o no, no pasa desapercibido.

Al final del recorrido nos tenemos que quitar el sombrero. Porque Andorra está situada en un antiguo valle glaciar, esto es, muy estrecho. Con lo que el desafío que ya de por sí lo era, aún es mayor si cabe. Y nosotros, los turistas, que pensábamos que es el paraíso de las compras. Y lo que nos encontramos es… ¡la maravilla de la arquitectura y la ingeniería juntas! 

En arquitectura los retos siempre atrapan.

Tengo que reconocer que soy de las que admira la labor de los ingenieros y más aún cuando hay un desafío de la naturaleza por medio. Pero, contradicciones tiene la vida, fueron ellos, los ingenieros coreanos, quienes en aquella visita se quedaron paralizados cuando fueron a comer y vieron los platos con pan tostado, tomates partidos y ajos. Miraban este manjar y no sabían qué hacer. ¿Cómo se puede paralizar uno ante una sencilla acción de restregar el tomate? Me contaba la guía que estaba con ellos que les explicó a los coreanos cómo hacerlo y… ¡quedaron entusiasmados del aprendizaje!

Regresaron pues, con la lección bien aprendida. Y no sólo me refiero a la arquitectura que vieron. Sino al modus operandi de restregar el ajo y el tomate. Y es que este manjar tan típico de la zona, como la arquitectura, también atrapa a todo visitante. Los coreanos no se libraron de esta “trampa” gastronómica.

Y es que pasear por Andorra es toda una clase magistral (masterclass se dice ahora) de arquitectura. Bueno sí, el placer de ir de compras también tiene su puntito de gracia. No sé yo si también sucumbieron a él los ingenieros coreanos.

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¡Esta casa es una jungla!

 

Un viaje desde el tebeo

¡Esta casa es una (auténtica) jungla!

No sé si Vds. son (o han sido) aficionados a los tebeos. Uno de mis favoritos (que aún sigo leyéndolo con mis sobrinos) son las viñetas del gran Ibáñez “13 Rue del Percebe” donde se podía ver (y también cotillear) el interior de un edificio de vecinos, a cual más extravagante. Desde la portera en la planta baja hasta el ladrón escondido en la azotea, ¡cuántas risas!

Hoy vamos a hacer un recorrido que se parece mucho a entrar en esta viñeta. Únicamente cambiaremos la dirección postal; De la imaginaria “13 rue del Percebe”, llegamos a la real que se encuentra en el Pasaje Kunsthof en Dresde (Alemania). Notas comunes: planta baja, tres en altura y una azotea. ¡Allá que nos vamos!

Merece la pena dejar el centro histórico, cruzar el río y llegar al barrio Neustadt. No sólo para perderse un poco por este pasaje de fachadas curiosas. Todo el barrio está lleno de rincones con actividades culturales: bares donde se puede ver cine al aire libre en hamacas; solares donde se representan obras de teatro, pequeños restaurantes de esos que tan sólo tienen tres o cuatro mesas máximo… ¡un no parar!

Arte que brota por todas las fachadas

Este Pasaje comunica dos calles a través de unos pasillos, arcos y callejuelas estrechas que abocan a varios patios interiores. Uno de ellos les va a sorprender y, ¡de qué manera! Hay en él toda una competición artística. De esas que saltan a la vista.

¡Esta casa (no) es una ruina!

A ver, que levante la mano quién no ha dicho alguna vez aquello de: “¡Esta casa parece una jungla!”. ¿Se imagina vivir en una que sí lo fuera “de verdad”? Sí, sí, en sentido literal.

Hoy les llevo a un lugar dónde efectivamente las apariencias… no engañan. ¡Ah! Y nada que ver con desorden ni con líos. En este inmueble los vecinos “conviven” pacíficamente con aves, monos y jirafas. Los balcones son de bambú. ¡Selva casi en estado puro!

¡Esta casa es una ruina!

Otras de las fachadas es de oro “casi macizo”. Aquí si decimos aquello de “esta casa es una ruina”, no sé yo si terminaremos de convencer a los vecinos… En ella los reflejos del sol causan maravillas.

Una tercera, pensada ahora para los días lluviosos, es mi favorita. En la que permite jugar con la lluvia que, al caer por las tuberías, se convierte casi en una orquesta sinfónica.

Con tanto ruido ¡aquí no hay quién viva!

Un barrio con un toque bohemio

Amarilla del sol, azul del cielo y verde de la naturaleza, tres fachadas de distintos colores con los que se ha querido dar una muestra bien llamativa de la recuperación urbana tras el daño que esta ciudad sufrió después del bombardeo en la Segunda Guerra Mundial. La reconstrucción de muchos edificios junto con estas expresiones de arte, son ejemplos de la “nueva Dresde”.

Por cierto, este patio de vecinos que también tiene su puntito de semejanza con “La ventana Indiscreta” ¿no les parece? Sí, sí, paro ya que me estoy pasando de cotilla y no quisiera yo causarles una mala impresión.

Y ya, de regreso al centro histórico, si nos hemos quedado con ganas de seguir viendo fachadas, se encuentra el mural más grande del mundo, realizado con más de 24.000 azulejos de porcelana. Ocupa toda una calle entera. Representa una escena y secuencia histórica a través de un desfile de príncipes a caballo y, ojo al dato, en estos más de 100.-mts sólo hay una mujer.

Así que, estos paseos por la ciudad de Dresde viendo fachadas nos llevan de un barrio a otro casi sin darnos cuenta. ¡Qué encanto tienen estas ciudades que se descubren caminando!

 

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Un británico enamorado de España

 

 

Les cuento un caso legal verídico, con una historia de amor detrás, y un lío de leyes en conflicto. Tomen asiento.

El Sr. Dimas, británico, estaba enamorado de la costa levantina y también, de su segunda esposa, Dña. Vicenta. Vendieron todos sus bienes en el extranjero  y se quedaron a vivir en Jávea.

El Mediterráneo, desde la costa italiana

Era propietario de una casa con porche y jardín. Disfrutaban como auténticos españoles, con su paella dominguera y todo.

Un buen día el Sr. Dimas decidió hacer testamento y fue a una notaría cerca de su casa, en Teulada (Alicante). En su testamento, casi una declaración de amor, le dejaba todo su patrimonio a su mujer: la vivienda de Jávea. Vivían la mar de felices junto al Mediterráneo, hasta que un día, él falleció.

Su esposa, Dña. Vicenta se quedó con la casa según la voluntad de su marido. Pero, Dña. Elvira, hija del primer matrimonio del Sr. Dimas, entró en acción. Ella también quería la casa.

Como hija, era heredera legal según la ley española por la que forzosamente los hijos heredan a los padres. Ella pensaba que por derecho español le correspondía la casa de Jávea. Ya les digo, era un inmueble precioso.

¿De quién es la casa: de Dña. Vicenta o Dña. Elvira?

El asunto que enfrentaba a Dña. Vicenta y a Dña. Elvira  terminó en los despachos de abogados. Y ahí comenzaba el lío de leyes.

a.-) Según la Ley británica, existe libertad absoluta a la hora de hacer testamento. Uno puede dejarle los bienes a quien desee. Luego: El Sr. Dimas, que era británico, había actuado correctamente y la heredera era Dña. Vicenta, su mujer.

b.-) Según la Ley española, los hijos heredan forzosamente a los padres. Era, pues, Dña. Elvira la heredera. El Sr. Dimas tenía la condición de “residente” en España.

c.-) Pero, a su vez, en un apartado especial, la Ley británica, “retornaba” a la Ley española, cuando “los bienes estuvieran en España”. Luego por este reenvió de retorno, se llegaba a la prevalencia del derecho español (ya que la vivienda estaba en España), lo que daba derecho a la hija a quedarse con ella. Y así fue finalmente como lo declaró el Tribunal Supremo. Elvira ganó la batalla legal y se quedó con la casa.

Son muchas las urbanizaciones en las que residen británicos ya en edad de jubilación que han encontrado en la costa levantina el paraíso con el que soñaban de jóvenes. Y, una vez que adquieren una casa, hasta rejuvenecen y todo. Yo voy con frecuencia a estas urbanizaciones y la verdad es que cuando hablo con ellos, están todos la mar de contentos en este “cachito de cielo” junto al Mediterráneo.

Pero los tiempos cambian. Ya ha entrado en vigor una nueva normativa para regular estos casos, tan numerosos, de nacionales que residen y tienen bienes en otros países. Ahora ya sí cada uno podrá elegir la ley que quiere que sea la que rija a la hora de su testamento.

La pena es que muchas veces las nuevas leyes llegan más tarde de lo que uno desea.

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