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Juan José Ríos

La i de innovación

Verdad y responsabilidad frente al populismo

«Tener una ideología política es muy útil. Te ahorra mucho tiempo, porque te dice lo que piensas sobre cosas de las que no sabes nada»  Hendrik Hertzberg.

Una democracia madura —aquella con instituciones consolidadas, alternancia pacífica en el poder y un Estado de derecho robusto— tiene la capacidad de resistir importantes adversidades sin que por ello se rompa el orden constitucional.  Podemos sobrellevar, sin que colapse el imperio de la ley, gobiernos mediocres, crisis económicas o graves errores colectivos, como pueden ser el respaldo cívico al endeudamiento y al gasto insostenible, las grandes burbujas normativas y crediticias o decisiones —como el controvertido Brexit, por ejemplo— enormemente divisivas y de gran impacto económico.

En contraste con estas adversidades que sí puede superar, lo que una democracia difícilmente soporta y la erosiona fatalmente es la pérdida progresiva y calculada del sentido de la realidad, el incremento deliberado de la mentira, la polarización de la sociedad, la colonización silenciosa de las instituciones y la atenuación de los contrapesos constitucionales.

Cuando los hechos dejan de importar, la ceguera ideológica se impone, el discrepante muta en enemigo público y los problemas más complejos pretenden resolverse con consignas instantáneas. En ese preciso instante, se pueden hacer promesas sin sentirse obligados a explicar quién, cómo y cuándo se pagará la factura y la conversación civil queda secuestrada por el fanatismo, la demagogia y el populismo.

El fanático no duda. Ordena el mundo en una rígida frontera moral de «buenos» y «malos», interpreta cualquier matiz como un ataque y resulta hermético a los datos empíricos. El populista, por su parte, señala culpables visibles, promete remedios milagrosos y elude cualquier rigor técnico. Son dinámicas que ya abordé al analizar cómo cristaliza el gobierno de los peores, una patología institucional especialmente insidiosa porque carcome el Estado de derecho desde dentro.

El debate sobre la vivienda ilustra a la perfección esta deriva. El problema es indiscutible: existe una grave escasez de oferta frente a una alta demanda concentrada en las ciudades, agravada por el auge del alquiler turístico y la falta de parque público. Esto dispara los precios de compra y alquiler a niveles inasumibles para unos salarios que no han crecido al mismo ritmo. Sin embargo, la respuesta demagógica habitual no consiste en ampliar la oferta ni en blindar la seguridad jurídica para los propietarios ni en incentivar la inversión, sino en señalar chivos expiatorios y recurrir al control burocrático de precios.

La economía, por desgracia para los predicadores de atajos, tiene la costumbre implacable de castigar el voluntarismo mágico. Ya en 1920, Ludwig von Mises formuló un principio económico esencial: sin propiedad privada no concurren intercambios libres, sin los cuales desaparece el sistema de precios de mercado que actúan como semáforos que transmiten información sobre escasez y preferencias reales; y sin éstos el cálculo económico racional deviene imposible. Anularlos por decreto estatal conduce invariablemente al desabastecimiento, a la proliferación del mercado negro y a una escasez todavía más aguda

La experiencia histórica del siglo XX evidenció que las utopías económicas centralizadas no solo desembocan en regímenes liberticidas, sino que resultan operativamente inviables. Cuanto más absoluto es el paraíso prometido, con mayor facilidad se legitima la coacción para imponerlo.

El populismo no es patrimonio exclusivo de una sola orilla ideológica. Brota a derecha e izquierda siempre que se apela al “pueblo” frente a las instituciones, se tilda el informe técnico de sabotaje, se intenta movilizar a las masas y se exige pleitesía al líder antes que juicio crítico. Existe además un deterioro silencioso, menos estentóreo que un choque institucional abierto, pero extraordinariamente disolvente: acostumbrarnos a que nuestros gobernantes mientan de forma sistemática.

 

«La polarización y el populismo reducen el tablero social a un enfrentamiento de bandos; la concordia democrática exige rigor, templanza y salvaguarda institucional».

Frente a esta anestesia cívica, surgen iniciativas inspiradoras en el derecho comparado. Resulta sugerente lo que debate el Parlamento de Gales al plantear medidas legales para sancionar el engaño deliberado de los cargos públicos. No se pretende criminalizar el error de apreciación ni la promesa electoral incumplida por cambios de coyuntura —nunca por intereses personales o partidistas—, sino introducir una exigencia elemental de higiene democrática: sancionar la falsedad consciente empleada para manipular al electorado.

Gales ha consolidado además un marco pionero con su Ley de Bienestar de las Generaciones Futuras, que obliga a todas las administraciones públicas a evaluar el impacto a largo plazo de sus decisiones presentes, perspectiva que  transforma radicalmente el debate. En vivienda, por ejemplo, el criterio responsable no consiste únicamente en contener el coste inmediato para la foto electoral de hoy, sino en garantizar qué parque residencial, qué diseño urbano y qué oportunidades reales de vida encontrarán los jóvenes en un futuro más o menos próximo.

Lo mismo rige para el endeudamiento del Estado. Apelar al crédito está justificado cuando financia infraestructuras estratégicas, innovación o activos que disfrutarán las próximas generaciones. Lo que resulta éticamente insostenible es hipotecar el porvenir de nuestros hijos para pagar la fiesta del consumo político presente.

Verdad, límites y responsabilidad. Esas tres nociones resumen lo que exige una democracia adulta. Frente al fanático, capacidad de autocrítica; frente al demagogo, rigor presupuestario; frente al populista, contrapesos institucionales; frente al embuste, rendición de cuentas; y frente al cortoplacismo extractivo, justicia intergeneracional.

La concordia democrática no consiste en forzar una uniformidad de pensamiento. Consiste en una conquista cívica mucho más exigente: ser capaces de mantener viva la discrepancia y el pensamiento propio sin dejar de reconocer como conciudadano legítimo a quien piensa de otra manera. Los expertos suelen resumir que la mayor vulnerabilidad actual de una democracia madura no es que sea destruida por sus enemigos, sino que sus propios ciudadanos dejen de creer que vale la pena defenderla.

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Sobre el autor

Si tuviera que definirme en pocas palabras diría que me considero catalizador, promotor de cambios. Dentro de un espíritu inquieto y de sana rebeldía, me gusta definir las actuaciones dentro de un marco que las dote de coherencia. Me importa mucho el entendimiento personal. Mi mundo, hasta los 26 años, se ceñía exclusivamente al ámbito educativo. Estudié Matemáticas y la salida inmediata era la enseñanza. Nunca pensé que podría dedicarme a algo diferente. Me tocó vivir la eclosión de los ordenadores personales de la década de los 80. Empezaron a dotarse los centros educativos de PC ́s. Fui uno de los profesores de Informática de este primera ola. En esta época, junto a un amigo, adquirí mi primer ordenador personal (carísimo) para uso empresarial. Empecé a conocer el mundo de la empresa. En la década de los 90, me cautivó el Informe Bangemann, como marco inspirador de la Sociedad de la Información. De la mano de Juan Bernal, Consejero de Economía y Hacienda, fui Director General de Informática de la Comunidad de Murcia. Fue una etapa apasionante y creativa donde abordamos proyectos como la Red Corporativa de Banda Ancha, la adaptación al euro y el año 2000, la implantación de SAP o la realización de uno de los primeros proyectos de ciudad digital de nuestro país (Ciezanet). Compaginé, durante muchos años, la docencia con el desempeño de puestos de responsabilidad en empresas regionales del sector TIC. En 2009, como profesor, puse en marcha un proyecto innovador cuyo objetivo fundamental era comprometer a los padres en la mejora del rendimiento educativo de sus hijos (proyecto COMPAH). Empecé a familiarizarme con el mundo 2.0 y a emplear estos recursos en mis clases. Como admirador de Morris Kline, soy un amante de las aplicaciones de las Matemáticas al mundo real como elemento motivador de su estudio por parte de los alumnos. Mi primer contacto con las metodologías de la innovación (Design Thinking) se produjo en 2010, de la mano de un consultor, Xavi Camps, que me hizo ver que la creatividad y la innovación son la base de la prosperidad de las organizaciones y que estos atributos se pueden entrenar y perfeccionar. Desde entonces, soy un apasionado de la innovación como concepto transversal. Creo profundamente en la innovación pública. Las instituciones no pueden seguir funcionando casi como en el siglo XIX. Deben transformarse, en el contexto del paradigma de Gobierno Abierto, para convertirse en organizaciones centradas en los ciudadanos, transparentes, sostenibles, eficientes, ligeras y facilitadoras de la actividad empresarial y de la creación de empleo de la mano de iniciativas como el Open Data. Como ciudadano me preocupa especialmente la sostenibilidad de la sanidad pública, y de las pensiones, ahora que voy viendo cada vez más de cerca la edad de la jubilación. No sé contar chistes pero me divierte el humor surrealista y los juegos de palabras, que a menudo sufren familiares y amigos. He trabajado como asesor de innovación en la CARM (2012-2016). Actualmente he vuelto a mis clases en el IES Alfonso X El Sabio, soy Director Adjunto de la Cátedra Internacional de Innovación de la UCAM y participo en un proyecto empresarial.


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