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Juan José Ríos

La i de innovación

Decálogo Concordland: por una ciudadanía crítica y responsable

Existen palabras que condensan conceptos amplios, vivencias profundas o razonamientos complejos. Con solo tres letras, el vocablo SER es quizá el concepto filosófico más abstracto, masivo y complejo de la historia humana. Define la existencia misma, la ontología, la identidad intrínseca de las cosas y la realidad, todo empaquetado en una sola emisión de voz.

Otra palabra sencilla que me parece interesante por la evocación a la concordia que genera es Sobremesa: “el tiempo que se pasa  charlando tras haber disfrutado de una buena comida”. Resume un ritual social completo de convivencia y diálogo.

Más enrevesada y de uso menos frecuente es Alipori: “la sensación de sentir vergüenza ajena por las acciones inconscientes de otra persona” pero  Agibílibis: “astucia, maña o habilidad para ganarse la vida o resolver problemas cotidianos con pocos medios” se lleva la palma en cuanto a rareza.

La morfología de algunos idiomas permite crear curiosos vocablos de alta densidad semántica, como  IKTSUARPOK,  que en la lengua de los inuits significa: “salir a la puerta del igloo para ver si viene alguien un día que nieva” o la palabra indonesia JAYUS:chiste tan mal contado y con tan poca gracia que uno tiene que reírse a la fuerza”.

Sirva este preámbulo veraniego para reiterar mi aspiración, quizá presuntuosa,  de que el vocablo Concordland —ya esbozado en mi libro Metamorfosis y Concordia— condensara en una sola palabra una forma de entender la convivencia humana, un horizonte  ideal que quizá sea inalcanzable plenamente pero que nos puede servir como orientación para fortalecer la democracia. Visualizar la cumbre ayuda a preparar la escalada.

El ideal concordlandiano no pretende ser un ejercicio de buenismo ingenuo ni una colección de buenas intenciones. Aspira a constituir una filosofía práctica de la convivencia democrática y del buen gobierno, sustentada en una cultura del acuerdo capaz de contener la polarización afectiva que deteriora nuestras sociedades.

Comporta la consiguiente ingeniería institucional,  basada en datos objetivos y en el análisis de experiencias internacionales, sin apriorismos ideológicos,  que han demostrado sus buenos resultados ante los complejos retos que plantean las sociedades modernas.

Como decía en mi anterior artículo, una sociedad enfrentada encuentra enormes dificultades para alcanzar pactos duraderos sobre cuestiones esenciales como la educación, la vivienda, las pensiones, la sanidad, la energía, la inmigración, la memoria democrática, la equidad territorial, la deuda pública o la gestión del agua. Sin estabilidad institucional es más difícil generar confianzaatraer inversiones o planificar reformas.

Reconciliation, de Josefina de Vasconcellos, en Coventry

Reconciliation, de Josefina de Vasconcellos,

En aras del interés general, una democracia madura tendría que ser capaz de tratar con la máxima objetividad posible cada uno de esos asuntos relevantes que generan tantas controversias. No se trata de que la derecha convenza a la izquierda ni viceversa, sino de plantearnos un par de preguntas elementales: ¿existe una solución que una mayoría de ciudadanos, independientemente de su ideología, pudiéramos considerar aceptable, por el bien de todos? ¿si mañana cambiara el Gobierno, también nos pareciera razonable que se mantuviera esa medida?

La prosperidad sostenible no surge únicamente de la riqueza material. Tampoco depende exclusivamente de la tecnología, de la educación o de la eficiencia administrativa. Las sociedades más florecientes comparten algo más profundo: una cultura basada en la búsqueda de la verdad, el respeto a la libertad individual, la limitación del poder, la rendición de cuentas y la capacidad de cooperar pacíficamente con quienes piensan de manera diferente.

Estos valores universales fundamentan el espíritu concordlandiano. Inspiran una propuesta práctica, sin adscripción partidista, sobre cómo gestionar los conflictos propios de una democracia plural sin renunciar a la discrepancia ni al debate. La concordia no consiste en pensar igual, sino en sustituir la lógica del adversario convertido en enemigo por una cultura de acuerdos basada en principios compartidos.

Sobre ellos —una especie de Constitución moral— me atrevo a proponer este Decálogo Concordland, consciente de su posible imperfección e incluso de la aparente obviedad de algunos de sus principios. Pero constatando también algo preocupante: la frecuencia con que los incumplen nuestros representantes, hecho del que nosotros mismos, como ciudadanos, debemos sentirnos responsables si permitimos que nos conviertan en simples peones quienes necesitan dividirnos para prosperar políticamente.

  1. La verdad importa, como base de la libertad y del diálogo racional.
  2. El adversario no es un enemigo.
  3. El interés general prevalece sobre el partidista.
  4. Las instituciones pertenecen a los ciudadanos.
  5. El mérito y la igualdad de oportunidades son compatibles.
  6. La discrepancia fortalece la democracia cuando se ejerce con respeto.
  7. Las políticas públicas deben evaluarse por sus resultados.
  8. Toda decisión relevante debe poder explicarse con datos y razones.
  9. La memoria debe servir para aprender, no para dividir.
  10. Ninguna generación recibe un país terminado; todas tienen el deber de mejorarlo.

 

 

Web personal  

Enlace a mi libro: Metamorfosis y Concordia

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Sobre el autor

Si tuviera que definirme en pocas palabras diría que me considero catalizador, promotor de cambios. Dentro de un espíritu inquieto y de sana rebeldía, me gusta definir las actuaciones dentro de un marco que las dote de coherencia. Me importa mucho el entendimiento personal. Mi mundo, hasta los 26 años, se ceñía exclusivamente al ámbito educativo. Estudié Matemáticas y la salida inmediata era la enseñanza. Nunca pensé que podría dedicarme a algo diferente. Me tocó vivir la eclosión de los ordenadores personales de la década de los 80. Empezaron a dotarse los centros educativos de PC ́s. Fui uno de los profesores de Informática de este primera ola. En esta época, junto a un amigo, adquirí mi primer ordenador personal (carísimo) para uso empresarial. Empecé a conocer el mundo de la empresa. En la década de los 90, me cautivó el Informe Bangemann, como marco inspirador de la Sociedad de la Información. De la mano de Juan Bernal, Consejero de Economía y Hacienda, fui Director General de Informática de la Comunidad de Murcia. Fue una etapa apasionante y creativa donde abordamos proyectos como la Red Corporativa de Banda Ancha, la adaptación al euro y el año 2000, la implantación de SAP o la realización de uno de los primeros proyectos de ciudad digital de nuestro país (Ciezanet). Compaginé, durante muchos años, la docencia con el desempeño de puestos de responsabilidad en empresas regionales del sector TIC. En 2009, como profesor, puse en marcha un proyecto innovador cuyo objetivo fundamental era comprometer a los padres en la mejora del rendimiento educativo de sus hijos (proyecto COMPAH). Empecé a familiarizarme con el mundo 2.0 y a emplear estos recursos en mis clases. Como admirador de Morris Kline, soy un amante de las aplicaciones de las Matemáticas al mundo real como elemento motivador de su estudio por parte de los alumnos. Mi primer contacto con las metodologías de la innovación (Design Thinking) se produjo en 2010, de la mano de un consultor, Xavi Camps, que me hizo ver que la creatividad y la innovación son la base de la prosperidad de las organizaciones y que estos atributos se pueden entrenar y perfeccionar. Desde entonces, soy un apasionado de la innovación como concepto transversal. Creo profundamente en la innovación pública. Las instituciones no pueden seguir funcionando casi como en el siglo XIX. Deben transformarse, en el contexto del paradigma de Gobierno Abierto, para convertirse en organizaciones centradas en los ciudadanos, transparentes, sostenibles, eficientes, ligeras y facilitadoras de la actividad empresarial y de la creación de empleo de la mano de iniciativas como el Open Data. Como ciudadano me preocupa especialmente la sostenibilidad de la sanidad pública, y de las pensiones, ahora que voy viendo cada vez más de cerca la edad de la jubilación. No sé contar chistes pero me divierte el humor surrealista y los juegos de palabras, que a menudo sufren familiares y amigos. He trabajado como asesor de innovación en la CARM (2012-2016). Actualmente he vuelto a mis clases en el IES Alfonso X El Sabio, soy Director Adjunto de la Cátedra Internacional de Innovación de la UCAM y participo en un proyecto empresarial.


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