Existen palabras que condensan conceptos amplios, vivencias profundas o razonamientos complejos. Con solo tres letras, el vocablo SER es quizá el concepto filosófico más abstracto, masivo y complejo de la historia humana. Define la existencia misma, la ontología, la identidad intrínseca de las cosas y la realidad, todo empaquetado en una sola emisión de voz.
Otra palabra sencilla que me parece interesante por la evocación a la concordia que genera es Sobremesa: “el tiempo que se pasa charlando tras haber disfrutado de una buena comida”. Resume un ritual social completo de convivencia y diálogo.
Más enrevesada y de uso menos frecuente es Alipori: “la sensación de sentir vergüenza ajena por las acciones inconscientes de otra persona” pero Agibílibis: “astucia, maña o habilidad para ganarse la vida o resolver problemas cotidianos con pocos medios” se lleva la palma en cuanto a rareza.
La morfología de algunos idiomas permite crear curiosos vocablos de alta densidad semántica, como IKTSUARPOK, que en la lengua de los inuits significa: “salir a la puerta del igloo para ver si viene alguien un día que nieva” o la palabra indonesia JAYUS: “chiste tan mal contado y con tan poca gracia que uno tiene que reírse a la fuerza”.
Sirva este preámbulo veraniego para reiterar mi aspiración, quizá presuntuosa, de que el vocablo Concordland —ya esbozado en mi libro Metamorfosis y Concordia— condensara en una sola palabra una forma de entender la convivencia humana, un horizonte ideal que quizá sea inalcanzable plenamente pero que nos puede servir como orientación para fortalecer la democracia. Visualizar la cumbre ayuda a preparar la escalada.
El ideal concordlandiano no pretende ser un ejercicio de buenismo ingenuo ni una colección de buenas intenciones. Aspira a constituir una filosofía práctica de la convivencia democrática y del buen gobierno, sustentada en una cultura del acuerdo capaz de contener la polarización afectiva que deteriora nuestras sociedades.
Comporta la consiguiente ingeniería institucional, basada en datos objetivos y en el análisis de experiencias internacionales, sin apriorismos ideológicos, que han demostrado sus buenos resultados ante los complejos retos que plantean las sociedades modernas.
Como decía en mi anterior artículo, una sociedad enfrentada encuentra enormes dificultades para alcanzar pactos duraderos sobre cuestiones esenciales como la educación, la vivienda, las pensiones, la sanidad, la energía, la inmigración, la memoria democrática, la equidad territorial, la deuda pública o la gestión del agua. Sin estabilidad institucional es más difícil generar confianza, atraer inversiones o planificar reformas.

Reconciliation, de Josefina de Vasconcellos,
En aras del interés general, una democracia madura tendría que ser capaz de tratar con la máxima objetividad posible cada uno de esos asuntos relevantes que generan tantas controversias. No se trata de que la derecha convenza a la izquierda ni viceversa, sino de plantearnos un par de preguntas elementales: ¿existe una solución que una mayoría de ciudadanos, independientemente de su ideología, pudiéramos considerar aceptable, por el bien de todos? ¿si mañana cambiara el Gobierno, también nos pareciera razonable que se mantuviera esa medida?
La prosperidad sostenible no surge únicamente de la riqueza material. Tampoco depende exclusivamente de la tecnología, de la educación o de la eficiencia administrativa. Las sociedades más florecientes comparten algo más profundo: una cultura basada en la búsqueda de la verdad, el respeto a la libertad individual, la limitación del poder, la rendición de cuentas y la capacidad de cooperar pacíficamente con quienes piensan de manera diferente.
Estos valores universales fundamentan el espíritu concordlandiano. Inspiran una propuesta práctica, sin adscripción partidista, sobre cómo gestionar los conflictos propios de una democracia plural sin renunciar a la discrepancia ni al debate. La concordia no consiste en pensar igual, sino en sustituir la lógica del adversario convertido en enemigo por una cultura de acuerdos basada en principios compartidos.
Sobre ellos —una especie de Constitución moral— me atrevo a proponer este Decálogo Concordland, consciente de su posible imperfección e incluso de la aparente obviedad de algunos de sus principios. Pero constatando también algo preocupante: la frecuencia con que los incumplen nuestros representantes, hecho del que nosotros mismos, como ciudadanos, debemos sentirnos responsables si permitimos que nos conviertan en simples peones quienes necesitan dividirnos para prosperar políticamente.
Enlace a mi libro: Metamorfosis y Concordia
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