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Federación de Bandas de Música de la Región de Murcia

Mater Mea

Es Viernes Santo. Primavera en Blanca. La luna de Nisán ilumina la Peña Negra. El olor a incienso embriaga la madrugada, mezclándose con el de azahar de la cercana huerta. Es noche de dolor. Es noche de derrota. Es Semana Santa.

Cristo ha muerto y yace en las entrañas de la madre tierra. Desnudo. Entregado a los brazos del Padre. Por la puerta entreabierta de su costado se divisa el cáliz roto de su corazón.

María, Virgen de la Soledad llega a la plaza de la iglesia. Enlutada, rota, desconsolada. Sólo el llanto de un niño rompe el silencio de la noche.

María, primer sagrario de la humanidad, ejemplo y camino para llegar a Cristo, luz en nuestras tinieblas, compañera de nuestras soledades, contempla y llora.

Qué magnífico momento, recordado cada año y guardado en el corazón de cada blanqueño durante tantas y tantas generaciones.

La Madre ante su Hijo.

Y en este calvario improvisado en que se convierte nuestra plaza están presentes Juan, el discípulo amado, y María Magdalena.

Qué bello momento y cómo lo supo reflejar el compositor gallego Ricardo Dorado Janeiro allá por el año 1962 en su marcha fúnebre “Mater Mea”.

Autor de marchas militares, pasodobles, revistas y hasta óperas, es, con las de procesión, con las que alcanzaría su mayor éxito.

Autor de “Cordero de Dios”, “Oremos”, “Santos Lugares”, “Hosanna” o “Getsemaní”. Todas más o menos conocidas, pero para los blanqueños, “Mater Mea”.

Ricardo Dorado (1907-1988) fue músico militar. Compartió estudios con maestros de la talla de Manuel de Falla o Joaquín Turina, dedicándose en la última etapa de su vida a la enseñanza y composición. Falleció a la edad de 81 años en Madrid.

En la revista digital de Música de Semana Santa “Patrimonio musical”, Juan Antonio Barros Jódar describe así la marcha “Mater Mea”:

El leit-motiv que vertebra toda la composición desde el primer compás hasta el final, es de una simplicidad asombrosa: un motivo construido sobre tres notas (los grados 5º, 6º y 4º de la tonalidad en modo menor), que giran en intervalos conjuntos sobre el eje de la dominante (5º grado). Lograr con tan elementales recursos un tema de tal carga emocional sólo puede hacerlo un consumado maestro de la composición como es Dorado.

La introducción, como decimos, está articulada en torno a ese elemental leit-motiv, y crea desde el primer compás una atmósfera cargada de tensión dramática. La alternancia entre planos de diferentes dinámicas sonoras no hace sino subrayar la tensión emocional, resuelta por una cadencia magistral que nos conduce al tema A.

Dicho tema A no es más que un desarrollo lógico del motivo inicial enunciado en la introducción. Merece la pena destacar la elegancia con que las llamadas de trombones y trompetas plantean su contrapunto a la melodía, y que le otorgan una cierta dimensión “épica”. (Algo parecido observamos en la llamada introductoria de Mektub.)

El tema B, en mayor, contrasta marcadamente con el tema anterior. Las tinieblas son deshechas por la irrupción de un cálido haz de luz. El oído encuentra el sosiego de una melodía acariciadora que nos seduce con su encanto y nos hace olvidar por un momento la conciencia del dolor. Pero el autor nos abisma de nuevo en el paisaje conmovedor del Gólgota, que es una metáfora de la desolación humana: el tema A reaparece violentamente en “fortissimo” y nos arrastra con su poderoso magnetismo. Una posterior reexposición en “piano”, con las llamadas de trompetas y trombones, concluye inopinadamente en un brillante acorde en mayor.

El tema C, también en menor, nos conmueve por su hondo patetismo. En él parece flotar un sentimiento de amarga desesperanza. La transición final del mismo es sencillamente abrumadora. La obra, en una estructuración cíclica casi obsesiva, retorna una vez más al comienzo, en un generoso “da capo” en el que son reexpuestos completamente la introducción y los temas A y B, incluyendo la repetición subsiguiente del tema A, en “fortissimo” primero y luego en “piano”.

La obra finaliza, en una circularidad perfecta, en la inesperada modulación a mayor que antes señalamos al final del tema C, y que actúa como un eje de simetría que sustenta la arquitectura asombrosa de esta obra.

En resumen, una magnífica marcha que, en sus aproximadamente 6 minutos y medio, nos lleva a recordar esos momentos de dolor y angustia de una Madre ante el cuerpo muerto de su Hijo.

Oda al gran maestro Ricardo Dorado.

José Antonio López Ríos.

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