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Federación de Bandas de Música de la Región de Murcia

REQUIEM POR DOS SONRISAS

A veces, algunas veces, hasta los más devotos de cualquier religión (no es mi caso), pueden perder la fe en esa divinidad que les protege y vela por ellos.

A veces sucede que la realidad se muestra obstinada y nos obliga a descreer de aquellos que nos protegían. De aquí nace la duda, la incertidumbre y el miedo que son el terreno fértil sobre el que se siembran los dogmas y las creencias. Yo hace mucho tiempo que no creo en nada que no tenga una posibilidad de verificación científica. Pero si hubiese quedado algún rescoldo de una lejana fe adolescente en mí, ahora, en un plazo de tres meses fatídicos, se ha apagado definitivamente, y he llegado a la absoluta certeza íntima de que estamos solos, muy solos en el universo. Arriba no hay nadie, nadie nos protege contra los dolores insoportables. En ese dolor lacerante (que inunda una herida que tardará en cicatrizar por ser doblemente trágica), estamos las familias y los amigos de Luis Eduardo y de Cristóbal. Y también lo están todos los miembros de la Banda Sinfónica de Águilas y, por extensión, todos los alumnos y profesores de la Escuela del Patronato Musical Aguileño Francisco Díaz Romero.


No hay consuelo para este sufrimiento. Pero si lo hubiese, lo debemos encontrar en el trabajo diario por la música. Tanto Luis como Cristóbal estaban entregados de pleno a este arte, en el ámbito profesional y como medio para el ocio compartido y la satisfacción de su espíritu. Eran, ambos, dos animales musicales, dos fieras en su amor por la belleza que nos proporciona la música. Sólo había que ver sus expresiones al interpretar para saber que estaban gozando, uno con el saxofón y otro con el contrabajo.

Todo el mundo sabe que, como aficionado a la música, nada es comparable a la escucha en directo del sonido bien ajustado, limpio, evocador que nos proporciona una orquesta o una banda bien dirigida. Y las bandas, además, tienen el mérito añadido de estar compuestas, en su mayoría, por músicos aficionados que dedican horas de estudio y ensayos semanalmente sin ningún tipo de remuneración. Sólo les mueve el amor a la música y la hermosa sensación de pertenecer a un grupo de personas que han sido elegidas para hacer el mundo más bello a través de sus instrumentos.

Y una de las virtudes que he podido constatar de primera mano, es que una banda de música no es sólo un conjunto de instrumentistas vocacionales que trabajan en complicidad con sus compañeros bajo la batuta de un director, es mucho más. Son un grupo de amigos, una auténtica familia, (puedo demostrar, por cercanía, que hay amistades que se forjaron en la infancia y adolescencia en el seno de la Banda de Águilas y que aún hoy, varias décadas después, siguen manteniendo vínculos prácticamente familiares, unos vínculos tan fuertes que exceden lo musical y se tornan afectivos, íntimos y personales) que suman sus esfuerzos y sus ilusiones en pos del objetivo final de ofrecer al público una obra efímera pero inigualable hecha de sonidos. Alguien dijo que la música es un bálsamo sonoro para el alma. Este es un momento de especial necesidad para todos los que nos dolemos por las pérdidas de Luis y de Cristóbal.

Debo anotar aquí que Luis nos dejó siendo Presidente del Patronato Musical Aguileño y que, semanas después, sumido en un profundo sentimiento de orfandad, Cristóbal se armó de valentía y asumió dicho cargo poniendo por encima de sus sentimientos el objetivo común de proseguir la impagable labor que estaba llevando a cabo Luis Eduardo. Todos le agradecimos este gesto de profunda generosidad que tuvo con un colectivo roto por el dolor.

Hoy necesitamos de ese bálsamo sonoro más que nunca, y estoy seguro que ellos, desde donde estén, harán que los próximos conciertos de nuestra banda sirvan de ungüento espiritual para los oídos aún sangrantes de todo un pueblo que no entiende esa siniestra obcecación del destino. No hay, ni la habrá, respuesta a la pregunta de ¿por qué?.

Nos quedará, eso sí, la memoria de Luis y de Cristóbal con sus sonrisas de buenas personas con las que nos hacían ver la vida de un modo positivo, alejar penas y problemas cuando estábamos con ellos. La sonrisa es la mejor manera de aproximarnos al alma del otro. Ya nos lo decía Dostoievski: “ Si queréis estudiar a un hombre no prestéis atención al modo en que calla, o habla, o llora, ni siquiera en que es conmovido por las nobles ideas. Miradle más bien cuando ríe.” Así hemos conocido nosotros a estos dos hombres maravillosos.

Vaya este réquiem por dos sonrisas para ellos (con el fondo del estremecedor Requiem en Re Menor KV 626 de Mozart) con el deseo íntimo y sincero de que descansen (requiescant) en la paz de la Música arropados por los cientos de genios que pueblan el cielo de la Belleza donde sólo pueden morar los grandes, los elegidos.

Francisco José Montalbán Rodríguez

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