La Verdad

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Categoría: Impresiones acústicas
La muda en el palco

 

La primera vez que nos emocionamos en la ópera, es un instante que nunca se olvida. La combinación de elementos en una producción operística supone un potente estímulo que, a pesar de que conozcamos el texto, la música y la historia con todo lo que va a suceder a continuación, seguimos sucumbiendo a ese momento mágico que nos convierte en seres apasionados. Un director de cine que conocía muy bien esta reacción humana fue Alfred Hichtcook, un genio de las emociones que nos mantenía en ascuas como espectadores, al privarnos de poder advertir a un personaje de lo que iba a suceder, aunque el maestro nos revelase desde el principio su destino.

La ópera es un género escénico que se perpetúa a pesar de los altibajos socioeconómicos que vivimos porque todavía hay una inmensa minoría de personas que siente profundas emociones ante curiosas situaciones que muchas veces están fuera de la lógica. Así, Stack (2002) en la revista científica Death Studies, afirmaba que los fans de la ópera ven con más normalidad un suicidio ante una deshonra que las personas que no asisten a las representaciones.

Desde el punto de vista neurológico se ha intentado encontrar una explicación fisiológica a éste fenómeno. Como ocurre en el enamoramiento, aquí entran en acción una serie de circuitos dopaminérgicos, receptores opiáceos y áreas cerebrales como el lóbulo temporal y el sistema límbico. Además, el procesamiento de sonidos y de palabras durante la escucha operística, requiere de la interacción de regiones corticales de los lóbulos frontales y temporales.

Pero la experiencia de asistir a la ópera va mucho más allá de lo estrictamente neurocientífico. Cuando hablamos de una obra en el hall del teatro, en la cafetería o en el restaurante, empleamos términos con un alto impacto emotivo que se relacionan con aspectos muy variados. Cada uno de nosotros tiene un filtro sensitivo para disfrutar con más intensidad la música, el carisma de los cantantes, la credibilidad de la historia, la puesta en escena o las relaciones humanas, entre otros aspectos.

Además, muchos de nosotros comentamos sobre la ópera en plural. Sin duda, nos interesa mucho como reaccionan nuestros acompañantes, sus gustos, sus intereses y sus opiniones. Durante el retorno a casa, se vive un momento único y especial al comentar la representación con las personas que nos han acompañado y es muy posible que la experiencia tras vivir la ópera en directo sea posteriormente modulada por la conducta y comentarios de otros espectadores.

Desde el punto de vista individual, la ópera es con frecuencia un espejo donde se refleja nuestra personalidad o nuestras vivencias. Un maestro que comprendió muy bien este fenómeno fue Gustave Flauvert describiendo las emociones de Madame Bovary en una representación de Lucia de Lammermoor de Donizetti. En el transcurso de la representación, Emma Bovary cede ante la ondulante melodía de los violines que la hacen temblar desde el palco. Posteriormente, la protagonista se siente transportada a otro lugar ante los elementos escénicos e imaginarios que se conjugan (personajes, sombreros,capas, capas, espadas,…). Por último, en la escena en la que Lucía aparece vestida de novia, Emma Bovary recuerda el día de su boda y todas las circunstancias de su vida que habrían sido diferentes.

Más recientemente, en 1990, el director de cine Garry Marshall nos contó la historia de Vivian Ward, una vulgar e inocente prostituta de Los Ángeles que es llevada a la Ópera de San Francisco por su cliente, donde asiste a La Traviata de Verdi. Pretty Woman se emociona tanto desde el palco, que cuando le preguntan qué le ha parecido la obra, contesta con rotunda sinceridad que, del gusto, por poco moja su ropa interior.

Está claro que esto no sólo se explica con neurotransmisores químicos. En cualquier caso, durante los silencios tan emocionantes que se viven en un palco, siempre viene bien llevar una muda. Por si acaso.

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Seducción mágica

En literatura, el mito de la mujer fatal aparece de una manera recurrente desde los tiempos bíblicos. Uno de los arquetipos más célebres es el de Carmen, la bella zíngara ideada por Prosper Mérimée y que luego recreó George Bizet con una música cargada de gran sensualidad, especialmente en la parte de flauta tan omnipresente en el foso de la orquesta.

Aunque ya hablamos de Carmen en Música Inesperada (ver post titulado “La natural indiferencia de Carmen” de 4 junio de 2013), creo que la personalidad de esta eterna gitana admite un nuevo análisis en profundidad.

Desde que Carmen se estrenó en la Ópera Cómica de París en 1875, la obra ha ido incrementando el éxito con numerosas representaciones por todo el mundo. Sin embargo, inicialmente esto no fue así, ya que la ópera de Bizet tenía una temática amoral, carente de romanticismo, con escasez de buenos sentimientos y además terminaba de forma trágica, lo que causó un gran impacto en la sociedad habituada a acudir a la Ópera Cómica en familia y a presenciar historias con un final feliz.

Volviendo al personaje principal, una cuestión a aclarar es si Carmen puede considerarse una auténtica mujer fatal por perversidad, consciencia de su poder de encantamiento y uso de sus atributos para manipular al hombre. Desde luego, lo que no tiene discusión es que la zíngara tiene en todo momento un perfecto control corporal, inteligente manejo de las ideas del bien y del mal y hábil dominio en la estrecha línea que separa la vida de la muerte.

Bizet nos muestra una Carmen que no es una criminal, sino más bien una astuta mujer con una admirable independencia y no está sujeta a normas. Básicamente, Carmen desea vivir la vida con intensidad, sin poner demasiado énfasis en aspectos como la libertad, el amor y el resto de las personas. Tampoco debemos etiquetarla como una mujer feminista, ya que más bien es individualista, con amores que no duran más de seis meses. Puede asegurarse que Carmen se muestra libre en el amor sin necesidad de rendir cuentas a nadie. Esta gitana andaluza que tanto seduce con su físico y con su mirada, es a la par ingeniosa y sincera, especialmente cuando previene a Don José de que si él la sigue, esto le acarreará problemas.

Nuestra protagonista nace libre y muere libre. Ella termina sabiendo su destino y lo acepta sin ninguna tipo de fatalismo. Carmen viste de rojo y de negro, los colores de las cartas en las que lee su propio destino. Precisamente, es ese momento de angustia ante la muerte, en el que en esta mujer reafirma más claramente su urgencia por vivir.

Carmen una mujer apasionante y universal. Volveremos a hablar de ella.

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Si Beethoven pudiera votar

 

Ludwig van Beethoven, uno de los grandes músicos de la historia, refleja perfectamente su enorme personalidad en cada pieza de su vasta producción artística. Sus 16 cuartetos de cuerdas, nueve sinfonías y la ópera Fidelio constituyen uno de los legados más humanistas y profundos de toda la historia de la música.

El compositor de Bonn era un hombre con firmes principios y una gran tenacidad a pesar de sus circunstancias vitales adversas, que le acarrearon un sinfín de problemas personales y de salud, entre los que destaca la pérdida auditiva progresiva considerando su condición de músico profesional. El ADN de Beethoven no contenía tantos genes para la fácil inspiración como el de Mozart, Rossini o Schumann. Por el contrario, el maestro alemán cimienta su creatividad artística en el esfuerzo y el tesón con el que trataba, desarrollaba y hacía interactuar los temas musicales.

Beethoven compone para sí mismo. No acepta encargos, patrocinios o el apoyo de mecenas que pudieran recortar su libertad creativa. La defensa de la libertad como elemento catalizador del destino del hombre está presente en muchas de sus obras. Precisamente, esta consideración del hombre como un ser individual que vive en una colectividad es un asunto capital en la obra sinfónica de Beethoven. El ejemplo más representativo es la música de la Novena Sinfonía para al texto de la Oda a la Alegría de Fiedrich Schiller que dice: “Alegría,…todos los hombres se convierten en hermanos, allá donde tu suave ala se posa”.

Esta idea de la fraternidad entre los hombres ya la adelantó Mozart en La Flauta Mágica, circunstancia que llamó la atención de un Beethoven muy contrariado con la temática tan poco moralizadora de otras óperas del genio de Salzburgo. La única ópera que Beethoven escribió, Fidelio, destaca el valor del verdadero amor conyugal y el rechazo ante la tiranía y la injusticia, ideas que ya aparecen en su obertura Egmont.

El maestro alemán es un ejemplo de persona con visión de futuro. Una concepción del futuro muy audaz porque no abandona nunca la tradición cultural, comportándose como un compositor moderno que partiendo desde el Clasicismo, llega al siglo XX, anticipándose al Romanticismo. Quizás el mayor mérito de Beethoven haya sido su determinación para innovar, sin preocuparse por la posible incomprensión del entorno social.

Ludwig van Beethoven era un universitario con una sólida base cultural y humanista. En su música está presente la pasión por el mundo clásico – en los ritmos del Allegretto de la Séptima Sinfonía-, por la literatura – especialmente por Goethe – y por la naturaleza – sobre todo en la Sexta Sinfonía-. Tenía tanta personalidad este músico, que no dudó en retirar la dedicatoria para Napoleón prevista para la Sinfonía Heroica – una de sus piezas más emblemáticas – tras la decepción que le causó su auto-proclamación como emperador.

Estamos inmersos en una época de observación, escucha y meditación que es necesaria antes de depositar la confianza en la persona que gobernará nuestro municipio o nuestra región. ¿Se imaginan a Beethoven en un momento así?

Estoy convencido de que el célebre maestro alemán hubiese apoyado a un político humanista, con empatía hacia sus semejantes y que venerara con sinceridad la tierra donde convive con su familia, vecinos y amigos. Beethoven no hubiese tolerado políticos no cumplidores de sus promesas ni los que se comportaran de una manera autoritaria o injusta.

Este músico tan románticamente individualista y que amó tanto la libertad de sus semejantes como la suya propia, sigue tan vivo hoy día, que si pudiera votar, apostaría por un líder que defendiera la cultura, la originalidad creativa y el cuidado de la naturaleza. Y lo que es más importante, apoyaría a un gobernante que representara sin excepción a todos los hombres y mujeres, con independencia de la edad, nivel cultural, nivel musical, nacionalidad, condición, partido político y raza, entre otras.

Si Beethoven pudiera votar, puede que todos nos convirtiésemos en hermanos.

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La magia de compartir música

La música de cámara contiene la esencia del arte interpretativo. El pasado martes, casi 350 personas asistieron al Auditorio Víctor Villegas para disfrutar con expectación de los fundamentos camerísticos de un selecto octeto de músicos. El Cuarteto Saravasti celebró su XV Concierto Extraordinario de Navidad invitando a cuatro jóvenes intérpretes germinados musicalmente en la región y que han desarrollado una brillante carrera profesional fuera de Murcia.

En el escenario de la sala Miguel Ángel Clares confluyeron los talentos de Gabriel Lauret, Diego Sanz, Pedro Sanz y Enrique Vidal (experimentados componentes del Cuarteto Saravasti), con los de los violinistas Felipe Rodríguez (concertino de la orquesta Gubelkian de Lisboa) y Antonio García (Orquesta de la Comunidad de Valencia), del violista Joaquín Riquelme (Orquesta Filarmónica de Berlín) y del violonchelista Lorenzo Meseguer (Orquesta Balthazar Neumann de Friburgo).

La pieza estelar del concierto fue el Octeto para cuerdas de Mendelssohn, obra única en la Historia de la Música compuesta por éste a los dieciséis años de edad. Para tocar este octeto es imperativo que los músicos cuiden con esmero la preparación, la concentración y la conjunción entre ellos, puesto que hay momentos donde la precisión es fundamental. Desde los primeros compases, los ocho intérpretes hicieron gala de una soberbia concepción camerística, de una impactante sonoridad y una delicada musicalidad.

Además de superar con creces los retos que plantea la obra, los miembros del octeto alcanzaron la empatía con el público entusiasmado con sus respiraciones, miradas, complicidad y gestos de escucha atenta. Mendelssohn quiso que el primer violín tuviese un protagonismo especial en este octeto y Felipe Rodríguez asumió ese rol con su habitual solvencia, naturalidad y liderazgo. A lo largo de los cuatro movimientos del octeto, los arcos de los interpretes expresaron con frescura y emotividad el mensaje que el compositor dejó tan bien escrito.

En la primera mitad del concierto, el violista Joaquín Riquelme colaboró con el Cuarteto Saravasti para sumergirnos en el mundo de Mozart tocando el Quinteto de cuerda en Si bemol Mayor. El respeto de cada intérprete hacia el cometido de los demás, contribuyó a resaltar los interesantes diálogos entre violín y viola, a la vez que mantuvo el engranaje rítmico tan característico del compositor austríaco.

El momento más especial de la velada coincidió con la interpretación a ocho de la pieza de Heidrich en la que la conocida melodía de cumpleaños sufre hasta catorce transformaciones según el estilo de distintos compositores y épocas. Minutos antes, la solemne narración de Diego Sanz padre, aportó más humanidad y emoción a este aniversario.

El público asistente agradeció con fervor la generosidad, honestidad y talento de los ocho músicos y estos correspondieron a los aplausos con una bonita sucesión de bises de contenido navideño.

Una magnífica velada de música de cámara ofrecida por intérpretes de primer nivel internacional.

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