La Verdad

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El amor en los tiempos del Tinder. «Felices para siempre» y otros rollos macabeos

Vía Tumblr (fuente @holdmyhandthorne)

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– Tienes que meterte en Tinder, de verdad. Es como un catálogo humano… un catálogo de personalidades.

Escuché esta frase, con variantes, en al menos tres ocasiones la semana pasada. Un catálogo humano. Vaya. Con estas aplicaciones, conocer a alguien nuevo y, si se desea, mantener relaciones, es más fácil que pedir una hamburguesa a domicilio.

Mis bisabuelos se fueron de viaje de novios a La Encañizada del Mar Menor. Mis abuelos, a Sevilla. Mis padres, a Madeira. Mis amigos recién casados, a Vietnam, Laos y Camboya. La primera de estas generaciones no podía elegir destino, casi ni pareja. Murieron juntos. Más o menos igual los segundos. Los terceros se casaron y tuvieron hijos antes de los treinta y ahora se divorcian en masa. Los cuartos… algunos se casan, otros no, o tienen hijos antes, no los tienen en absoluto, mantienen relaciones abiertas o cerradas, con distintas inclinaciones sexuales o siempre la misma. En una frase: el **** de la Bernarda.

¡Es que el mercado se ha abierto! En El amor en los tiempos del Tinder, ay Florentino Ariza, aún más fácil te habría resultado seducir a todas esas mujeres mientras esperabas a tu Fermina Daza. Pero en esa película de nuestros días… ¿habría una Fermina Daza, una media naranja casi predestinada?

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Queridos baby boomers: dejen de tocar las narices millennials

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No pensaba decirles nada, de verdad que no. Era peligroso: conozco, respeto y quiero a muchos de ustedes.

Pero he cambiado de idea.

El pasado domingo 11 de junio se emitió en la 7 Región de Murcia el programa ‘Cita con Carlos Fuentes’, en el que tuve el placer de participar para debatir la Cuestión Millennial. Los invitados, sin embargo, eran personalidades de la Región, emprendedores, jefes, políticos: triunfadores. No trajeron a ningún parado ni nada por el estilo, la única pringada era yo, vamos. Gran parte de lo que escuché durante las dos horas de tertulia fueron consejos sobre cómo esforzarse mucho, porque dejarse la piel te lleva exactamente al punto que deseas.

Que eso está muy bien. La tenacidad y la pasión. No hay por qué enfadarse. Vale que no estamos prestando mucha atención a las circunstancias, al mundo real en que vivimos, pero de acuerdo.

La cosa es que luego me encuentro un artículo de la fantástica Helena Sardá contestando en Código Nuevo a Antonio Navalón de El País, sobre por qué los millennials somos una generación vacía, desprovista de propósitos, y –addirittura– ¡culpable de la llegada al poder de Trump!, y ya sí que no puedo esperar a escribir esto. Me quema la sangre, así que me desahogo en Facebook y espero a que vuelva –la sangre- a temperatura ambiente para desarrollar, punto por punto, estos argumentos que siguen. Que ya se sabe que hay que contar hasta diez, a riesgo de resultar demasiado impulsivo. Como decía Virginia Woolf en Una habitación propia, «cuando un razonador razona desapasionadamente, piensa solo en su razonamiento y el lector no puede por menos de pensar también en el razonamiento».

Así que nada, queridos baby boomers, sea o no desapasionado por entero, y con las salvedades oportunas a quien no se sienta -ni deba sentirse- aludido, esto va por ustedes.

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Operación Biki…no.

Vía Tumblr (source: avatharkorra)

Vía Tumblr (source: avatharkorra)

Ya se respira en el aire esa mezcla mortífera de sudor y excitación, adrenalina y muchos grados de temperatura, que avanza el Gran Destape Anual de los Cuerpos.

Antes de desvelar el misterio que se oculta tras las vaporosas capas, la gente se prepara con ahínco. Los gimnasios dan buena cuenta de ello. Igual que en Año Nuevo, son etapas en las que al ser humano le remuerde la conciencia su existencia particular.

Tengo unas cuantas observaciones sobre la llamada Operación Bikini.

La primera, la más intrascendente a lo mejor, es que hay un micromachismo en el término, ¿lo ves? ¿Por qué es Operación Bikini y no Operación Bañador, que es un término unisex? Digo. Estas cosas hay que cazarlas, de otra forma no pueden erradicarse, llámame feminazi.

La segunda es esta: es una operación, una suerte de misión de vida o muerte, de tarea por reconcome. De ahí se extrae que la mayoría de la población no está orgullosa de su cuerpo y no vive cómoda entre sus carnes durante la friolera de diez meses al año aproximadamente. Y que al ir a la playa, al verse en la obligación de mostrar sus cachas al sol, deben corregirlo lo máximo posible para resultar aceptables ante los demás.

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Más vale feliz y pobre (si es que eso no es contradictorio)

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El otro día estaba yo en el parque rodeada de madres con niños, columpiando al bebé de mi prima, cuando sonó el teléfono. Una chica muy maja de la 7 llamaba para invitarme a una tertulia sobre millennials. Antes de nada, quería saber mi opinión respecto de unas cuantas cosas, y empezó a preguntarme. He de decir que fui excesivamente sincera porque no me había enterado de que era una entrevista y no caí en aquello de ser políticamente correcta.

En una de esas, dijo:

– Sabes que ahora la gente prefiere alquilar a comprar, e ir cambiando de trabajo en vez de tener uno estable toda la vida… ¿qué te parece eso?

-Estupendo- contesté yo-, creo que es lo más acorde a la naturaleza humana. De hecho, los millennials tenemos fama de estar locos, pero nosotros estamos entendiendo mejor de qué va la vida. El que está loco es el sistema.

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¿Hay derecho? El grito de Irene por todas las mujeres

Vía weheartit.com

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Tenía entonces veinte años recién cumplidos. Iba en un tren desde Ámsterdam a Bruselas para pasar la noche y coger un avión la madrugada siguiente. Iba escuchando música y comiendo algo. No me funcionaba el teléfono, por algún motivo. Entonces tenía fe en todas estas teorías sobre la comunidad europea, y pensaba que con un poco de dinero y un teléfono podría solucionar cualquier cosa que me ocurriese.

Entonces un hombre muy corpulento, negro, se sentó a mi lado. Vestía un jersey amarillo. Me tocó el hombro y empezó a hablar en inglés. Fingí ser italiana, no sé por qué, y le dije que no le entendía. Siguió hablando igualmente, señaló unos edificios y dijo que él vivía ahí. Y entonces me aseguró que ahí iba a ir yo cuando bajáramos del tren. Me di la vuelta. Tenía el corazón acelerado. Seguí mirando por la ventanilla. Estaba paralizada. Volví a colocarme el auricular en el oído, pero bajé el volumen. Él llamó por teléfono a alguien y entendí una descripción física: una chica joven, sola, rubia. Mientras lo decía me miraba y se reía. Veía su reflejo en el cristal.

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Sobre el autor Andrea Tovar
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