La Verdad

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Categoría: verano
Ahí están

 

Pero tenemos que llevar cuidado porque no siempre se las ve. Están bajo tierra, y cuando dicen de salir a la superficie, si vamos un poco despistados, baño asegurado.

Sí, lo han adivinado son esas fuentes escondidas bajo el pavimento que, como si fueran “topos acuáticos”, sin previo aviso, ¡zas! se ponen en marcha y, como van unidos a decenas y con todos los chorritos al compás, vaya que si vamos paseando justo por el centro, este campo de batalla acuático nos dará un buen remojón. 

Estos grifos que surgen de repente del suelo sorprenden sobre todo a los turistas, porque los habitantes del lugar ya están familiarizados con ellos y hasta conocen sus “ritmos acuáticos”. Y claro, pueden esquivarlos con más facilidad, llegado el caso.

En Murcia están junto al Cuartel de Artillería. Una vez paseando junto a ellos (les confieso que los iba esquivando por si acaso de repente se activaban) vi a un grupo de chavales que jugaban con un amigo. Lo habían metido en un carrito de los centros comerciales y lo paseaban. Y claro cuando vieron que de repente se ponían en acción estos chorritos, no se lo pensaron dos veces, empujaron el carrito -con el amigo dentro- hacia la fuente y, risas a mansalva que, eso sí, todos los demás se quedaron fuera del perímetro del agua, excepto el que estaba dentro del carro de la compra. El resultado: un buen baño de este zagal que no se lo tomó a mal. Era verano.

En Dresde estas fuentes que juegan al escondite tienen doble personalidad. Por la mañana, las madres llevan a sus hijos pequeños a este lugar como si fuera la piscina pública en mitad del paseo. Los dejan en pañales y, de nuevo, muchas risas de todos. Da gusto verlos disfrutar. Vaya que hasta da un poco de envidia. Y es que eso de hacerse adulto, muchas veces aboca a perderse estos momentos de risas aseguradas. Pero por la noche estos grifos se transforman en un juego de luces que iluminan el agua y, otra vez los adultos, los esquivamos. ¡Con lo divertido que sería jugar en esta “discoteca acuática” a ras de suelo!

En Londres están colocados estratégicamente junto al río Támesis. Entre que el recorrido por los canales es un poco estrecho y no tiene quitamiedos, uno va con la preocupación de no acercarse demasiado al borde no vaya a ser que, por un traspiés… Que, a ver luego cómo uno cuenta, de regreso, que se cayó en los márgenes del Támesis. ¡Eso sí que serían risas aseguradas para todos los demás! Pero aún con esta pequeña preocupación, esta ruta de los canales es muy relajante. Calculando bien este rincón en el que la fuente sumergida activa sus chorritos.

Espejo de agua en Elche

En otros lugares, esta lluvia que desafía la gravedad queda convertida en un espejo de agua reposado en el suelo y … ¡multiplica la belleza! Así sucede en Elche con rincones donde las palmeras se ven reflejadas en el paseo o en la plaza de la Bolsa en Burdeos.

El summum se encuentra en Ginebra. Lo conocemos todos como el famoso “Salto de Agua” que alcanza una altura parecida a la torre de una catedral. No exagero. Lo mejor, además de ver la fuerza del agua en sentido contrario al de una catarata, es jugar con el viento y ponerse, si es verano, a sotavento.  Y, claro que sí, jugar a ser niños de nuevo. Risas aseguradas, ya verán y nada… ¡que disfruten del baño!

 

 

 

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Toledo, verso a verso

 

Nada de paso a paso,

sería algo prosaico en este caso.

Durante un fin de semana, esta ciudad tiene una métrica especial: la poesía, la razón de “la venida y estada en esta tierra”. 

Poesías en plazas a la hora del vermut

Si a Toledo le sobran razones para visitarla, añadimos una más: el Festival Voix Vives. Y prepárense que el recorrido no es sólo horizontal, sino que se descubre la ciudad literalmente “de arriba abajo”: Los poemas se pueden disfrutar en terrazas, azoteas, balcones, escaparates, junto al río… En fin, que toda la ciudad está “hecha un poema”. O, como destacó la directora del Festival, jugando con las sílabas, en To(le)do, “todo es poesía”.

De viva voz

El Festival se celebra de viernes a domingo, normalmente a principios del mes de septiembre. En él más de 130 poetas se reúnen para recitales, encuentros, talleres. Todo ello combinado con música, danza, teatro… La ciudad ya ha previsto toldos y hamacas para que el momento sea de deleite y comodidad. Hasta golosinas en unas mesitas pusieron en un balcón.

Así, cuando los poetas recitan en una azotea, se une el aliciente de poder ver el atardecer tocando sobre todos los tejados toledanos; cuando el poeta está en un baño árabe, allí al remojo uno cree que está en el mismísimo paraíso acuático. Si Vds. van acompañados y a su partenarie no le gusta la poesía, no se preocupen “aunque dello no me aprovechara, con la vista dello me consolara”, y es que esta ciudad solo con verla, apasiona.

Las hamacas y la poesía, puro deleite

Poemas por doquier

Toledo tiene la muralla y, “al otro lado no la necesita, para eso tiene el Tajo”, dicen orgullosos sus habitantes. Dentro de estas coordenadas se desarrolla el Festival. Desde las “Cuatro calles”, hasta Zocodover, en cualquier recoveco, terraza, plaza, allí suena un poema. A la pena de ser ciego en Granada, se une ahora la de ser sordo en Toledo justo los días de este Festival.

Incluso en las calles más estrechas, sí en esas en las que estirando los brazos podemos dar la mano a los vecinos de los dos lados, sorprendentemente, en ellas también, hay cabida para unas sillas para la escucha. Los transeúntes también encantados.

Conocí a una chica que repite ya varios años. Me contaba que hay tantas actividades, que ella se tiene que hacer un planning para poder elegir e ir a las que más le gustan. Y la verdad es que para los que vamos de fuera, como la ciudad es un poco (¡qué digo poco!) laberinto, se complica el ir “de aquí acullá”, porque es fácil perderse. Así me sucedió varias veces.

Ante este trajín por las “angostas calles”, cosa buena es acudir a los voluntarios para que en este dédalo toledano, nos hagan de lazarillos. No se pierdan un bonito botón de muestra de cómo estos chicos se integran en el fin de semana poético. Por su atuendo los reconoceréis: una camiseta blanca en la que por detrás está el logotipo del festival y, por delante cada uno de ellos ha escrito una poesía.

Hasta las tantas

Lo mejor sin duda es la posibilidad de ver los lugares más bonitos de Toledo al son de los versos: que si la Escuela de Traductores se abre para proyecciones; la Sinagoga del Tránsito deja entrar un torrente de luz que se mezcla con el recital.

Los poemas comienzan a la hora del desayuno, y se alargan hasta la madrugada. Por la noche la cita es junto al río. Allí este año han sido poemas llenos de humor y sátira, cantautores, etc. Y, como no, destacando el valor de nuestra querida letra “ñ” que tanta personalidad nos da.

Este evento poético también tiene lugar en otras ciudades del Mediterráneo. La francesa Sète en la Costa Azul está casi hermanada en sonetos y rimas con la toledana. Lo digo porque la poesía, así esparcida por una ciudad, a mí me da que me está creando adicción.

El rincón de Cervantes, también invadido por la poesía

La ocasión la pintan calva

Así que si Vd. ya disfrutó de lo lindo de todos los pareados típicos veraniegos: granizado y bronceado. También si Vd. fue uno de los que se tuvo que conformar con un estío de cuartetos escuetos con las famosas 4.P: playa, paseo, pipas y parchís; Y no digamos si rozó el summum de la ensoñación: sombrilla en primera línea; yate del amigo; barbacoa sobre el césped, cine a la fresca… para todos esta despedida del verano con toque poético puede venir que ni pintado. Y a buen seguro hasta puede ayudar a hacer mejor el tránsito al mundo laboral.

Nuestro guía particular

Pues sepan Vuestras Mercedes que si desean recorrer una ciudad invadida por la poesía, nos vemos en septiembre. El pregonero que cómo habrán intuido nos ha guiado por esta ciudad, ha sido el genial Lazarillo de Tormes que bien la conocía y ya nos lo anticipó cuando decía que Toledo es lugar de fiestas y “desta manera se está tres días con paso acompasado, a papar aire, embelesado por las calles”.

 

 

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Del Caribe al Mar Menor

 

Vienen desde Puerto Rico. Van a recorrer España casi entera. Empezarán por San Sebastián; Luego parada en Segovia, Toledo… Su último destino es Murcia. Y lo que más ilusión les hace de todo este recorrido es darse un baño en el Mar Menor.

Hace unos meses:

Puerto Rico: Entrada al Caribe

Estábamos merendando en una chocolatería del viejo San Juan.  Mis amigas puertorriqueñas me decían que era casi un pecado mortal regresar a España sin haber ido a la parte caribeña de la isla. No paraban de enseñarme fotografías. En una, las tres dentro del agua transparente, flotando en unos sillones-colchoneta, con sus piñas coladas y sus sombreros panamás.

Una de ellas dirige un pequeño hotel de esos con encanto a pie de arena finísima caribeña y justo enfrente tiene islas desiertas para elegir. Me insistía en que me podía alojar sin coste alguno y hasta me dejaba la canoa para ir al cayo que yo quisiera. “Todos están desiertos”, añadía. Con la ilusión que a mí me hace aquello tan aventurero de ir a una isla desierta…

En fin que viendo las fotos, andaba yo con la pena metida en el cuerpo porque el avión regresaba al día siguiente y me iba a perder todas aquellas maravillas.

Otra amiga se incorporó más tarde a la merienda y preguntó dónde estaba Murcia. Fue oír mi ciudad, vaya que sin querer (bueno queriendo un poco también) me crecí. Todo empezó casi sin darme cuenta, como si fuera un desafío: “Sí, sí vosotras tenéis el Caribe, pero yo tengo el Mar Menor”.

Déjenme que me explique. Que la pena que yo sentía porque no iba a conocer el Caribe puertorriqueño, se transformó ipso facto en orgullo patrio. Vaya que me inflé y empecé a contarles las maravillas del Mar Menor. Que si la bondad de los lodos; los baños casi de sal; los paseos de varias millas adentro sin que te cubra; las historias de los balnearios…

Según iba contándoles, todas: boquiabiertas. Tanto que rápidamente cogieron sus móviles (yo estaba sin datos) para buscar fotos de este mar del que jamás habían oído hablar. Y el fondo documental gráfico de Google fue mi aliado: mostró vistas aéreas, playas de arena fina… Ahora todas: ojipláticas.

Dentro de unos meses:

Mar Menor: con un toque muy caribeño

Todas (sí, sin proponérmelo logré unanimidad) vienen a Murcia. Tienen mucho interés por este “mar chiquitito” o “lago salado”. Así lo llaman. Se ve que del impacto al ver las fotográficas olvidaron el nombre. Y según me cuentan, ya tienen el bikini en la maleta.

Aún no les he dicho que el Mar Menor está últimamente “enfermo”. Dragados por una zona; vertidos por otra… En fin el sumario judicial está formado las piezas de este puzle de destrozos y nos aclarará qué hicimos mal. El caso es que cambiamos la arena por licencias de obra y cédulas de habitabilidad; matamos a los caballitos y enturbiamos el agua. Este paraíso está latiendo y pide ayuda a gritos.

La última vez (no hace tanto) llevé a un grupo de japoneses al Mar Menor y se hicieron fotos con sus pies dentro del agua rodeados de miles de peces haciéndoles cosquillas en los dedos. A ver cómo salgo yo de ésta. Tal vez un buen caldero sea esta vez el único consuelo para mitigar la desilusión. Y yo habré incumplido “el baño en el verdadero paraíso” como les prometí bajo los efectos (sé que no es excusa) de un chocolate con coco.

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Mujer blanca soltera busca

¿Playa? ¿Montaña? Resulta que quien toma la decisión de cómo serán nuestras vacaciones, no somos nosotros. Les presento a la “persona” que se encarga de pensar por nosotros.

Cuando los datos del INE pasaron a la historia

Es curioso cómo nos están clasificando los portales de hoteles y de vuelos. Aquellos datos de edad, estado civil, sexo, etc. han pasado a la historia, en lo que al turismo se refiere. No se alarmen, para el Instituto Nacional de Estadística, sí son sumamente útiles.

¿Cómo nos ven los buscadores de vuelos?

Hace poco contaba el director general de un gran portal de internet de búsqueda de vuelos que ellos ya funcionan desde hace tiempo con otros parámetros, mucho más prácticos. Nos tienen clasificados (sí, sí a Vd. también) de forma muy curiosa. Les cuento algunos “grupos” y así pueden ver cuál es el suyo.

Un research que nos conoce mejor que nuestra madre

Comenzamos por el perfil de “familia con niños”. Este grupo busca viajar seguro y con una planificación extrema. Por lo que su motor de búsqueda en cuanto los catalogue (él decía: “el research dará con ellos en un santiamén”), les venderá la compra de un paquete global con algunos servicios sueltos (como alguna excursión de aventura light o cultural).

Ya no se lleva aquello de: ¿playa o montaña?

Y como lo que más les preocupa es la seguridad, estarán dispuestos a pagar un poquito más. De ahí que el listísimo research, una vez que los ha catalogado en este grupo, no les ofrezca descuentos, ni gangas asociadas a peligro. Por ejemplo, si buscan alquilar un coche (en el caso raro de que ya el paquete global inicial no lo haya incluido), un viejo Seat Panda descapotable sin aire acondicionado no saldrá en la primera página a buen seguro. Tampoco en la segunda.

Un nuevo viajero: el ya conocido como “buscador de chollos”.

Otro grupo social que a mí me llamó mucho la atención son los denominados “maestros de las comparaciones” o, también está el curioso: “buscador de chollos”. En este caso, el susodicho research cual si fuera un gurú sabe ya cómo actúan en todo el ciclo completo del viaje: preparación, estancia en destino, desplazamientos. Y ellos sí, recibirán de forma sucesiva numerosas ofertas, chollos de última hora, grandes descuentos… que resultarán irresistibles. Y es que, sabido es, que muchos pocos, hacen una caja final grande. He ahí el truco.

El retrato social de andar por casa pero con mucha sabiduría

Los hay que piensan mucho. El research no para.

Me contaba un amigo que dirige un camping en la costa mediterránea el retrato social tras muchos años de experiencia al frente, que él tiene realizado de los viajeros según su procedencia. Los del norte del Europa (“sobre todo los holandeses”, me decía), antes de llegar, ya sabían dónde estaban los supermercados más cercanos y, no sólo eso sino que tenían un comparativo de precios en cada uno de ellos (una hojita de cálculo incluso ha llegado a ver) para comprar la leche en uno y el café en otro.

En cambio, cuando llegamos los españoles -también los portugueses-, la primera pregunta es siempre “dónde está la piscina”. La segunda dónde está la zona de marcha. Y luego ya, preguntamos al día siguiente por el supermercado más cercano.

Así que, toca actualizarse. Aquello tan típico de preguntar a los amigos: “¿Qué, este verano: playa o montaña?”, ya no se lleva. ¡No vayamos a hacer el ridículo preguntándolo! Hay que estar ojo avizor a las fotos, nos dirán dónde está el vecino del quinto o el amigo del alma. Y lo mejor de todo, por fin, queda superado el trance que antaño se puso de moda de reunir a los amigos y familiares para someterlos a la tortura de ver todas las fotos tras el viaje. ¡Menuda prueba de superación!

A mí me preocupa este sabelotodo research que con sus algoritmos planifica nuestras vacaciones y nosotros, mientras tanto, tan tranquilos, pensando que tenemos capacidad de decisión. SOS.

 

 

 

 

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Las entrañas de Capri son de un azul…

 

El Mediterráneo es de esos lugares para ir de isla en isla, sin hartarse. El punto de amarre de hoy los tenemos en Capri. Y dentro de la isla, sí, sí, muy dentro, se puede apreciar el azul del mar con una intensidad de esas que jamás se ha visto antes.

Les cuento la odisea. Estaba pasando un verano en Salerno (Italia) con un grupo de amigos españoles e italianos. Todos los españoles estábamos deseando pisar esta isla. En cambio, los italianos, que la tenían cerquísima, no habían ido; Es más, no se animaron a acompañarnos en la travesía.

Bote a remos que te lleva casi al paraíso

Al llegar hay unos pequeños botes en los que te dicen que llevan a la “Gruta Azul”. En grupos de unas ocho a diez personas allá que vamos. Pero justo cuando estamos delante de la gruta, indican que el precio pagado no incluye verla por dentro: “Siamo davanti la grotta azurra, chi voglia entrare dovrà pagare un supplemento”. Y claro, después de esta travesía, todos –que creíamos que sí habíamos pagado por verla- terminando con aquello tan marinero de: “¡A sus órdenes mi capitán!”. Y es que… ¡A ver quién se resiste a averiguar qué esconde la isla tras este pequeñísimo recoveco justo cuando lo tienes delante! Pero una vez dentro, este contratiempo del incremento del precio, se olvida ipso facto.

Una maniobra gimnástica para entrar en la cueva

Para entrar, la cavidad (un pequeño agujero, vaya) por la que se accede es de apenas unos cincuenta centímetros de altura, que más o menos es el mismo francobordo del bote. Así que las instrucciones son: todos debemos meternos y encogernos cómo podamos dentro del bote. El capitán, con sus remos controlando la situación, nos dice que le dejemos un sitio amplio que lo necesitará para “sus maniobras”. Nos tiramos todos “al suelo” literalmente. La cueva tiene una cadena por la parte superior de la roca. El capitán se agarra a ella con sus manos, y va alternando una y otra, de forma que empuja con su peso el barco hacia dentro. Él se tira con nosotros al suelo del bote.

Y ya cuando entramos… ¡todo es grandiosidad! La luz que penetra por este agujero tan chiquitito invade todo, hasta cambia el color del agua. La sonoridad es también espectacular. Dan ganas de ponerse a cantar dentro de ella. Y de darse un baño. Pero yo fui en verano y había tal cola de botes esperando, que no pudimos zambullirnos dentro. En ocasiones, cuando sube un poco la marea, la entrada a la gruta desaparece por completo. Así que, tuve suerte dentro de lo que cabe.

Ya para la salida sabemos que tenemos que tirarnos de nuevo al suelo del bote y encogernos en posición fetal. Pero después de tanta belleza, esta pequeña incomodidad no nos importa tanto.

El corazón de Capri

Capri es bonita por fuera: está rodeada de arrecifes espectaculares; muchas terrazas de los bares están escondidas en lo que son tejados de las casas; los jardines son de esos que casi “cuelgan” sobre mar… Si así es por fuera, por dentro no defrauda. Sus cuevas merecen la pena, aunque después de salir tengamos que hacer un poquito de estiramiento.

Si el verano lo asociamos a un color, el azul en el interior de esta cueva es tal, que se debería añadir una nueva numeración en la carta de colores Pantone con la mención: “azul caprese”.

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Que corra el aire… ¡entre sombrillas!

 

Agosto está al caer. Y muchas playas a punto de ebullición. Me cuenta mi amiga Encarna, recién llegada a Ibiza, que está feliz. En el hotel ha conocido a una pareja de españoles que, además de hacerle de cicerones y enseñarle la isla, le han regalado la sombrilla que habían comprado porque se iban al día siguiente y ya no la necesitaban.

Peligros playeros

Y yo en estas fechas, siempre me pregunto: ¿Cuál es la distancia mínima que hay que respetar en una playa a la hora de poner la sombrilla? Este tema debería estar regulado por ley, por lo menos, orgánica.  Los chiringuitos sí tienen su reglamento sobre la distancia mínima entre uno y otro. Como ven, estamos ante un caso de laguna legal.

Además, cuando la densidad de sombrillas es tal que una choca con la otra, las posibilidades de que se pierda un niño o de que no encontremos el agua, van en aumento. Sí, sí, es un factor de peligrosidad muy elevado (tanto como la radiación solar, ¡no exagero!)

Yo he tenido que fijarme en los diseños de sombrillas como punto de referencia para, al salir del agua, poder encontrar de nuevo a mis seres queridos.

Conquistando trocitos de arena

Hay sociólogos, muy observadores, que han detectado las “prácticas” cotidianas (que todos hacemos) para marcar bien el espacio bajo este pequeño trozo de sombra: que si poner el protector en una esquina; la bolsa en la opuesta; el pareo estirado –además de la toalla-; la hamaca a un medio metro de la sombrilla, etc. y así vamos conquistando “nuestra” parcela de arena.  De momento, los juristas no han calificado estas prácticas como “abusivas”. Podemos pues, “estirar” de este modo sui generis los márgenes de la toalla y la sombrilla.

Hay otro truco que utilizan las familias en las que uno de sus miembros madruga por placer. El madrugador va a primera hora, pone la sombrilla (ni qué decir tiene que la primera fila está casi entera a su disposición) y ya de paso, compra churros y chocolate para el resto de la familia. ¡No me digan que no es un lujo tener a alguien así! 

Mantente a la “distancia de un brazo”

Los anglosajones (dato curioso, ellos que tienen menos playas que nosotros) se han puesto “manos a la obra” y sí tienen establecido un margen de distancia, aunque para otros fines.

Les cuento. Lo llaman: “At arm,s length”. Esta distancia, físicamente la marca el brazo bien estirado en posición horizontal (estiramiento corporal parecido al que hacemos cuando nos queremos hacer un selfie), pero jurídicamente –esta cláusula está en todos los contratos de turismo (cuando compramos un vuelo o reservamos un hotel), un poquito escondida eso sí- significa que por el hecho de firmar (cuando tecleamos en el “acepto”) este click no supone ningún vínculo de cercanía o relación de confianza. Se marca una clara distancia y todo rige en condiciones objetivas de mercado.

Digo yo que podríamos al menos trasladar este “de aquí no pases”, que viene a ser un metro más o menos, a la colocación de las sombrillas en la playa en agosto y, dejar “que corra el aire” entre sombrilla y sombrilla. Más que nada porque los que somos un poco cotillas, si el aire nos viene de cara, con la brisa (y un poco de atención por nuestra parte) terminamos sabiendo cómo hace la tortilla la señora de la sombrilla amarilla o si ligó la noche anterior la chica joven de la sombrilla de “cocacola”.

Lo que me pasó en Portugal

Una última cosa que no quiero yo que Vds. se vean en una situación complicada este verano, que ya les decía yo que en este tema playero hay un factor de “peligrosidad” elevado. Estaba un buen día en una playa portuguesa de esas “sombrilla con sombrilla” y, sorprendentemente vi… ¡una zona casi vacía! Ignorante yo, puse mi toalla justo en mitad de este “pequeño desierto de arena”. Y al rato… veía pasar pequeños meteoritos redondos sobre mi cabeza. En la retirada (¿qué otra cosa podía hacer ante el peligro de recibir el impacto de una de aquellas bolas?) vi que había un cartel que ponía: “zona de jogo”. ¡Aquella playa sí que estaba bien regulada!

Sí, lo sé, era fácil intuir que allí se jugaba a las palas, pero a una, los calores, el sol y el peso de la sombrilla, le afectan un poquito.

 

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