La Verdad

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Categoría: Viajes
La nueva hipoteca

 

El día “D” no es una vez al mes. En este gravamen moderno, el “coste” es un peaje casi a diario. Incluso lo es a la hora. Depende del grado de afección de cada uno con las nuevas tecnologías.

La cuenta de seguimiento con la que se vincula esta carga funciona como una “ventana indiscreta” con mucha corriente de tránsito de entradas y salidas. Es de doble hoja: en ella vemos lo que hacen los demás y mostramos lo que hacemos. Son los nuevos “abonos” y “adeudos” para actualizar el saldo.

Esta obligación, porque ya para muchos esto de estar pendiente de las redes sociales es toda una carga de tiempo, ingenio, etc., tiene su propia nomenclatura y algoritmos. Las variables son otras ecuaciones, también con varias incógnitas.

El boca a boca en la era digital

reflejosredNo se habla aquí del Euribor (¡con lo que nos costó entenderlo!). Les comentaré las últimas recién incorporadas que operan en el sector del turismo, para que “actualicen” el saldo de su hipoteca. El índice de referencia ahora es el denominado eWom (Electronic Word of Moutheffect). Es nuestro “boca a boca” de toda la vida, pero ha perdido cercanía y autoría. Está magnificado porque atendemos a comentarios de otros, sin saber cuánto de robot hay en sus palabras y cuánto de humanidad. El segundo índice referenciado es el OTRS (Online Travel Reviews). Tiene mucho impacto. Viene a ser como un saldo en descubierto cuando el comentario es negativo. Como la prima de riesgo cuando se ponía a 400

Esta nueva hipoteca lleva una cláusula adicional de la que no se separa: el Big Data. En los últimos años, las sociedades que más cotizan en el moderno IBEX digital son las empresas de información (Facebook, Google y todas sus vecinas). Tanto tiempo diciendo aquello de “tanto sabes, tanto vales” y por fin en la Era digital parece ha pasado de ser una hipótesis a convertirse en una sentencia firme.

Sí, soy una troglodita.

Nos creemos ya muy modernos con esto de las nuevas tecnologías, pero los más optimistas dicen que estamos aún en la Edad Media Digital. No quisiera yo confundirles porque también los hay un poco más pesimistas. Hace poco un experto en ciberdelincuencia de la Policía comentaba que todavía estamos en el Paleolítico de la Era Digital. Vaya, que me llamó troglodita directamente y mirándome a los ojos, de forma muy elegante, eso sí. Como ven el camino de esta nueva era se antoja largo. Ya les digo, como una hipoteca recién firmada en la que uno ve el día del vencimiento del último pago muy lejano en el tiempo.

Mira que si hemos caído, sin darnos cuenta, en aquel axioma que el sabio Einstein ya supo ver: “el mundo sólo tendrá una generación de idiotas. Temo el día en que la tecnología sobrepase nuestra humanidad”. Porque aunque nos duela reconocerlo, muchas decisiones ya las hemos dejado, sin casi ser conscientes de ello, en manos de los algoritmos.

Cambio abrazo por foto

einstein-a-solasredEsta nueva hipoteca está cambiando hasta nuestras costumbres. Les cuento una también vinculada al turismo. En las zonas de llegada de los aeropuertos, los familiares reciben a sus allegados a modo de paparazzis: primero al asalto de una foto con el móvil (para “pasarla a la hipoteca” y actualizarla rápidamente), y ya después, sí nos lanzamos a los abrazos y lágrimas. Yo, que soy de lágrima fácil, a veces me he visto llorando antes que los propios afectados. ¡Aeropuertos, qué lugares!

Les dejo que tengo que actualizar el saldo de mi hipoteca. Vds. ya me entienden.

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Canarias se derrite

 

Del sólido al líquido. Nada que ver con el cambio climático. No se alarmen por favor. Sí guarda relación con los buenos manjares. Iremos directos al paladar. Sabroso recorrido el nos espera.

A ciegas, así acudimos a la cata de vinos. Para evitar que por algún detalle de la etiqueta o cualquier otra señal lo más entendidos en estos temas enológicos pudieran adivinar de qué estaba hecho aquel vino que íbamos a probar, la botella está cubierta con papel aluminio. Ninguna transparencia pues. Ni siquiera podíamos ver el color del vino.

Ya Shakespeare andaba enamorado del vino canario

El escritor anticipó que el Malvasía era “un vino maravillosamente penetrante, que perfuma la sangre y agudiza el ingenio”. ¡Menuda bonita descripción! Ni los de marketing habrían sabido vender un vino con más atino.

Y claro, nosotros, rendidos ante esta eminencia literaria, ansiábamos probar el vino Malvasía. Pero los responsables de esta cata nos decían que no era el citado por Shakespeare. Literalmente dijeron: “Hay que innovar”. Y esta frase contenía una gran pista. Pero no la supimos entender. ¡Qué incautos!

canredviEso sí, lo intentamos. Entre unos y otros: que sí parece un tipo de uva tardía, que si se nota el matiz de tal o cual aroma… El caso es que no dimos en la tecla. Suspenso, pero de esos de cero redondo, porque el vino no contenía ni un grano de uva. Estaba hecho enterito de… ¡plátano! Cuánta sabrosura la de aquella fruta transformada en caldo.

Porque en Canarias el plátano… ¡se bebe! Caramba, qué bueno que está. Es sensacional. También hay vinagretas, mermeladas, licores, etc. todos hechos con plátano. Porque cuando uno se pone a innovar, todo es comenzar.

Qué pena que las nuevas leyes de la aviación sean tan estrictas con los líquidos. Este vino era de los que todos habríamos traído algunas botellas en la maleta con mucho gusto. Nunca mejor dicho lo de gusto.

Del estado gaseoso al líquido.

Además de este rico (perdón, me quedé corta: riquísimo) vino de plátano, en Canarias hay otro manjar también de esos ante los que uno sucumbe en cuestión de segundos. En este caso la transformación es casi milagrosa: se produce del estado gaseoso al líquido.

canaguaUn solo ingrediente: hecho con el agua de la niebla. La famosa “lluvia horizontal” y el “mar de nubes” los han sabido convertir en agua embotellada, “nacida gota a gota en las nubes de uno de los cielos más limpios del planeta”. Así se lee en su etiqueta. A mí me recuerda un poco aquella bonita cita shakesperiana del Malvasía.

También suena muy poético decir aquello de: “Camarero, por favor, me pone un poquito de agua de lluvia”. Qué llueva, qué llueva y que caiga un chaparrón, digo un botellón.

Les contaré que tengo una poderosa razón para volver a Canarias: tenía una cita con el embotellador para ver in situ todo el proceso de la condensación desde los árboles, hasta cómo culmina y queda recogida en el interior de la botella, pero por aquello de no perder el avión de regreso, mi cata, que empezó con el vino de plátano, siguió con las papas arrugas, barranquillos, mojos, gofio, calderetas… vaya que no di abasto con todo.

Y es que en Canarias, el paraíso va directo al paladar.

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Mamá Siri

 

Ya hay estudios sociológicos que definen cómo es el lector –y su amigo íntimo: el escritor- del siglo XXI. Les anticipo que aquel ratón de biblioteca ha cambiado mucho. Y, cuando se trata de asuntos de viajes, parece que existe una nueva vara de medir los tiempos.

La pereza, que se nos ha colado en nuestros hábitos de lectura

Antes, la descripción de sitios bonitos y destacados, se resumía en un “Top Ten”. Diez lugares que debíamos tachar de la lista en todo destino. Si lo conseguíamos, pleno al quince. Perdón, al diez. Hoy, el tamaño se ha encogido. Y bastante. Ahora se habla del “Top Five”. Aquel ir y venir, corriendo de aquí para allá para ver diez monumentos, ya sólo pensarlo, da fatiga. Con cinco, nos damos por contentos. Y pare Vd. de contar. Vaya que sí, que somos perezosos.

La premura, un poco peligrosa

Somos también inquietos. Si vamos a leer algún documento en una web y tarda unos segundos más de la cuenta en descargarse, declinamos ipso facto la lectura. No hay una segunda oportunidad. Es un tiempo ya reglamentario. Es como los segundos que hay que sostener la mirada del otro. ¿Qué pasa cuando se mantiene más allá del tiempo socialmente aceptado? De rebasar este límite, ya significa otra cosa.

Me lo explicaba un experto con un símil amoroso. Se ve que me vio una lectora algo lenta para los nuevos ritmos del siglo XXI. Me retaba: ¿Cuánto tiempo máximo debe transcurrir cuando decimos –o nos dicen- ‘te quiero’? Si uno tarda en responder más de lo debido, ahí comienza el problema. Y grande. Pero, para más inri, como somos perezosos ahora ya sólo escribiremos: “TQ”. Y lo dicho, como también somos inquietos, hay que darse prisa en responder. ¡Qué estrés!

Biblioteca Salvador García Aguilar (Molina de Segura. Murcia)

Biblioteca Salvador García Aguilar (Molina de Segura. Murcia)

Teoría del primer enlace

Estamos sometidos ya –como lectores- a teoremas que nos radiografían casi sin margen de error. Uno de ellos es el denominado “axioma del primer enlace”. Sería como el primer amor (siguiendo con el símil amoroso). Lo bonito de un texto on line es que se abre como un árbol con mil ramas que podemos “escalar” por una u otra y saltar a otro, con solo activar un enlace. Toda una jungla literaria a golpe de clic. Pero, tanta frondosidad, no nos va mucho. Parece que cuando estamos leyendo, un enlace sí, pero ya dos, es un exceso. Que no es cuestión de perderse mucho.

Y sí, aunque en el colegio sufriéramos con ellas, nos gustan las matemáticas. 

"Romo matemático" (La Laguna. Tenerife)

“Rombo matemático” (La Laguna. Tenerife)

Si en un anuncio de un viaje, tras la descripción, aparece el precio, es muy fácil que se nos pueda torcer la comisura, porque lo veremos elevado. Pero si en lugar de estar mencionado el precio en una cifra en euros, se esconde tras un porcentaje (“15% de descuento para el tercer viajero…”) entonces ya, sin podernos controlar, la sonrisa aparece en nuestro rostro. Cual inocentes matemáticos pensamos: “¡Qué bien, encontré una oferta!”.

Mi mamá me mima

Y en este nuevo perfil del lector moderno resulta que pese a todo, seguimos siendo niños. Cuando estamos en un apuro y acudimos a la salvadora Siri, lo hacemos como si tuviéramos ocho años y le estuviéramos preguntado a nuestra madre: “¿Dónde está la autovía?”; “¿Dónde puedo comer?”. Yo conozco el caso de una chica que tiene tan buena relación con su “mamá-Siri” que cuando le dice: “Siri, estoy aburrida, cuéntame un chiste”, su “progenitora”… es lo de más graciosa. ¡Menudo repertorio!

Pues aunque seamos perezosos, inquietos, amantes de las matemáticas y un poco pueriles, a pesar de esta nueva radiografía sui generis, las vacaciones están a punto de comenzar. ¡A por ellas!

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Los tiene bien puestos, los pilares

 

En una ocasión acudieron desde Corea del Sur unos ingenieros de caminos con el solo propósito de estudiar in situ el uso inteligente del espacio que se hace en Andorra. Donde, no ya el metro cuadrado, el milímetro también cuenta.

Y es que este pequeño país se hace grande cuando de ingeniería se trata. Vaya que ha sabido transformar en arte la famosa máxima: “En arquitectura todo lo que no es metro es holgura”. Se pueden ver rotondas “voladoras”, totalmente construidas “en el aire”, sin estatuas que despisten en el centro. También edificios que sobresalen de las pendientes de las montañas. Por ejemplo el Centro de Congresos. Tan bien construido, que uno cree que está sobre tierra firme. Yo tardé varios días en darme cuenta.

O, la Oficina de Turismo que está en un puente voladizo sobre el río. Su emplazamiento es singular donde los haya. Yo les preguntaba a las chicas si no temían ver cómo el cauce venía hacía ellas con tanta velocidad. Casi se podía sentir el agua sobre sus pies. Pero ellas no estaban tan preocupadas como yo. Será que al ser una de secano… 

Con los cimientos “al aire”

Hay un detalle muy curioso de estas reglas de la arquitectura andorrana. Les cuento. Algunos inmuebles no se cortan, nada de timidez, dejan ver todos sus “cimientos”. Y… ¡qué bien armados están! Roca viva en la planta baja.

Lo mejor de este paseo es que constituye toda una “clase” de arquitectura. Siguiendo la avenida principal (la calle de las tiendas como la llamamos los turistas), a pie de acera, hay colocadas en las fachadas unas placas, perdón debí decir “chuletas” -que seguimos en clase- que explican el material que se utilizó; cómo se llevó desde la montaña al valle, etc. El granito es el que domina la mayoría de las viviendas y casones del paseo.

Transparencias cristalinas

Pero Andorra también se ve “tras el cristal”. Uno de los edificios que más llama la atención es el alzado del balneario Caldea. Su singular skyline emerge entre dos montañas y, entre el verde o el blanco, según lo veamos en temporada de nieve o no, no pasa desapercibido.

Al final del recorrido nos tenemos que quitar el sombrero. Porque Andorra está situada en un antiguo valle glaciar, esto es, muy estrecho. Con lo que el desafío que ya de por sí lo era, aún es mayor si cabe. Y nosotros, los turistas, que pensábamos que es el paraíso de las compras. Y lo que nos encontramos es… ¡la maravilla de la arquitectura y la ingeniería juntas! 

En arquitectura los retos siempre atrapan.

Tengo que reconocer que soy de las que admira la labor de los ingenieros y más aún cuando hay un desafío de la naturaleza por medio. Pero, contradicciones tiene la vida, fueron ellos, los ingenieros coreanos, quienes en aquella visita se quedaron paralizados cuando fueron a comer y vieron los platos con pan tostado, tomates partidos y ajos. Miraban este manjar y no sabían qué hacer. ¿Cómo se puede paralizar uno ante una sencilla acción de restregar el tomate? Me contaba la guía que estaba con ellos que les explicó a los coreanos cómo hacerlo y… ¡quedaron entusiasmados del aprendizaje!

Regresaron pues, con la lección bien aprendida. Y no sólo me refiero a la arquitectura que vieron. Sino al modus operandi de restregar el ajo y el tomate. Y es que este manjar tan típico de la zona, como la arquitectura, también atrapa a todo visitante. Los coreanos no se libraron de esta “trampa” gastronómica.

Y es que pasear por Andorra es toda una clase magistral (masterclass se dice ahora) de arquitectura. Bueno sí, el placer de ir de compras también tiene su puntito de gracia. No sé yo si también sucumbieron a él los ingenieros coreanos.

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“Gracias”, una palabra de largo recorrido

 

.- ¿Qué vas a ir a Egipto en agosto? ¿Con el calor que hace? Entre asombro y alarma, era lo que todos me preguntaban cuando les decía que iba a la boda de mi amiga Nagwa.

Después de entrar en todos los pasadizos de las pirámides; de bucear en el Mar Rojo; de aprender a regatear con verdadero nivel… tocaba regresar. Tenía que coger un primer vuelo doméstico Sharm El-Sheikh-El Cairo que aterrizaba en un pequeño aeródromo egipcio. Y después, ir en coche al aeropuerto internacional para tomar ya el avión de regreso a España.

.- “Nada más aterrizar del primer vuelo, estará esperándote un señor con una pizarra con tu apellido. Te llevará en coche hasta el aeropuerto internacional”.  Me indicaron en la agencia de viajes cuando contraté este traslado.

Aterricé y había varios chicos con pizarras con apellidos escritos con tiza. En ninguna estaba escrito el mío.

Esperé y, poco a poco este pequeño aeropuerto iba perdiendo su trasiego: algunas luces se apagaban, las tiendas bajaban sus persianas… Sólo quedaba un chico con una pizarra en la que estaba escrito a mano otro apellido.

Me dijo que sí conocía la agencia pero que no había visto a ninguno de sus empleados esa noche por allí. También me comentó que en unos minutos este aeropuerto se cerraría: el vuelo que yo había tomado era el último de ese día.

Se ofreció a llevarme en su coche al aeropuerto internacional. Su cliente probablemente habría perdido el vuelo ya que no aparecía. El dilema era esperar en un aeropuerto casi vacío ya o, irme con aquel desconocido.

Acepté su ofrecimiento. Al despedirnos en el aeropuerto internacional me dio su tarjeta: “Por si tienes algún problema”; Insistía: “Estaré encantado de poder ayudarte de nuevo”.

Unos minutos después, cuando me encontraba en el mostrador de facturación llegó corriendo un señor mayor. Esa noche había un partido de fútbol de esos importantes en El Cairo que había colapsado (aún más si cabe) el tráfico. “Yo no entiendo mucho de fútbol”, se excusaba de corazón. Me quedé un rato largo hablando con él. “Con el dinero que gano por los traslados y los ahorros que mi mujer y yo tenemos, podemos pagar la universidad a nuestros hijos”.

Él no me lo dijo pero después de nuestra conversación intuí que si me quejaba a la agencia por su retraso, lo despedirían ipso facto. Otro dilema más. Por supuesto, puse la cruz en “servicio excelente” cuando me enviaron el formulario de satisfacción.

Llegué ya amaneciendo a España. Ordenando los papeles vi la tarjeta de visita del chico joven que me había ayudado casi como un ángel caído del cielo en el traslado al aeropuerto internacional y con las prisas y líos de maletas no recordaba si le había dado las gracias. Ante la duda, le envié un mensaje. Recibí otro de respuesta: “Este es el mensaje más bonito que jamás he visto en mi vida al despertar”.

Y es que la palabra <> en todos los idiomas en los que pronuncie, siempre provoca efectos mágicos. El último párrafo quería dedicárselo a Vds., lectores, y darles las gracias por “recorrer tantos kilómetros de lectura” en estas crónicas.

Y ya, el próximo “destino juntos” lo será en 2107. ¡Feliz Navidad!

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Del Caribe al Mar Menor

 

Vienen desde Puerto Rico. Van a recorrer España casi entera. Empezarán por San Sebastián; Luego parada en Segovia, Toledo… Su último destino es Murcia. Y lo que más ilusión les hace de todo este recorrido es darse un baño en el Mar Menor.

Hace unos meses:

Puerto Rico: Entrada al Caribe

Estábamos merendando en una chocolatería del viejo San Juan.  Mis amigas puertorriqueñas me decían que era casi un pecado mortal regresar a España sin haber ido a la parte caribeña de la isla. No paraban de enseñarme fotografías. En una, las tres dentro del agua transparente, flotando en unos sillones-colchoneta, con sus piñas coladas y sus sombreros panamás.

Una de ellas dirige un pequeño hotel de esos con encanto a pie de arena finísima caribeña y justo enfrente tiene islas desiertas para elegir. Me insistía en que me podía alojar sin coste alguno y hasta me dejaba la canoa para ir al cayo que yo quisiera. “Todos están desiertos”, añadía. Con la ilusión que a mí me hace aquello tan aventurero de ir a una isla desierta…

En fin que viendo las fotos, andaba yo con la pena metida en el cuerpo porque el avión regresaba al día siguiente y me iba a perder todas aquellas maravillas.

Otra amiga se incorporó más tarde a la merienda y preguntó dónde estaba Murcia. Fue oír mi ciudad, vaya que sin querer (bueno queriendo un poco también) me crecí. Todo empezó casi sin darme cuenta, como si fuera un desafío: “Sí, sí vosotras tenéis el Caribe, pero yo tengo el Mar Menor”.

Déjenme que me explique. Que la pena que yo sentía porque no iba a conocer el Caribe puertorriqueño, se transformó ipso facto en orgullo patrio. Vaya que me inflé y empecé a contarles las maravillas del Mar Menor. Que si la bondad de los lodos; los baños casi de sal; los paseos de varias millas adentro sin que te cubra; las historias de los balnearios…

Según iba contándoles, todas: boquiabiertas. Tanto que rápidamente cogieron sus móviles (yo estaba sin datos) para buscar fotos de este mar del que jamás habían oído hablar. Y el fondo documental gráfico de Google fue mi aliado: mostró vistas aéreas, playas de arena fina… Ahora todas: ojipláticas.

Dentro de unos meses:

Mar Menor: con un toque muy caribeño

Todas (sí, sin proponérmelo logré unanimidad) vienen a Murcia. Tienen mucho interés por este “mar chiquitito” o “lago salado”. Así lo llaman. Se ve que del impacto al ver las fotográficas olvidaron el nombre. Y según me cuentan, ya tienen el bikini en la maleta.

Aún no les he dicho que el Mar Menor está últimamente “enfermo”. Dragados por una zona; vertidos por otra… En fin el sumario judicial está formado las piezas de este puzle de destrozos y nos aclarará qué hicimos mal. El caso es que cambiamos la arena por licencias de obra y cédulas de habitabilidad; matamos a los caballitos y enturbiamos el agua. Este paraíso está latiendo y pide ayuda a gritos.

La última vez (no hace tanto) llevé a un grupo de japoneses al Mar Menor y se hicieron fotos con sus pies dentro del agua rodeados de miles de peces haciéndoles cosquillas en los dedos. A ver cómo salgo yo de ésta. Tal vez un buen caldero sea esta vez el único consuelo para mitigar la desilusión. Y yo habré incumplido “el baño en el verdadero paraíso” como les prometí bajo los efectos (sé que no es excusa) de un chocolate con coco.

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Sobre el autor Inma

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