La Verdad

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Categoría: Gastronomía
Canarias se derrite

 

Del sólido al líquido. Nada que ver con el cambio climático. No se alarmen por favor. Sí guarda relación con los buenos manjares. Iremos directos al paladar. Sabroso recorrido el nos espera.

A ciegas, así acudimos a la cata de vinos. Para evitar que por algún detalle de la etiqueta o cualquier otra señal lo más entendidos en estos temas enológicos pudieran adivinar de qué estaba hecho aquel vino que íbamos a probar, la botella está cubierta con papel aluminio. Ninguna transparencia pues. Ni siquiera podíamos ver el color del vino.

Ya Shakespeare andaba enamorado del vino canario

El escritor anticipó que el Malvasía era “un vino maravillosamente penetrante, que perfuma la sangre y agudiza el ingenio”. ¡Menuda bonita descripción! Ni los de marketing habrían sabido vender un vino con más atino.

Y claro, nosotros, rendidos ante esta eminencia literaria, ansiábamos probar el vino Malvasía. Pero los responsables de esta cata nos decían que no era el citado por Shakespeare. Literalmente dijeron: “Hay que innovar”. Y esta frase contenía una gran pista. Pero no la supimos entender. ¡Qué incautos!

canredviEso sí, lo intentamos. Entre unos y otros: que sí parece un tipo de uva tardía, que si se nota el matiz de tal o cual aroma… El caso es que no dimos en la tecla. Suspenso, pero de esos de cero redondo, porque el vino no contenía ni un grano de uva. Estaba hecho enterito de… ¡plátano! Cuánta sabrosura la de aquella fruta transformada en caldo.

Porque en Canarias el plátano… ¡se bebe! Caramba, qué bueno que está. Es sensacional. También hay vinagretas, mermeladas, licores, etc. todos hechos con plátano. Porque cuando uno se pone a innovar, todo es comenzar.

Qué pena que las nuevas leyes de la aviación sean tan estrictas con los líquidos. Este vino era de los que todos habríamos traído algunas botellas en la maleta con mucho gusto. Nunca mejor dicho lo de gusto.

Del estado gaseoso al líquido.

Además de este rico (perdón, me quedé corta: riquísimo) vino de plátano, en Canarias hay otro manjar también de esos ante los que uno sucumbe en cuestión de segundos. En este caso la transformación es casi milagrosa: se produce del estado gaseoso al líquido.

canaguaUn solo ingrediente: hecho con el agua de la niebla. La famosa “lluvia horizontal” y el “mar de nubes” los han sabido convertir en agua embotellada, “nacida gota a gota en las nubes de uno de los cielos más limpios del planeta”. Así se lee en su etiqueta. A mí me recuerda un poco aquella bonita cita shakesperiana del Malvasía.

También suena muy poético decir aquello de: “Camarero, por favor, me pone un poquito de agua de lluvia”. Qué llueva, qué llueva y que caiga un chaparrón, digo un botellón.

Les contaré que tengo una poderosa razón para volver a Canarias: tenía una cita con el embotellador para ver in situ todo el proceso de la condensación desde los árboles, hasta cómo culmina y queda recogida en el interior de la botella, pero por aquello de no perder el avión de regreso, mi cata, que empezó con el vino de plátano, siguió con las papas arrugas, barranquillos, mojos, gofio, calderetas… vaya que no di abasto con todo.

Y es que en Canarias, el paraíso va directo al paladar.

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Con un par de… líneas

 

De la recta a la curva, así se puede descubrir por primera vez una ciudad.  Si estuviera en la costa, la primera línea de playa siempre cotiza al alza. Esta pole position la mantenemos pero… ¡junto al río! Y puestos a pedir, que sea el más caudaloso. Sí, adivinaron bien, recorreremos Zaragoza con dos líneas no más.

En la ribera del Ebro, encontramos lo que ya se conoce como “las siete maravillas zaragozanas”. Siete enclaves con un dato común: todos en línea recta.

Lo mejor es que resulta imposible perderse. Y en esta rectitud aparecen ordenadamente “estos siete magníficos” edificios y lugares llenos de historia. Comenzamos por la subida al Torreón de la Zuda (en la planta baja está una de las oficinas de turismo). Son cuatro plantas nada más. Desde esta altura, al hacerla en primer lugar, podemos dar un giro de 360 grados a vista de pájaro. Al descender, nos encontramos con los restos de las murallas romanas.  

zgzred3Tan sólo un paso más –en este trazado lineal- y encontramos con la Iglesia de San Juan de los Panetes que tiene su “pequeña torre de Pisa” por aquello de una pequeña inclinación que sí se aprecia. Y junto a ella, uno de los “pilares” –nunca mejor dicho- de Zaragoza: La Catedral-Basílica de Nuestra Señora del Pilar. Está repleta de sitios para detenerse. En su interior, dos paradas: la piedra sagrada y las bombas (y como no, mirar a la cúpula porque aún se puede ver el agujero que dejó una de ellas al caer. El otro lo han tapado). La plaza exterior es toda una evocación al mundo entero, representado en la Fuente de la Hispanidad.

El edifico colindante es una de las sedes del Ayuntamiento y junto a él, la Lonja. Anímense a entrar porque el inmueble se transforma en un “bosque de columnas”. Normalmente está destinado a la sala de exposiciones. Yo aún recuerdo la que vi sobre los hitos de la Revolución Francesa. La “libertad” era una peluca en movimiento por los efectos de un gran ventilador.

El sexto lugar en este paseo lineal es la Seo (el otro “pilar”). En el exterior, no se pierdan una de sus fachadas (algo escondida), contiene una bellísima muestra del arte mudéjar que parece un gran puzle de ladrillo con todas sus piezas perfectamente encajadas. El museo del Foro cierra este recorrido. Si pueden, pasen también por la noche: al verlo iluminado, parece una gran chimenea encendida (sin humo obviamente).

Un sabio dijo aquello de que la línea recta siempre acortaba las distancias; Otro apuntó que las curvas traían belleza. Por aquello de unir las dos teorías en este paseo zaragozano, les cuento un pequeño truco. Si antes “paseábamos por la ribera” del Ebro, ahora nos perdemos por sus “meandros”, esto es, todas las callejuelas estrechas retorcidas del barrio del “Tubo” donde ya sí, su trazado olvida la rectitud ribereña y la vida es casi un torbellino. Se llega a él en un paseo de unos cinco a diez minutos nada más.

zgzred2Les aviso que conduce al despiste; Incluso a quien tenga el sentido de la orientación altamente desarrollado. Más que nada porque es de esos barrios tan llenos de gratas y ricas sorpresas (léase: bares y tabernas), vaya que sí, que hasta puede dar gusto perderse en él. Yo que me despisto siempre tras la primera curva (digo, caña), les confieso que me costó lo suyo salir de este barrio. Es casi una espiral que te va envolviendo vino va, tapa viene.

Bueno también tardé un buen rato en recorrer aquella primera línea recta ribereña. Y eso que el recorrido era sólo dos líneas no más.

Si vamos con más tiempo, entonces podemos seguir con la línea diagonal. Nos lleva al Palacio de la Aljafería que está envuelto en su propio cuadrilátero. Porque Zaragoza, en cuestión de líneas, es muy “completica”, las tiene todas.

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Los tiene bien puestos, los pilares

 

En una ocasión acudieron desde Corea del Sur unos ingenieros de caminos con el solo propósito de estudiar in situ el uso inteligente del espacio que se hace en Andorra. Donde, no ya el metro cuadrado, el milímetro también cuenta.

Y es que este pequeño país se hace grande cuando de ingeniería se trata. Vaya que ha sabido transformar en arte la famosa máxima: “En arquitectura todo lo que no es metro es holgura”. Se pueden ver rotondas “voladoras”, totalmente construidas “en el aire”, sin estatuas que despisten en el centro. También edificios que sobresalen de las pendientes de las montañas. Por ejemplo el Centro de Congresos. Tan bien construido, que uno cree que está sobre tierra firme. Yo tardé varios días en darme cuenta.

O, la Oficina de Turismo que está en un puente voladizo sobre el río. Su emplazamiento es singular donde los haya. Yo les preguntaba a las chicas si no temían ver cómo el cauce venía hacía ellas con tanta velocidad. Casi se podía sentir el agua sobre sus pies. Pero ellas no estaban tan preocupadas como yo. Será que al ser una de secano… 

Con los cimientos “al aire”

Hay un detalle muy curioso de estas reglas de la arquitectura andorrana. Les cuento. Algunos inmuebles no se cortan, nada de timidez, dejan ver todos sus “cimientos”. Y… ¡qué bien armados están! Roca viva en la planta baja.

Lo mejor de este paseo es que constituye toda una “clase” de arquitectura. Siguiendo la avenida principal (la calle de las tiendas como la llamamos los turistas), a pie de acera, hay colocadas en las fachadas unas placas, perdón debí decir “chuletas” -que seguimos en clase- que explican el material que se utilizó; cómo se llevó desde la montaña al valle, etc. El granito es el que domina la mayoría de las viviendas y casones del paseo.

Transparencias cristalinas

Pero Andorra también se ve “tras el cristal”. Uno de los edificios que más llama la atención es el alzado del balneario Caldea. Su singular skyline emerge entre dos montañas y, entre el verde o el blanco, según lo veamos en temporada de nieve o no, no pasa desapercibido.

Al final del recorrido nos tenemos que quitar el sombrero. Porque Andorra está situada en un antiguo valle glaciar, esto es, muy estrecho. Con lo que el desafío que ya de por sí lo era, aún es mayor si cabe. Y nosotros, los turistas, que pensábamos que es el paraíso de las compras. Y lo que nos encontramos es… ¡la maravilla de la arquitectura y la ingeniería juntas! 

En arquitectura los retos siempre atrapan.

Tengo que reconocer que soy de las que admira la labor de los ingenieros y más aún cuando hay un desafío de la naturaleza por medio. Pero, contradicciones tiene la vida, fueron ellos, los ingenieros coreanos, quienes en aquella visita se quedaron paralizados cuando fueron a comer y vieron los platos con pan tostado, tomates partidos y ajos. Miraban este manjar y no sabían qué hacer. ¿Cómo se puede paralizar uno ante una sencilla acción de restregar el tomate? Me contaba la guía que estaba con ellos que les explicó a los coreanos cómo hacerlo y… ¡quedaron entusiasmados del aprendizaje!

Regresaron pues, con la lección bien aprendida. Y no sólo me refiero a la arquitectura que vieron. Sino al modus operandi de restregar el ajo y el tomate. Y es que este manjar tan típico de la zona, como la arquitectura, también atrapa a todo visitante. Los coreanos no se libraron de esta “trampa” gastronómica.

Y es que pasear por Andorra es toda una clase magistral (masterclass se dice ahora) de arquitectura. Bueno sí, el placer de ir de compras también tiene su puntito de gracia. No sé yo si también sucumbieron a él los ingenieros coreanos.

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Mi panadero en la BBC

 

Situaciones que para nosotros son cotidianas y a las que casi ni les prestamos atención, cuando vienen turistas a España y las descubren por primera vez, la cosa cambia por completo.

Les cuento lo que me ocurrió hace unas semanas. Tenía una familia de amigos egipcios alojados en mi casa. Entre el grupo de invitados se encontraba una periodista de la BBC.

Cuando desayunábamos todos juntos preguntaba sorprendida cómo siendo tan temprano, nos había dado tiempo a comprar esas delicias. Le decíamos, medio en broma, que era el pan el que casi venía solo a casa todos los días. Luego ya le explicamos que la camioneta del panadero pasaba por la puerta y, al sonido del pito, hacíamos acto de presencia.

Se quedaron todos sorprendidos al ver este negocio en el que “el pan fresco viene a tu casa”. Tanto, que hasta hicieron fotografías a la furgoneta y le preguntaron al panadero si quería posar porque este camión/confitería era digno de aparecer en un reportaje en la BBC. Él, orgulloso, estiró pecho y posó rodeado de magdalenas y ensaimadas.

Mis invitados se integraron tanto que al final era el niño pequeño el primero en escuchar el pito del panadero cuando estaba aún a unas cuantas manzanas de distancia.

Qué pena que no hubiera pasado esos días el afilador en su bicicleta con su grito tan peculiar, pues no se habría librado de aparecer también en la BBC junto al panadero.

Y es que el mundo está lleno de curiosidades vinculadas a los camiones viajeros. Me cuentan otros amigos españoles que están trabajando en Alemania que en Navidades ellos han vuelto a creer en los Reyes Magos. Eso sí, cambiaron los camellos por un modelo tracción a las cuatro ruedas.

Su “majestad rodada” avisa, no con el pito como mi panadero, sino por whatsApp del día exacto de la llegada. Es pisar el freno, apagar el motor, y todos los españoles que están trabajando en la zona ipso facto le rodean.

Me dicen que cuando el camionero abre la puerta trasera, les cambia la cara a todos: como si fuera la sección de juguetes de un gran centro comercial en plena campaña navideña, con estos mismos ojos de felicidad ven todas las estanterías repletas de manjares navideños: que si un jamón serrano por aquí, unos turrones por allá.

Les dejo la fotografía de este “pesebre” para que vean lo bien organizado que está este supermercado navideño sobre ruedas. Ah, y no se pierdan el detalle de la degustación de mazapanes que tiene preparada. Buenos trucos de marketing que nunca falten.

Cuánta razón tenía Loquillo cuando cantaba: “Yo para ser feliz quiero un camión”.

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El “caso Vueling” y un bocadillo de jamón

 

Y llegó la revolución del mundo aeronáutico. Hace unos años lo notamos en tres hitos:  se abrió a la libre competencia con nuevos operadores que entraron en el mercado; fusiones de empresas (nuestra querida Iberia entre ellas) y surgieron las low-cost. ¡Bienvenidas al espacio aéreo!

“Se pasó de un transporte caro y elitista, a otro barato y de masas”, así resumen muchos expertos este cambio legal.

Puerta de Embarque especial para familias

Pero, había un límite en esta liberalización: No podía serlo en detrimento del consumidor. Había que protegerlo. Y de ahí, la normativa que tenemos de “derechos de los pasajeros”.

Hay un listado de incumplimientos frecuentes por parte de las aerolíneas (como son la denegación del embarque, el famoso overbooking, los grandes retrasos, etc). Algunos supuestos ya tienen hasta su nombre propio: Caso Melendi; Casi Kate Moss, etc.

Hoy les cuento el ya conocido como “caso Vueling”. Yo lo he sufrido en primera persona.  Concretamente el “derecho de asistencia o atención”. Anunciaron debidamente el retraso (sí cumplieron con el derecho de información). Viajaba en el mismo vuelo el equipo femenino senior de tenis de mesa de Corea. Todas las deportistas, nada más enterarse del retraso, se pusieron a hacer ejercicios de estiramientos utilizando los asientos de la puerta de embarque. Los restantes pasajeros nos dirigimos como cosacos al bar; Era la hora de la cena y allá que nos marchamos, abandonando este “gimnasio improvisado”.

La ley dice literalmente que, en estos casos de grandes retrasos, “la aerolínea debe ofrecer comida y refrescos suficientes de manera gratuita”. Normalmente se entregan vales canjeables en los restaurantes del propio aeropuerto.  Yo los he recibido en otras ocasiones por parte de Vueling. Pero no fue así en esta última ocasión.

Edificio cual torre de control. Universidad de Alicante

El precepto es un poco ambiguo. Dice que este ofrecimiento de comida y bebida ha de serlo de forma “suficiente”. Así que, si hay un gran retraso y no nos dan los tickets (que sería lo suyo), tendremos que ir al bar y, aquí entra en juego el mundo apasionante de los “conceptos jurídicos indeterminados”.

Si yo me pedí una cerveza y un bocadillo de jamón, ¿Me pasé, abusé de mi derecho? ¿Habría sido “suficiente” con un botellín de agua y un montadito de chorizo? Ando inmersa en un gran dilema: si me niegan la convalidación de mis tickets del bar (que tengo bien guardados), entonces: ¿acabará mi caso en los tribunales y será un juez quién decida qué es una cena “suficiente”? La queja, mientras tanto, sigue su curso camino del juzgado.

Casi a pie de pista

Pero no todo son desgracias. En otra ocasión, como consecuencia del overbooking sufrí un cambio de clase. Y hete aquí que me ubicaron en primera. De turista a primera, eso sí que no me supuso ningún contratiempo. El Sr. venezolano enchaquetado que había en el sillón (que no asiento) de al lado, al verme venir tan contenta (yo creo que tuvo que notar mi falta de experiencia en estos grandes y desconocidos espacios del avión), me dijo que la palabra “no” no existía en primera clase. Así que cuando la azafata nos preguntaba: “¿Les gustaría tomar…?”, antes de que terminara la frase, ya tenía nuestra respuesta afirmativa. Casi contestábamos a la vez, pues hasta nos hicimos grandes amigos. Y es que yo, ante un buen consejo, sucumbo con facilidad.

Bueno, quiero que sepan que si al final me validan mis tickets del bar y un juez me dice que mi cena sí fue “suficiente” y me reconocen el derecho a la compensación económica, quedan invitados a un bocadillo de jamón pero, esta vez, de pata negra. Que, desde que viajé en primera clase, le he cogido el gustillo a los pequeños placeres culinarios. Y no acepto un “no” como respuesta.

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Del souvenir al selfie

 

El día que D. Quijote y la folclórica se encontraron en el trastero.

Aquella estatua de metal de D. Quijote con Sancho Panza que había en todas las casas hace décadas, es ya cosa del pasado remoto. ¡Qué sabia operación de marketing turístico la venta de estas figuras! Pues a ver quién arroja la piedra de no haberla tenido en la suya (o visto en la casa de familiares en línea recta ascendente de primer grado. Vaya, en la casa paterna sin ir muy lejos). Y ya, puestos a sincerarnos, hay que entonar el mea culpa casero de la posterior fase del toro y la folclórica sobre la televisión, hasta que la pantalla plana los trasladó a los trasteros y allí, cosas de la vida, se unieron con D. Quijote.

El torero y la folclórica, ¡qué gran pareja!

Toca  ponerse al día. Clase de lengua actualizada: El verbo “contemplar” ahora se conjuga: Yo contemplo. Tú contemplas. El contempla que yo estoy contemplando.

Las tiendas de souvenirs: casi museos.

Los estudios de macroeconomía están “fotografiando” el rol del nuevo turista. Les cuento una de sus aportaciones, para ver si Vds. se ven “reflejados” en esta evolución del viajero del souvenir al viajero del selfie.

Los datos se basan en las cuantiosas pérdidas económicas que están sufriendo las tiendas de souvenirs, que ahora se visitan con un poco de nostalgia. Se entra en ellas casi como si se acudiera a museo de historia antigua –casi, digo-, para admirar qué cosas se compraban hace unos años.

Es la nueva invasión.

No se trata de una moda pasajera. Es una tendencia ya consolidada, que queda acreditada en una foto, al estilo de: “¡Eh, miren, yo estoy aquí!”, que además de probar, tiene el plus de la actualidad. ¡Toda una prueba judicial de alto rango!

Las expectativas que genera un viaje de pasarlo bien, descubrir, conocer… y, como no, “contemplar” que ahora ya sabemos conjugar correctamente, ya no son sólo comerse una rica paella, sino “poder compartirla en el momento”. Y no me refiero a repartir las raciones entre los comensales con el cucharón.  Si no se puede “compartir” en las redes sociales, el viajero no estará satisfecho. Y el viaje quedará frustrado, por muy bueno que pueda estar el arroz.

Wifi en plena Naturaleza

Hace poco estuve en una excursión en plena naturaleza. Iba con expertos en nuevas tecnologías. Yo, a su lado, era un poquito prehistórica (no digo gótica para no confundirles) pues sólo usaba dos redes sociales.

Era uno de esos días en los que la lluvia había hecho de las suyas durante la noche y estaba todo reluciente por la mañana temprano: hojas con el reflejo de las gotas; el ruido de la brisa pasando por los abetos… ¡Imagínense la delicia del paseo! El caso es que la guía llevaba casi adherida a su cuerpo una pequeña máquina de wifi portátil que daba cobertura a trece puestos móviles (no nos podíamos separar mucho de ella) para que todos pudiéramos “compartir” a tiempo real en las redes sociales aquella belleza de la madre naturaleza que “contemplábamos”.

El paseo fue bonito y debo confesarles que yo también fui generosa. Vaya, entiendanme, que “compartí” algunas instantáneas. Y es que… ¡lleven cuidado que es fácil caer en las redes!

¿Dónde voy?

Incluso ahora, cuando se investiga sobre los motivos por los que los viajeros acuden a uno u otro destino, muchos se deciden (nos decidimos, que estábamos con el mea culpa) por las fotos que otros subieron a las redes sociales. ¡El germen del viaje es ahora en muchos casos una fotografía que “contemplamos”! Es más, ahora todos los turoperadores juegan con esta variable a la hora de potenciar un destino turístico. Los expertos también lo saben.

Y pensar que hasta hace poco nos asombraba el ritmo japonés de hacer más de cien fotos por minuto… Hoy, como no podía ser menos, toca terminar el viaje con aquella famosa palabra que usamos los españoles (alargando la vocal de las tres sílabas) y que tan unida está al mundo fotográfico: “pa-ta-ta”.

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