La Verdad

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Categoría: Gastronomía
Los tiene bien puestos, los pilares

 

En una ocasión acudieron desde Corea del Sur unos ingenieros de caminos con el solo propósito de estudiar in situ el uso inteligente del espacio que se hace en Andorra. Donde, no ya el metro cuadrado, el milímetro también cuenta.

Y es que este pequeño país se hace grande cuando de ingeniería se trata. Vaya que ha sabido transformar en arte la famosa máxima: “En arquitectura todo lo que no es metro es holgura”. Se pueden ver rotondas “voladoras”, totalmente construidas “en el aire”, sin estatuas que despisten en el centro. También edificios que sobresalen de las pendientes de las montañas. Por ejemplo el Centro de Congresos. Tan bien construido, que uno cree que está sobre tierra firme. Yo tardé varios días en darme cuenta.

O, la Oficina de Turismo que está en un puente voladizo sobre el río. Su emplazamiento es singular donde los haya. Yo les preguntaba a las chicas si no temían ver cómo el cauce venía hacía ellas con tanta velocidad. Casi se podía sentir el agua sobre sus pies. Pero ellas no estaban tan preocupadas como yo. Será que al ser una de secano… 

Con los cimientos “al aire”

Hay un detalle muy curioso de estas reglas de la arquitectura andorrana. Les cuento. Algunos inmuebles no se cortan, nada de timidez, dejan ver todos sus “cimientos”. Y… ¡qué bien armados están! Roca viva en la planta baja.

Lo mejor de este paseo es que constituye toda una “clase” de arquitectura. Siguiendo la avenida principal (la calle de las tiendas como la llamamos los turistas), a pie de acera, hay colocadas en las fachadas unas placas, perdón debí decir “chuletas” -que seguimos en clase- que explican el material que se utilizó; cómo se llevó desde la montaña al valle, etc. El granito es el que domina la mayoría de las viviendas y casones del paseo.

Transparencias cristalinas

Pero Andorra también se ve “tras el cristal”. Uno de los edificios que más llama la atención es el alzado del balneario Caldea. Su singular skyline emerge entre dos montañas y, entre el verde o el blanco, según lo veamos en temporada de nieve o no, no pasa desapercibido.

Al final del recorrido nos tenemos que quitar el sombrero. Porque Andorra está situada en un antiguo valle glaciar, esto es, muy estrecho. Con lo que el desafío que ya de por sí lo era, aún es mayor si cabe. Y nosotros, los turistas, que pensábamos que es el paraíso de las compras. Y lo que nos encontramos es… ¡la maravilla de la arquitectura y la ingeniería juntas! 

En arquitectura los retos siempre atrapan.

Tengo que reconocer que soy de las que admira la labor de los ingenieros y más aún cuando hay un desafío de la naturaleza por medio. Pero, contradicciones tiene la vida, fueron ellos, los ingenieros coreanos, quienes en aquella visita se quedaron paralizados cuando fueron a comer y vieron los platos con pan tostado, tomates partidos y ajos. Miraban este manjar y no sabían qué hacer. ¿Cómo se puede paralizar uno ante una sencilla acción de restregar el tomate? Me contaba la guía que estaba con ellos que les explicó a los coreanos cómo hacerlo y… ¡quedaron entusiasmados del aprendizaje!

Regresaron pues, con la lección bien aprendida. Y no sólo me refiero a la arquitectura que vieron. Sino al modus operandi de restregar el ajo y el tomate. Y es que este manjar tan típico de la zona, como la arquitectura, también atrapa a todo visitante. Los coreanos no se libraron de esta “trampa” gastronómica.

Y es que pasear por Andorra es toda una clase magistral (masterclass se dice ahora) de arquitectura. Bueno sí, el placer de ir de compras también tiene su puntito de gracia. No sé yo si también sucumbieron a él los ingenieros coreanos.

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Mi panadero en la BBC

 

Situaciones que para nosotros son cotidianas y a las que casi ni les prestamos atención, cuando vienen turistas a España y las descubren por primera vez, la cosa cambia por completo.

Les cuento lo que me ocurrió hace unas semanas. Tenía una familia de amigos egipcios alojados en mi casa. Entre el grupo de invitados se encontraba una periodista de la BBC.

Cuando desayunábamos todos juntos preguntaba sorprendida cómo siendo tan temprano, nos había dado tiempo a comprar esas delicias. Le decíamos, medio en broma, que era el pan el que casi venía solo a casa todos los días. Luego ya le explicamos que la camioneta del panadero pasaba por la puerta y, al sonido del pito, hacíamos acto de presencia.

Se quedaron todos sorprendidos al ver este negocio en el que “el pan fresco viene a tu casa”. Tanto, que hasta hicieron fotografías a la furgoneta y le preguntaron al panadero si quería posar porque este camión/confitería era digno de aparecer en un reportaje en la BBC. Él, orgulloso, estiró pecho y posó rodeado de magdalenas y ensaimadas.

Mis invitados se integraron tanto que al final era el niño pequeño el primero en escuchar el pito del panadero cuando estaba aún a unas cuantas manzanas de distancia.

Qué pena que no hubiera pasado esos días el afilador en su bicicleta con su grito tan peculiar, pues no se habría librado de aparecer también en la BBC junto al panadero.

Y es que el mundo está lleno de curiosidades vinculadas a los camiones viajeros. Me cuentan otros amigos españoles que están trabajando en Alemania que en Navidades ellos han vuelto a creer en los Reyes Magos. Eso sí, cambiaron los camellos por un modelo tracción a las cuatro ruedas.

Su “majestad rodada” avisa, no con el pito como mi panadero, sino por whatsApp del día exacto de la llegada. Es pisar el freno, apagar el motor, y todos los españoles que están trabajando en la zona ipso facto le rodean.

Me dicen que cuando el camionero abre la puerta trasera, les cambia la cara a todos: como si fuera la sección de juguetes de un gran centro comercial en plena campaña navideña, con estos mismos ojos de felicidad ven todas las estanterías repletas de manjares navideños: que si un jamón serrano por aquí, unos turrones por allá.

Les dejo la fotografía de este “pesebre” para que vean lo bien organizado que está este supermercado navideño sobre ruedas. Ah, y no se pierdan el detalle de la degustación de mazapanes que tiene preparada. Buenos trucos de marketing que nunca falten.

Cuánta razón tenía Loquillo cuando cantaba: “Yo para ser feliz quiero un camión”.

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El “caso Vueling” y un bocadillo de jamón

 

Y llegó la revolución del mundo aeronáutico. Hace unos años lo notamos en tres hitos:  se abrió a la libre competencia con nuevos operadores que entraron en el mercado; fusiones de empresas (nuestra querida Iberia entre ellas) y surgieron las low-cost. ¡Bienvenidas al espacio aéreo!

“Se pasó de un transporte caro y elitista, a otro barato y de masas”, así resumen muchos expertos este cambio legal.

Puerta de Embarque especial para familias

Pero, había un límite en esta liberalización: No podía serlo en detrimento del consumidor. Había que protegerlo. Y de ahí, la normativa que tenemos de “derechos de los pasajeros”.

Hay un listado de incumplimientos frecuentes por parte de las aerolíneas (como son la denegación del embarque, el famoso overbooking, los grandes retrasos, etc). Algunos supuestos ya tienen hasta su nombre propio: Caso Melendi; Casi Kate Moss, etc.

Hoy les cuento el ya conocido como “caso Vueling”. Yo lo he sufrido en primera persona.  Concretamente el “derecho de asistencia o atención”. Anunciaron debidamente el retraso (sí cumplieron con el derecho de información). Viajaba en el mismo vuelo el equipo femenino senior de tenis de mesa de Corea. Todas las deportistas, nada más enterarse del retraso, se pusieron a hacer ejercicios de estiramientos utilizando los asientos de la puerta de embarque. Los restantes pasajeros nos dirigimos como cosacos al bar; Era la hora de la cena y allá que nos marchamos, abandonando este “gimnasio improvisado”.

La ley dice literalmente que, en estos casos de grandes retrasos, “la aerolínea debe ofrecer comida y refrescos suficientes de manera gratuita”. Normalmente se entregan vales canjeables en los restaurantes del propio aeropuerto.  Yo los he recibido en otras ocasiones por parte de Vueling. Pero no fue así en esta última ocasión.

Edificio cual torre de control. Universidad de Alicante

El precepto es un poco ambiguo. Dice que este ofrecimiento de comida y bebida ha de serlo de forma “suficiente”. Así que, si hay un gran retraso y no nos dan los tickets (que sería lo suyo), tendremos que ir al bar y, aquí entra en juego el mundo apasionante de los “conceptos jurídicos indeterminados”.

Si yo me pedí una cerveza y un bocadillo de jamón, ¿Me pasé, abusé de mi derecho? ¿Habría sido “suficiente” con un botellín de agua y un montadito de chorizo? Ando inmersa en un gran dilema: si me niegan la convalidación de mis tickets del bar (que tengo bien guardados), entonces: ¿acabará mi caso en los tribunales y será un juez quién decida qué es una cena “suficiente”? La queja, mientras tanto, sigue su curso camino del juzgado.

Casi a pie de pista

Pero no todo son desgracias. En otra ocasión, como consecuencia del overbooking sufrí un cambio de clase. Y hete aquí que me ubicaron en primera. De turista a primera, eso sí que no me supuso ningún contratiempo. El Sr. venezolano enchaquetado que había en el sillón (que no asiento) de al lado, al verme venir tan contenta (yo creo que tuvo que notar mi falta de experiencia en estos grandes y desconocidos espacios del avión), me dijo que la palabra “no” no existía en primera clase. Así que cuando la azafata nos preguntaba: “¿Les gustaría tomar…?”, antes de que terminara la frase, ya tenía nuestra respuesta afirmativa. Casi contestábamos a la vez, pues hasta nos hicimos grandes amigos. Y es que yo, ante un buen consejo, sucumbo con facilidad.

Bueno, quiero que sepan que si al final me validan mis tickets del bar y un juez me dice que mi cena sí fue “suficiente” y me reconocen el derecho a la compensación económica, quedan invitados a un bocadillo de jamón pero, esta vez, de pata negra. Que, desde que viajé en primera clase, le he cogido el gustillo a los pequeños placeres culinarios. Y no acepto un “no” como respuesta.

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Del souvenir al selfie

 

El día que D. Quijote y la folclórica se encontraron en el trastero.

Aquella estatua de metal de D. Quijote con Sancho Panza que había en todas las casas hace décadas, es ya cosa del pasado remoto. ¡Qué sabia operación de marketing turístico la venta de estas figuras! Pues a ver quién arroja la piedra de no haberla tenido en la suya (o visto en la casa de familiares en línea recta ascendente de primer grado. Vaya, en la casa paterna sin ir muy lejos). Y ya, puestos a sincerarnos, hay que entonar el mea culpa casero de la posterior fase del toro y la folclórica sobre la televisión, hasta que la pantalla plana los trasladó a los trasteros y allí, cosas de la vida, se unieron con D. Quijote.

El torero y la folclórica, ¡qué gran pareja!

Toca  ponerse al día. Clase de lengua actualizada: El verbo “contemplar” ahora se conjuga: Yo contemplo. Tú contemplas. El contempla que yo estoy contemplando.

Las tiendas de souvenirs: casi museos.

Los estudios de macroeconomía están “fotografiando” el rol del nuevo turista. Les cuento una de sus aportaciones, para ver si Vds. se ven “reflejados” en esta evolución del viajero del souvenir al viajero del selfie.

Los datos se basan en las cuantiosas pérdidas económicas que están sufriendo las tiendas de souvenirs, que ahora se visitan con un poco de nostalgia. Se entra en ellas casi como si se acudiera a museo de historia antigua –casi, digo-, para admirar qué cosas se compraban hace unos años.

Es la nueva invasión.

No se trata de una moda pasajera. Es una tendencia ya consolidada, que queda acreditada en una foto, al estilo de: “¡Eh, miren, yo estoy aquí!”, que además de probar, tiene el plus de la actualidad. ¡Toda una prueba judicial de alto rango!

Las expectativas que genera un viaje de pasarlo bien, descubrir, conocer… y, como no, “contemplar” que ahora ya sabemos conjugar correctamente, ya no son sólo comerse una rica paella, sino “poder compartirla en el momento”. Y no me refiero a repartir las raciones entre los comensales con el cucharón.  Si no se puede “compartir” en las redes sociales, el viajero no estará satisfecho. Y el viaje quedará frustrado, por muy bueno que pueda estar el arroz.

Wifi en plena Naturaleza

Hace poco estuve en una excursión en plena naturaleza. Iba con expertos en nuevas tecnologías. Yo, a su lado, era un poquito prehistórica (no digo gótica para no confundirles) pues sólo usaba dos redes sociales.

Era uno de esos días en los que la lluvia había hecho de las suyas durante la noche y estaba todo reluciente por la mañana temprano: hojas con el reflejo de las gotas; el ruido de la brisa pasando por los abetos… ¡Imagínense la delicia del paseo! El caso es que la guía llevaba casi adherida a su cuerpo una pequeña máquina de wifi portátil que daba cobertura a trece puestos móviles (no nos podíamos separar mucho de ella) para que todos pudiéramos “compartir” a tiempo real en las redes sociales aquella belleza de la madre naturaleza que “contemplábamos”.

El paseo fue bonito y debo confesarles que yo también fui generosa. Vaya, entiendanme, que “compartí” algunas instantáneas. Y es que… ¡lleven cuidado que es fácil caer en las redes!

¿Dónde voy?

Incluso ahora, cuando se investiga sobre los motivos por los que los viajeros acuden a uno u otro destino, muchos se deciden (nos decidimos, que estábamos con el mea culpa) por las fotos que otros subieron a las redes sociales. ¡El germen del viaje es ahora en muchos casos una fotografía que “contemplamos”! Es más, ahora todos los turoperadores juegan con esta variable a la hora de potenciar un destino turístico. Los expertos también lo saben.

Y pensar que hasta hace poco nos asombraba el ritmo japonés de hacer más de cien fotos por minuto… Hoy, como no podía ser menos, toca terminar el viaje con aquella famosa palabra que usamos los españoles (alargando la vocal de las tres sílabas) y que tan unida está al mundo fotográfico: “pa-ta-ta”.

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El tamaño de los platos. ¡Qué gran misterio!

 

¿Se puede adelgazar viajando? Sí, es posible. Les cuento.

Hacemos un recorrido siguiendo el trazado de las líneas curvas, características de los golosos. ¡Ejem! Porque uno de los “sabrosos” placeres de todo viaje es sentarse a la mesa y… descubrir nuevos manjares.

Primer misterio: Cuando el plato encoje. Tanto, que parece que la cuchara crece

Ya sea, elegir por fotos (si no entendemos el idioma); por las especialidades de la casa (que nos recomiende el camarero) o bien, señalando el plato de la mesa del comensal vecino (si se nos van los ojos nada más llegar)… ¡Todo vale!

En estos recorridos gastronómicos he observado algunos trucos pensados, tal vez, para que no suframos con la llegada de la operación bikini. ¡Qué detalle!

Y tras un serio y concienzudo estudio, puedo formular una contundente conclusión de naturaleza legal:

1º.- Debo declarar y declaro que:

.-Los platos encojen (misteriosamente) en los lugares turísticos. 

A las pruebas me remito Señoría. Aquello tan bonito de: “Pónganos un postre para el centro para compartir”, se antoja complicado cuando estamos en el epicentro de un top ten turístico.

Segundo misterio: Cuando el plato se agiganta. Tanto, que cuesta encontrar la cuchara.

2º.- En mis pesquisas legales a mayor abundamiento debo confesar que he sido reincidente en la comisión del hecho: volví a pedir el mismo postre en otro restaurante diferente en mi ánimo de descubrir la razón de tal misterio. Y esta agravante me permite concluir Señoría que:

.- Más cierto es que en otros lugares sucede otro misterio, si bien justo al contrario pues lo que aumenta es el tamaño del plato para crear una ilusión óptica. Y yo… he caído en la trampa más de una vez.

La pericial aportada (léase Señoría: fotografías adjuntas a los autos, digo, al post) demuestra que si comparamos, a título de ejemplo, una delicia gastronómica típica de Cataluña y tomamos como escala de referencia el tamaño de una cuchara, el aporte de calorías de la crema catalana desciende considerablemente cuando este manjar se cata en un enclave turístico. Eso sí, en el ánimo de compensar este menor aporte, se adjunta una pastita de almendra (los famosos carquiñoles). Y queda compensada finalmente la balanza.

3º.- Según la prueba aportada, las conclusiones obtenidas son:

.- El tamaño (¡ejem!) de los postres para los viajeros golosos sí importa.

.- Se puede adelgazar viajando.

Así las cosas, queda visto para sentencia. ¡Camarero, por favor, cuando pueda, nos trae la cuenta!

 

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¡A la mesa Puerto Rico!

 

Bandeja y mantel, así será este recorrido. ¿Toman asiento? Qué equivocada estaba yo. Les cuento. Pensaba que, siendo una isla, el pescado sería el dueño y señor, pero quien “parte el bacalao” es la carne, sobre todo el lechón.

Plátanos de dos colores, con cebolla

Como viajaba siguiendo los trabajos de la RAE, hete aquí que me propuse en este recorrido cultural enriquecer mi vocabulario, yendo como iba con tan honorable compañía. Así, si al llegar al bar me preguntaban si quería el arroz con gandules, yo sin saber de qué manjar se trataba o si algún comensal perezoso iba a compartir la mesa conmigo respondía –en mi afán de adquirir conocimiento- confiadamente que sí.

Después vi un cartel anunciando “La Fiesta del Gandul” y, ya empecé a inquietarme un poco, a ver qué era lo que yo iba a comer. Y es que nuestros ricos guisantes, allí son gandules y… ¡nada que ver con la pereza! Otro descubrimiento a la “ñapa”. “Además”, cuando hablaba con la cocinera sobre esta variante del arroz, ella al saber que era española me decía que “la paella es una sonrisa”. Menuda poeta la cocinera. Claro que estando en un congreso sobre lengua, no me esperaba yo menos.

El plato más típico es el mofongo. Otra palabra nueva en mi haber lingüístico. Se cocina a base de “plátanos verdes fritos”, un plato (casi) “de cine”. Y se combina con ajo, carne, hasta con marisco. Las variedades, hablando de gastronomía: para todos los paladares.

Mofongo, masa frita de plátanos y mucho más

Feliz comenzaba mis jornadas puertorriqueñas. A la hora del desayuno descubrí las tostadas con mantequilla de guayaba. Tan deliciosas que se convirtieron en un presente continuo día sí y día siguiente también.

Gratificantes resultaban las mezclas: el plátano con cebolla, batido de chocolate con coco escondido, yuca con jamón, etc. Ir al supermercado era sentir un golpe de esos de parada en seco nada más entrar. Me sucedió más de una vez, ya les digo: era impactante ver la fruta tamaño XXL: plátanos, mangos, papayas, etc. En ocasiones se me quedaba cara de tonta. Así ocurrió en una terraza junto al mar, bien bravo ese día. Un amigo me dijo si me apetecía una piragua. Y yo viendo las olas gigantes… Pero por aquello de no desairarlo le dije que “bueno” (que podía ser un sí pero también un no). Y al ratico aparece con dos vasos con raspaduras de hielo con sirope. Y es que allí la “piragua” se bebe. ¡Y qué rica!

Hasta incluso ese ratico del café después de comer lo descubrí también en este afán de aprender palabras nuevas y es que esto de viajar con la RAE aporta mucho “peso” lingüístico. Así que, cuando leí en la fachada del establecimiento “torrefacción”, mis pies entraron solos y… ¡qué ricura de café! El dueño me contó que era tostado en su propia hacienda. Me invitó a visitarla. Y esta vez mis pies no se fueron porque mandaba el reloj de la muñeca y tocaba regresar al “conversatorio” sobre lenguaje escénico que si no…

Los amantes del café entrarán seguro

Inmensa fue la alegría cuando probé otro postre delicioso. El hallazgo lo fue al preguntar su nombre: “Tembleque” me dijo el cocinero. Es como nuestro tocino de cielo pero de coco y sí, es meter la cuchara y esta delicia sufre un viavén, casi el mismo que cuando nos la llevamos a la boca. Me gustó tanto el nombre, que repetí más que nada para afianzar mis nuevos conocimientos. El caso es que, pasados unos días me di cuenta que el leitmovit de mi viaje: “palabra nueva que descubra, palabra que me como”, me estaba dejando huella visible en el peso, y no me refiero al de la maleta.

Jíbara ya me sentía yo –exagerando un poco sí- en Puerto Rico, donde regresaré. A mí ese cartel anunciando la “Fiesta del Gandul” me ha dejado con unas ganas de guisantes… No de hacer el gandul en el Caribe. ¡No vayan a pensar mal!

Kilos de saber me ha aportado este viaje. Qué bien añadida está la nueva palabra: “puertorriqueñidad”. ¡Bienvenida al español! Y es que a mí nadie me había advertido antes, pero esta isla es de las que atrapa y… ¡de qué manera!

 

 

 

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