La Verdad

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Categoría: Museos
Las dos Cartagenas, ¡cuánto saben de leyes y, de tesoros!

 

Una travesía atlántica que nos lleva de una Cartagena a otra. Viajamos con aquello tan aventurero de “en busca del tesoro” Y, de los de verdad, con sus monedas de oro relucientes.

Nos tenemos que “sumergir” en las profundidades marinas. ¿Se animan? Era un decir. Pueden estar tranquilos que para este viaje no necesitaremos escafandras.

Cerca de Cartagena de Indias hay un galeón español hundido, el San José. Hace justo un año unos investigadores dieron con él. Y claro, fue verlo y se dispararon cual si fueran cañones por banda, todas las alertas del derecho internacional.

Oro parece y oro lo es

Se trata de un barco de bandera española hundido en la costa colombiana y… ¡a rebosar de lingotes de oro! La pregunta inmediata es: ¿Quién ostenta los derechos de propiedad: España o Colombia? El buque era español pero… ¿lo sigue siendo al hundirse? Ahora está junto a la costa colombiana. Entonces: ¿Colombia puede tener mejor derecho de propiedad sobre él por estar en su litoral?

En este caso: Sí es oro todo lo que reluce. ARQUA

Si aplicamos la conocida regla de la inmunidad soberana, da igual dónde se encuentre un buque, “en cualesquiera aguas donde esté” se mantienen todos los derechos de propiedad del Estado que tenía cuando estaba operativo. Pero “aviso a navegantes”: esta regla se contiene en la Convención de la Unesco que no está firmada por Colombia por lo que, se antoja a priori un poco complicado que quede obligada por un pacto que no ha firmado. Y en principio podría responder, educadamente por supuesto, con aquello tan marinero de “vete al carajo” si le exige que aplique un precepto que no ha ratificado.

Con la venia de su Señoría

Dicen los entendidos que se avecinan grandes tormentas legales. Incluso los hay más expertos –y más pesimistas también- que hablan hasta de maremotos judiciales. Todo en sentido figurado, no se alarmen. Vaya que aquello de “al abordaje”, se traducirá en este contexto en largas sesiones ante los Tribunales para determinar qué Estado es el legítimo propietario de este galeón que de momento está tranquilo con todas sus riquezas en las profundidades marinas colombianas dónde un día de esos en los que se enfada Poseidón, allí quedó hundido.

Un precedente judicial: La Fragata Nuestra Señora de las Mercedes

Hace poco charlaba con uno de estos expertos y me dijo que la tendencia es optimista. Vaya que parece ser que el maremoto se podría quedar en una marejadilla no más. Me cuenta que ya los Tribunales han estudiado un caso parecido, el famoso “Caso Odyssey”: Toda una “odisea” judicial.

En otros países sí son legales las empresas dedicadas a buscar tesoros. Se pueden quedar con el botín a cambio de dar un porcentaje de lo recuperado al Estado. Y el objeto social de la empresa americana Odyssey era el de cazar tesoros. Todo, como les digo, perfectamente legal en su país que sí lo permite. Cuando hemos visto las películas de Indiana Jones, ¿quién no ha querido ir en la expedición con un arqueólogo de éstos?

Parte del botín. ARQUA. Cartagena

Pero en España este trabajo freelance del cazaterosos no es posible. El Código civil desilusiona un poco a todos los estudiantes de Derecho cuando dice aquello de que los tesoros valiosos no serán del dueño de la finca, sino del Estado. Eso sí, incluye algunas compensaciones económicas, que este código es muy equitativo.

Así las cosas, cuando la Fragata Mercedes cayó en la trampa de los ingleses y terminó en las profundidades marinas cerquita de Huelva, la empresa americana, con sus artilugios de geolocalización de la más alta precisión, la encontró y, claro también “sus riquezas”. Pero el Estado español ganó la batalla legal. El Tribunal declaró que el botín era propiedad del Estado español. En el juicio se acudió a la regla de la inmunidad soberana ya que la fragata era (y seguía siendo) de bandera española.

Estas dos ciudades, valen su peso en oro

Hoy esta maravilla se puede ver en el Museo Nacional de Arqueología Subacuática de Cartagena: monedas de oro, de plata, en sacos… ¡un tesoro en toda regla! Y es que, cuando se habla de tesoros, las dos Cartagenas tienen muchos, y no sólo me refiero a los botines de los barcos hundidos. Hay otros que se ven también, sin necesidad de inmersión. Basta pasear por estas ciudades. Yo tengo pendiente aún la visita a Cartagena de Indias, pero todo se andará… O buceará, según proceda. Porque hay otra regla de la Convención que declara la conveniencia de dejar el patrimonio allí dónde se encuentre. ¡Pleitos tengas!

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¡Agárrense que vienen curvas!

 

Reconozco mi pasión por los lugares que saben comunicar sin necesidad de palabras. Sobre todo cuando lo hacen los museos. Con un poquito de inteligencia por aquí y un toque de humor por allá, consiguen hacer entender un mensaje utilizando, en este caso, piezas de arte. Y lo mejor de todo, comprensible sin necesidad de saber idiomas ni de ser un experto en Picasso o Kandinsky.

Muy cerca tenemos una buena muestra: Los valencianos con sus fallas, rozan la perfección en esto de la narración de historias a través de figuras. Ya les digo, sobran las palabras ante los Ninots.

"Pasen y vean" sin necesidad de palabras. Fachada del Museo del Diseño

La línea curva en su máxima expresión

Con el círculo viajamos un poco más lejos, a Helsinki, concretamente al Museo del Diseño. Una de sus exposiciones las dedicó al inventor Eero Aarnio, gran amante de la línea curva. Y no piensen mal, por favor.

Este museo es de los que saben narrar sin palabras. Les cuento algunos de sus “trucos lingüísticos”: Antes de entrar, vas caminando tranquilamente por la calle y junto a la fachada “sin mediar palabra”, nos atrapa. ¡Vaya que si lo hace! La plaza que está junto al museo ya tiene unas réplicas de algunas piezas del museo colocadas sabiamente.

Al verlas, uno se pregunta: ¿Qué hacen aquí estos perritos tan monos? Así que, si uno iba caminando distraído, caerá enseguida en la cuenta de que el edificio que casi se pasaba por alto, “esconde” algo bonito. Bien es cierto que el edificio ya en sí lo es. Pero muchas veces, los que somos despistados corremos el riesgo de estar justo en el sitio y no darnos cuenta. Estos perritos hacen las veces del famoso: “Pasen y vean”.

Cuando “la joya de la corona” sale a tu encuentro.

En muchos museos la pieza más valiosa está casi escondida. Hay que recorrer plantas, salas, etc. para dar con ella. No sé si también les ha pasado a Vds., yo he llegado a perderme en estos laberintos de arte en más de una ocasión buscando una obra que me interesaba. No sucede así en el Louvre con “La Gioconda”, donde una multitud con sus cámaras nos avisa.

En este museo la cosa cambia: Es la pieza maestra la que tranquilamente se pasea a tu lado. Sí, como si fuera un visitante más. La joya de la corona es la famosa silla-bola. Hollywood tiene escenas curiosas –y muy sexys- con este sillón.

A su aire por el Museo. Y es que, con esas curvas... imposible pasar desapercibida!!

Su autor, Eero Aarnio logró sin ninguna línea recta, idear un cómodo asiento con apoyabrazos, reposacabezas y, por supuesto, su pie de apoyo. La belleza de la línea curva es la gran protagonista del sillón, que casi te abraza y te cobija a la vez. Hasta se puede jugar al escondite en ella y todo. ¡Cuánto ingenio Sr. Aarnio!

En el museo han sabido darle “la vuelta a la tortilla”: es ella, la silla-bola la que avanza contigo por las salas. Sí, en sentido literal. Para lograr este “recorrido del balón” a sus anchas por todas las salas, lo han colocado sobre una pequeña plataforma (redonda, como no podía ser menos) que se mueve con un sensor incorporado que detecta la presencia de los visitantes y, se va apartando para no chocar con ellos o con las columnas.

Esta colocación magistral permite verla por todos los datos y hasta parece estar dotada de vida propia, con este ir y venir a su antojo por el museo. Estuvimos las dos juntas un buen rato. Yo me entretenía haciéndola variar de dirección tan pronto detectaba mi presencia.

Vd. puede ser un artista, láncese.

El “broche final” está pensado para que ningún visitante –niño y adulto- se marche sin probar sus dotes como artista. Y es que, entre tanto diseño tan minimalista, siempre surge aquello de: ¡Esto lo haría cualquiera! Pues… dicho y hecho. Hay una sala especial para poder diseñar, colorear y dejar la obra expuesta en la pared. Uno sale sintiéndose casi un artista.

La despedida también, sin mediar palabra.

¿Le ha gustado el Museo? Encuestas sin necesidad de papel ni bolígrafo

Incluso al salir el museo te pide tu opinión. Te pregunta: ¿Qué le ha parecido?”. Y de nuevo, lo vuelve a hacer “sin mediar palabra”. Buen ingenio los de marketing: Al entrar, el ticket contiene una pegatina y en la pared de la escalinata de salida del museo hay pintadas unas caras gigantescas (a modo de emoticones). Desde el ceño fruncido hasta la sonrisa gigante. Y uno puede colocar esta pegatina según le haya gustado más o menos. El museo tiene así su encuesta y, el visitante que muchas veces no sabe qué hacer con la entrada, puede darle un uso provechoso.

Hoy no me queda otra que hacer mutis por el foro a modo de despedida. Ya me entienden. Y es que, ante el arte, sobran las palabras.

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Un japonés en Lituania

 

Sí, lo suyo es preguntar: ¿Qué se le había perdido por allí? Hay una historia preciosa detrás que tuvo lugar en el antiguo Consulado. Les presento a su protagonista, el Sr. Chiune Sugihara. De esos grandes hombres que dejan huella.

Con su permiso, entramos en “su casa”: la sede del Consulado. Es un chalet modesto, rodeado de un pequeño jardín. Hoy es un museo.

Despacho del Sr. Sugihara en el Consulado

Este diplomático por las mañanas, al otro lado de la verja, veía una gran cola de polacos que necesitaban un visado de tránsito para Japón. Se habían refugiado en Lituania tras la invasión alemana de Polonia. No podían cruzar Europa por la situación bélica. Así que, la única salida era casi dar la vuelta al mundo.

“Visados de vida”

Entre sus funciones diplomáticas, sólo podía expedir como máximo tres o cuatro visados al día. Más, sería cosa sospechosa. Pero la cola de gente esperando crecía. Eran familias enteras, con abuelos y niños. El Sr. Sugihara consultó con Japón si podía firmar más visados. Para no tensar las relaciones con Alemania, le denegaron esta autorización.

“La lista de Sugihara”: Más de 6000 judíos

Pero el Sr. Sugihara no se lo pensó dos veces. Firmó, no cientos, miles de visados. Trabajaba con su máquina de escribir hasta altas horas de la madrugada. Jugándose su vida. Se dio cuenta de que si no los firmaba, morirían. Estas familias no tenían dónde ir. Contradicciones tiene la vida: fue declarado persona non grata.

Y no paró de firmar hasta el último minuto. Incluso cuando tras la invasión de Lituania se decretó el cierre de las embajadas y consultados, se alojó en un hotel, esperando la salida del tren. Y, esos días allí alojado, hasta en la misma estación ya dentro del tren, seguía firmándolos y los entregaba por la ventana del vagón.

Visados de vida. Estampados en una pared del museo

Cómo resumía su trabajo.

Él entendió que hacía lo correcto. Cumplir con su deber, nada más. Nunca se sintió un héroe. “Eran seres humanos que necesitaban ayuda. Estoy contento de haber encontrado la fuerza para dársela”. Así, tan humilde, resumía su trabajo.

Hay un famoso proverbio judío: “Si salvas la vida de una persona, salvas el Mundo entero”. Muchas de estas familias, hoy casi setenta años después, aún guardan el visado entre los documentos más valiosos. Un papel que les salvó sus vidas.

Museo que toca el alma humana

Este museo no es de los lugares más visitados en Kaunas. Está fuera del circuito turístico de la ciudad. Así que, cuando tocas el timbre de la puerta, te reciben con un “pase por favor” con el que tienes la sensación de entrar más que en un museo, en una casa.

Cuando lo visité era la única española. Coincidí con un tour privado de japoneses y me uní a ellos. Me decían que en Japón estudian este personaje en las escuelas y lo quieren como si se tratara de un angel.

Exterior del museo. Fotografía de Ayako Tackeuchi

Dicen que las comparaciones no son cosa buena, pero a mí me recordó al empresario alemán Sr. Schindler.

La historia llamó la atención de un productor de Hollywood que la adaptó al cine. Después de terminar el rodaje todos los actores acudieron a visitar este museo. Algunos, me decían los guías, salieron con los ojos brillantes. Y es que este museo es de esos que te tocan el alma.

Algo parecido sucede en la casa de Ana Frank en Amsterdam. Y es que como dice el premio Nobel Orhan Pamuk “estos pequeños museos revelan historias individuales, cotidianas pero tienen el alcance de reflejar lo más profundo de la humanidad”. Son las dudas propias del quehacer humano. Pues, ¿quién no ha tenido alguna vez el dilema de si está haciendo lo correcto o no?

Y al ver la situación actual de los refugiados, me pregunto: ¿Quién dijo que los museos son cosas del pasado? ¿Cuántos Sugiharas habrá ahora en Turquía?

 

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Conversaciones con mi jardinero

 

El destino de nuestro viaje nos lleva a un rincón en pleno centro de Madrid, al centro de arte CaixaForum. Y lo vamos a conocer a través de dos conversaciones.

Un rincón que se conoce a través de las palabras

Promesas que sorprenden.

Los arquitectos insistían una y otra vez, muy seguros de sí mismos: “Que sí, que vamos a crear una plaza diáfana, con una gran zona verde y, por supuesto vamos a respetar la idiosincrasia del edificio industrial antiguo”.

Los propietarios, escuchaban algo incrédulos, pues no terminaban de imaginar que en una zona de calles estrechas, sin ninguna plaza, sin zonas verdes y con una fábrica, fuera posible esta promesa.

Y se hizo el milagro tras aquella charla.

Finalmente el pliego con todas estas condiciones de futuro se firmó. Y los arquitectos cumplieron con lo estipulado. La sensación de estar en una plaza diáfana lo han conseguido liberando de construcciones toda la planta baja, con la sola excepción de la caja de escaleras. El edificio comienza en voladizo en la primera planta.

También respetaron las restantes cláusulas pues se ha mantenido la fachada de ladrillo visto de la antigua industria (una central eléctrica). Y lo mejor de todo, “ha brotado” un verdadero jardín allí donde nadie pensaba, donde no había terreno, donde la línea vertical no daba ninguna pista de que sería el parterre de un edén.

Conversaciones interesantes

Parece que estás caminando dentro de un diamante gigante.

El caso es que he visto muchas exposiciones interesantes en el interior de CaixaForum. Es casi una parada de esas obligadas cuando viajo a Madrid. El acceso por la escalera de caracol es una “auténtica joya” pues a mí siempre me parece estar en el interior de un diamante. Pero aún esta bonita acogida que te anima a entrar, sigo pensando que la verdadera obra de arte está en el exterior. El protagonista que te paraliza antes de entrar. Sí, sí hablamos del jardín.

En ocasiones el arte se escapa fuera de los museos.

Un botón de muestra es justamente este jardín vertical. A mí me encanta hablar con los “artistas”, en este caso con los jardineros.

¿Una pared? ¿Un jardín? No. Se trata de una auténtica obra de arte.

Estos jardineros cuentan ya con tanta experiencia que el botánico que ideó el mural les ha dado carta libre. Patrick Blanc vino inicialmente pero ahora, son ellos los que van diseñando, según qué época del año sea, variando las formas, los tonos… Vaya que se trata de una obra de arte verdaderamente “viva”. Con la ayuda de un vehículo “tijera”, van “podando” el boceto vegetal hasta el punto más alto.

Al principio ellos mismos no creían que pudiera mantenerse el verdor desafianzado la línea horizontal de todo jardín. Pero luego, cuando han visto crecer algunas plantas más de un metro y medio, saben que la naturaleza puede con los retos más difíciles. Eso sí, en verano con el sol, es cuando el mantenimiento de la obra es más delicado. Y estos expertos toman sus precauciones con plantas más resistentes.

En estas charlas siempre me cuentan algunos trucos propios de la maestría de todo artista. Uno de ellos es que allí donde no llega el ángulo de visión de las cámaras de seguridad los amigos de lo ajeno aprovechaban para llevarse un trozo de esta obra de arte. Ahora en este lugar, ponen las plantitas más feas y, claro, ahí se quedan. Ya no resulta tan tentador aquello de arrancarlas.

Del jardín al cielo. Sí, "hablamos" de Madrid

La parte trasera de este “lienzo” esconde dos puertas para poder dejar dentro todos los utensilios. Y también hay una escalera interior para poder “trepar” por el jardín. Es complicado subir por ella, según me dicen.

Recién puestas las bolsitas, hay que fijarse bien para verlas. Pero ya, cuando han pasado unas semanas y las plantas han crecido, me animan orgullosos a que las toque y así comprobar “los gorditas” que están las plantas. El sistema de riego por goteo –con sus vitaminas y todo- aporta también su parte a este crecimiento.

Cada vez que veo a los jardineros me regalan una de estas bolsitas que van poniendo y cambiando. Son los parterres sui generis de estas plantas. Se trata de un trozo de tela de textura parecida al fieltro, del tamaño de media cuartilla que retiene un poco la humedad y sujeta la planta. Si se acercan un poco a esta pared artística se pueden ver con mucha facilidad. Me insisten para que en mi casa comience con mi propio jardín vertical. En ello estoy aún.

El verdor que no cesa

Tengo que ir a ver otro jardín que también cuidan los mismos jardineros, mucho más pequeño en la planta veinticinco de uno de los edificios del norte de Madrid. Ahí el reto, me cuenta el “artista” ha sido aún más complicado, porque ahora no es sólo la línea vertical sino que además, está en el interior, allí donde el sol no choca directo. Pero a un artista, los retos… ¡los que sean!

Pues sí, hablando se entienden -también- los lugares.

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El Museo de Bellas Artes de Murcia… con otra mirada

Lo que los museos esconden

No sé si les ha pasado a Vds. alguna vez, pero eso de recorrer tranquilamente un museo es casi como un viaje sui generis, pues una termina “transportándose” a otro tiempo y a otros lugares.

Y más aún cuando la visita se hace con un guía, entonces ya, ¡la de cosas que se pueden llegar a aprender en este recorrido por las salas! Así me sucedió hace poco. Yo ya conocía “las entrañas” del Museo de Bellas Artes de Murcia. Uno de sus gestores organizaba visitas a los sótanos, almacenes, depósitos donde las obras “dormían” en cajones gigantes. Si ya en aquella ocasión quedé maravillada, en esta otra nueva ruta, la cosa ha ido in crescendo.

Lo que los ojos no ven

Como ven, este tipo de visitas despiertan mucho interés.

La guía ahora era una de las restauradoras que había llevado a cabo la complicada (¡qué digo, complicadísima!) tarea de retocar algunas obras (unas dieciocho aproximadamente) de este museo murciano.

Nada más llegar nos recibió a todo el grupo con las “alforjas” necesarias para este recorrido. ¡Qué bien preparada iba! Unas linternas (con una aplicación en el teléfono “se hizo la luz”) y un turbante ajustable provisto de unas lentes lupa que íbamos usando por turnos y que, casi llegamos a pelearnos porque queríamos tenerlo más tiempo del que nos tocaba. ¡Cómo niñas!

Ya les digo, el motivo de esta visita no era el deleite por el valor artístico de los cuadros y las esculturas. El enfoque era otro: Queríamos ir “casi al núcleo” y ver cómo los desperfectos habían sido subsanados. Esta forma de ver las obras de un museo se parece mucho al juego de encontrar las siete diferencias. ¡Muy divertido!

La restauradora nos iba explicando, con una maestría digna de nivel de doctorado cum laude, los retos que tenía ante sí nada más ver una pieza deteriorada cuándo le llegaba a su taller o trabajaba en los sótanos del museo; Y, cómo tras pincelada por aquí, limpieza por allá, veía la forma de dotar de nuevo de brío este “trocito discapacitado” o dañado de la tabla o de la escultura. Nos contaba cómo algunas piezas sí permiten ser sumergidas sin que se dañe la tinta; cómo otras es a golpe de pincel -y mucha paciencia- como se va haciendo la magia.

Lo que exige la ley

Y eso que la ley se lo pone difícil al restaurador, pues en su intervención debe (ya les digo, por imperativo legal) dejar clara la línea divisoria de lo que es original y de lo que ha sido más tarde restaurado. “Tomando todas las medidas preventivas que sean oportunas”; “evitando confusiones miméticas” y un sinfín de requisitos legales más.

Para eso, en cada obra nos enseñó a distinguir entre el regatino y el puntillismo. Algunas de nosotras, entre ellas esta prenda que les escribe, pensábamos -¡cuánta sabiduría aporta siempre todo viaje!- que estos puntitos blancos sobre la túnica negra de una escultura eran motas de polvo. ¡Craso error!

Entrada lateral al Museo. El tamaño de la puerta (y de la mirilla) a mí siempre me llama la atención

Esas deliciosas visitas guiadas

Yo siempre me he dado cuenta que cuando una persona domina la técnica, pero además, le pone corazón a su trabajo, al final cuando estos dos elementos se juntan, se notan siempre en el resultado final. Y digo yo,  ¿por qué los museos no generalizan estas visitas con los restauradores? ¡Hay tanto de aprendizaje en ellas!

“Abierto por restauración”

Cosa bien atractiva sería abrir una sala al público para poder ver en directo el quehacer de un restaurador. Pero claro, contamos con un antecedente que… ¿Se acuerdan hace años cuando en un museo tenían que desmontar el esqueleto gigante de una ballena para ser trasladado a otro lugar? Fue contratada una empresa especializada en estos menesteres. La prensa fue convocada. Y, justo cuando comenzaban, una fisura en su mandíbula hizo que cayera de un plomazo todo el armazón del cetáceo al suelo. Imagínense: la sala llena de fotógrafos, que levante la mano: ¿a ver quién no habría disparado el flash en aquel preciso momento en el que se caía el pobre animal? Está la secuencia completa: Hay fotos antes de caer, en caída libre, envuelta en una nube de humo… ¡Pobrecica!

No sufran, que los restauradores lograron que todos los huesos de la ballena tras esta caída encajaran de nuevo, incluso el de su mandíbula. Y ha quedado de nuevo intacta. Esta gran obra de restauración también habrá sido digna de un verdadero artista. Yo estoy deseando ir a verla de nuevo. Ya recompuesta del susto.

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PD. Este post está dedicado a Montse por habernos enseñado en esta ruta a tener otra mirada ante las obras de arte. Y es que, detrás de un restaurador hay también ¡todo un artista! 

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De museos por México

 

 

Hoy nos vamos a México D.F. Concretamente a un lugar donde podremos conocernos un poquito mejor. ¿Me acompañan?

El "paraguas" más grande del mundo. México D.F.

El destino es el Museo Nacional de Antropología. Hay un aliciente para visitarlo: En él, aquello que los sabios latinos decían: “nosce te ipsum”  se hace realidad. Es más, está lleno de dicotomías, ya les digo, como nosotros mismos. Intuyo que… ¡Nos vamos a sentir a gusto en él!

El umbral

Nada más entrar en el museo se aprecia esta nota de la dualidad. En el proyecto arquitectónico ya se dejó claro que este vestíbulo tenía que ser:  “un espacio protegido, ni abierto ni descubierto”. Y, aunque parecía una misión imposible poder atender a dos requisitos contrapuestos… ¡vaya si lo consiguieron!

Un paraguas gigante que sí deja pasar el agua

A este atrio se le conoce coloquialmente como “el paraguas”. Pero debemos andarnos con un pelín de cuidado con este sobrenombre porque debajo de él sí nos podemos mojar un poquito.

La Piedra del Sol.

Aquello de las apariencias engañan es cierto en este lugar. Les cuento. Este “paraguas” sí deja pasar el agua.  El techo está diseñado de forma inclinada descendiente hacia la columna central y, por ella se desliza una cascada de agua. Con lo que esta columna se transforma en una fuente. Es una de esas artimañas inteligentes: “arquitectura versus escultura”. ¡Otra dicotomía más!

Los diseñadores tuvieron en cuenta lo que ya se conoce como “la fatiga del museo”, por eso idearon un lugar que tal vez, al entrar, pudiera entenderse de paso. Pero más tarde, si uno quería descansar, podía hacerlo cobijado  a la sombra y al aire libre. Es más, tras la visita de dos salas, necesariamente se vuelve a este: “mitad plaza, mitad patio”. De nuevo, duplicidad en su función.

Este “patio central” además permite que podamos visitar el museo a nuestro aire, sin necesidad de tener que seguir un itinerario ya fijado de antemano. Así podemos elegir qué faceta de nuestros antepasados nos interesa conocer más: si cómo organizaban el calendario o qué artilugios utilizaban para cocinar. ¡Se deja libertad para investigar y cotillear por las salas!

Manual de emergencia ante un seísmo

El orgullo mexicano

A la hora de cerrar cuando arrían la bandera, la ceremonia al doblarla y guardarla paraliza el ritmo del museo. Todos los empleados rinden honores a su paso. Este momento, de tanto respeto, consagra uno de los propósitos del museo cual era penetrar en el alma y el orgullo mexicano.

Este desfile viene a constituir una pieza de arte sui generis más del museo. De verdad que no les exagero. Todos los visitantes nos quedamos paralizados y con la boca abierta. Casi igual de abierta que cuando veíamos los pectorales de oro, las máscaras de jade o la famosa Piedra del Sol con los restos de las balas en ella.

Todo está pensado.

En este museo han pensado en todo, el rigor legal lo exigía. Un botón de muestra son las señales de advertencia para actuar en caso de emergencia. Al caso eventual de un incendio, añaden también otro más (por aquello de los dobles) sobre qué hacer en caso de un seísmo.

Como ven, con tantos pares, este lugar es casi una versión preciosa museística de la conocida historia del doctor Jekyll y el señor Hyde. Pero más que la lucha entre el bien y el mal, la analogía lo es entre lo que se ve y la inteligencia práctica escondida que hay detrás.

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PD. Este post está dedicado a Amparo R. por tantos raticos de charla en los que siempre, en nada que nos descuidábamos, salían temas de su amado país: ¡el lindo México! Y, en especial, por cómo me contaba el asombro y admiración con el que su hija descubrió por primera vez este museo.

 

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