La Verdad

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Categoría: Museos
¿Y por qué ese empeño en enderezar la torre de Pisa?

 

Hace unos años la pregunta que marcaba la gran decisión del verano era: ¿Dónde vas: a la playa o a la montaña? Ahí radicaba la opción. Es más, la publicidad de los años 70 de muchos destinos destacaba que se contaba con las dos alternativas. Vaya que si el padre quería escalar y la madre estar tumbada en la hamaca, no tenían que lanzar ninguna moneda al aire.

Pero últimamente el mundo interrogativo estival ha pasado a ser: ¿Dónde te vas de vacaciones? Dando por sentada la hipótesis de que, sí o sí, nos tenemos que ir a otro lugar.

Y si uno contesta tranquilamente: “Este mes de agosto lo he pasado enterito leyendo en mi casa”, garantizado queda que corre el grave peligro de entrar en el colectivo de los raros. Y, ahí no queda la pena, lleva una agravante: quedará excluido en septiembre de muchas cenas para contar las peripecias y anécdotas de los viajes.

publiredCada vez conozco más gente que es feliz sin tener que entrar en el arrebato de preparar la maleta, hacerla y deshacerla unos días después. Y sí tal vez también rarita, según lo comentado.

Son muchos los expertos que, ante este colectivo de gente feliz que no necesita tarjeta de embarque, están estudiando este giro copernicano que se ha dado en el mundo de los viajes. Después de muchos análisis sobre los interrogantes que nos hacen y hacemos, concluyen que el hecho de viajar se está convirtiendo ya en un “acto de consumo”: Hay que ir, ver esto y lo otro; comprar tal souvenir, etc.

En síntesis se trata de ir a un lugar y, una vez allí, hacer lo que se denomina “el paseo del turista”. Viene a ser como hacer todos lo mismo, con los denominados <<must>>. Y así, aunque a uno no le gusten los museos, si está en París tendrá que ir al Louvre y/o al D’orsay. Si va a los dos, tanto mejor para poder contar cuando regrese. Y si llega al hotel por la noche agotado, con dolor de pies y con el mapa muy arrugado y casi roto en los pliegues, será un síntoma indiscutible de que está haciendo bien el “paseíllo”.

Queda relegada la idea de la cultura o el aprendizaje, y lo que predomina, como tal acto de consumo, es el gasto medido en euros redondos.

fotoredUna fotógrafa suiza (Corinne Vionnet) reflexiona sobre esta idea del mimetismo en los viajes. Todos hacemos la misma foto, estemos ante el Coliseum, la Torre Eiffel, el Big Ben…  Es la prueba iuris et de iure de que hicimos el paseíllo con todas las de la ley.

Las recopila de nuestra generosidad en internet y, tras un collage, a modo de “impresionismo fotográfico” crea obras de arte con todas nuestras fotos. Casi idénticas. Expone en España estos días, por si les interesa (normalmente lo hace en el MoMA).

He estado trabajando en un campus turístico sobre “creación de destinos”. En él, le pregunté a un experto en marketing si realmente cuando viajamos somos “clientes cautivos”, pese a sentirnos libres. Él insistía que nadie nos dice lo que tenemos que hacer. Pero no sé yo… Esta fotógrafa, casi que me convence más que el experto.

Porque, ¿quién no ha intentado enderezar un poquito la torre de Pisa? Jugando con las ilusiones ópticas, ya me entienden. Yo fui de las que “empujaba con las dos manos”. Al final entre todos, lograremos reducir esa inclinación tan suya.

 

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Con un par de… líneas

 

De la recta a la curva, así se puede descubrir por primera vez una ciudad.  Si estuviera en la costa, la primera línea de playa siempre cotiza al alza. Esta pole position la mantenemos pero… ¡junto al río! Y puestos a pedir, que sea el más caudaloso. Sí, adivinaron bien, recorreremos Zaragoza con dos líneas no más.

En la ribera del Ebro, encontramos lo que ya se conoce como “las siete maravillas zaragozanas”. Siete enclaves con un dato común: todos en línea recta.

Lo mejor es que resulta imposible perderse. Y en esta rectitud aparecen ordenadamente “estos siete magníficos” edificios y lugares llenos de historia. Comenzamos por la subida al Torreón de la Zuda (en la planta baja está una de las oficinas de turismo). Son cuatro plantas nada más. Desde esta altura, al hacerla en primer lugar, podemos dar un giro de 360 grados a vista de pájaro. Al descender, nos encontramos con los restos de las murallas romanas.  

zgzred3Tan sólo un paso más –en este trazado lineal- y encontramos con la Iglesia de San Juan de los Panetes que tiene su “pequeña torre de Pisa” por aquello de una pequeña inclinación que sí se aprecia. Y junto a ella, uno de los “pilares” –nunca mejor dicho- de Zaragoza: La Catedral-Basílica de Nuestra Señora del Pilar. Está repleta de sitios para detenerse. En su interior, dos paradas: la piedra sagrada y las bombas (y como no, mirar a la cúpula porque aún se puede ver el agujero que dejó una de ellas al caer. El otro lo han tapado). La plaza exterior es toda una evocación al mundo entero, representado en la Fuente de la Hispanidad.

El edifico colindante es una de las sedes del Ayuntamiento y junto a él, la Lonja. Anímense a entrar porque el inmueble se transforma en un “bosque de columnas”. Normalmente está destinado a la sala de exposiciones. Yo aún recuerdo la que vi sobre los hitos de la Revolución Francesa. La “libertad” era una peluca en movimiento por los efectos de un gran ventilador.

El sexto lugar en este paseo lineal es la Seo (el otro “pilar”). En el exterior, no se pierdan una de sus fachadas (algo escondida), contiene una bellísima muestra del arte mudéjar que parece un gran puzle de ladrillo con todas sus piezas perfectamente encajadas. El museo del Foro cierra este recorrido. Si pueden, pasen también por la noche: al verlo iluminado, parece una gran chimenea encendida (sin humo obviamente).

Un sabio dijo aquello de que la línea recta siempre acortaba las distancias; Otro apuntó que las curvas traían belleza. Por aquello de unir las dos teorías en este paseo zaragozano, les cuento un pequeño truco. Si antes “paseábamos por la ribera” del Ebro, ahora nos perdemos por sus “meandros”, esto es, todas las callejuelas estrechas retorcidas del barrio del “Tubo” donde ya sí, su trazado olvida la rectitud ribereña y la vida es casi un torbellino. Se llega a él en un paseo de unos cinco a diez minutos nada más.

zgzred2Les aviso que conduce al despiste; Incluso a quien tenga el sentido de la orientación altamente desarrollado. Más que nada porque es de esos barrios tan llenos de gratas y ricas sorpresas (léase: bares y tabernas), vaya que sí, que hasta puede dar gusto perderse en él. Yo que me despisto siempre tras la primera curva (digo, caña), les confieso que me costó lo suyo salir de este barrio. Es casi una espiral que te va envolviendo vino va, tapa viene.

Bueno también tardé un buen rato en recorrer aquella primera línea recta ribereña. Y eso que el recorrido era sólo dos líneas no más.

Si vamos con más tiempo, entonces podemos seguir con la línea diagonal. Nos lleva al Palacio de la Aljafería que está envuelto en su propio cuadrilátero. Porque Zaragoza, en cuestión de líneas, es muy “completica”, las tiene todas.

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Las dos Cartagenas, ¡cuánto saben de leyes y, de tesoros!

 

Una travesía atlántica que nos lleva de una Cartagena a otra. Viajamos con aquello tan aventurero de “en busca del tesoro” Y, de los de verdad, con sus monedas de oro relucientes.

Nos tenemos que “sumergir” en las profundidades marinas. ¿Se animan? Era un decir. Pueden estar tranquilos que para este viaje no necesitaremos escafandras.

Cerca de Cartagena de Indias hay un galeón español hundido, el San José. Hace justo un año unos investigadores dieron con él. Y claro, fue verlo y se dispararon cual si fueran cañones por banda, todas las alertas del derecho internacional.

Oro parece y oro lo es

Se trata de un barco de bandera española hundido en la costa colombiana y… ¡a rebosar de lingotes de oro! La pregunta inmediata es: ¿Quién ostenta los derechos de propiedad: España o Colombia? El buque era español pero… ¿lo sigue siendo al hundirse? Ahora está junto a la costa colombiana. Entonces: ¿Colombia puede tener mejor derecho de propiedad sobre él por estar en su litoral?

En este caso: Sí es oro todo lo que reluce. ARQUA

Si aplicamos la conocida regla de la inmunidad soberana, da igual dónde se encuentre un buque, “en cualesquiera aguas donde esté” se mantienen todos los derechos de propiedad del Estado que tenía cuando estaba operativo. Pero “aviso a navegantes”: esta regla se contiene en la Convención de la Unesco que no está firmada por Colombia por lo que, se antoja a priori un poco complicado que quede obligada por un pacto que no ha firmado. Y en principio podría responder, educadamente por supuesto, con aquello tan marinero de “vete al carajo” si le exige que aplique un precepto que no ha ratificado.

Con la venia de su Señoría

Dicen los entendidos que se avecinan grandes tormentas legales. Incluso los hay más expertos –y más pesimistas también- que hablan hasta de maremotos judiciales. Todo en sentido figurado, no se alarmen. Vaya que aquello de “al abordaje”, se traducirá en este contexto en largas sesiones ante los Tribunales para determinar qué Estado es el legítimo propietario de este galeón que de momento está tranquilo con todas sus riquezas en las profundidades marinas colombianas dónde un día de esos en los que se enfada Poseidón, allí quedó hundido.

Un precedente judicial: La Fragata Nuestra Señora de las Mercedes

Hace poco charlaba con uno de estos expertos y me dijo que la tendencia es optimista. Vaya que parece ser que el maremoto se podría quedar en una marejadilla no más. Me cuenta que ya los Tribunales han estudiado un caso parecido, el famoso “Caso Odyssey”: Toda una “odisea” judicial.

En otros países sí son legales las empresas dedicadas a buscar tesoros. Se pueden quedar con el botín a cambio de dar un porcentaje de lo recuperado al Estado. Y el objeto social de la empresa americana Odyssey era el de cazar tesoros. Todo, como les digo, perfectamente legal en su país que sí lo permite. Cuando hemos visto las películas de Indiana Jones, ¿quién no ha querido ir en la expedición con un arqueólogo de éstos?

Parte del botín. ARQUA. Cartagena

Pero en España este trabajo freelance del cazaterosos no es posible. El Código civil desilusiona un poco a todos los estudiantes de Derecho cuando dice aquello de que los tesoros valiosos no serán del dueño de la finca, sino del Estado. Eso sí, incluye algunas compensaciones económicas, que este código es muy equitativo.

Así las cosas, cuando la Fragata Mercedes cayó en la trampa de los ingleses y terminó en las profundidades marinas cerquita de Huelva, la empresa americana, con sus artilugios de geolocalización de la más alta precisión, la encontró y, claro también “sus riquezas”. Pero el Estado español ganó la batalla legal. El Tribunal declaró que el botín era propiedad del Estado español. En el juicio se acudió a la regla de la inmunidad soberana ya que la fragata era (y seguía siendo) de bandera española.

Estas dos ciudades, valen su peso en oro

Hoy esta maravilla se puede ver en el Museo Nacional de Arqueología Subacuática de Cartagena: monedas de oro, de plata, en sacos… ¡un tesoro en toda regla! Y es que, cuando se habla de tesoros, las dos Cartagenas tienen muchos, y no sólo me refiero a los botines de los barcos hundidos. Hay otros que se ven también, sin necesidad de inmersión. Basta pasear por estas ciudades. Yo tengo pendiente aún la visita a Cartagena de Indias, pero todo se andará… O buceará, según proceda. Porque hay otra regla de la Convención que declara la conveniencia de dejar el patrimonio allí dónde se encuentre. ¡Pleitos tengas!

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¡Agárrense que vienen curvas!

 

Reconozco mi pasión por los lugares que saben comunicar sin necesidad de palabras. Sobre todo cuando lo hacen los museos. Con un poquito de inteligencia por aquí y un toque de humor por allá, consiguen hacer entender un mensaje utilizando, en este caso, piezas de arte. Y lo mejor de todo, comprensible sin necesidad de saber idiomas ni de ser un experto en Picasso o Kandinsky.

Muy cerca tenemos una buena muestra: Los valencianos con sus fallas, rozan la perfección en esto de la narración de historias a través de figuras. Ya les digo, sobran las palabras ante los Ninots.

La línea curva en su máxima expresión

Con el círculo viajamos un poco más lejos, a Helsinki, concretamente al Museo del Diseño. Una de sus exposiciones las dedicó al inventor Eero Aarnio, gran amante de la línea curva. Y no piensen mal, por favor.

Este museo es de los que saben narrar sin palabras. Les cuento algunos de sus “trucos lingüísticos”: Antes de entrar, vas caminando tranquilamente por la calle y junto a la fachada “sin mediar palabra”, nos atrapa. ¡Vaya que si lo hace! La plaza que está junto al museo ya tiene unas réplicas de algunas piezas del museo colocadas sabiamente.

Al verlas, uno se pregunta: ¿Qué hacen aquí estos perritos tan monos? Así que, si uno iba caminando distraído, caerá enseguida en la cuenta de que el edificio que casi se pasaba por alto, “esconde” algo bonito. Bien es cierto que el edificio ya en sí lo es. Pero muchas veces, los que somos despistados corremos el riesgo de estar justo en el sitio y no darnos cuenta. Estos perritos hacen las veces del famoso: “Pasen y vean”.

Cuando “la joya de la corona” sale a tu encuentro.

En muchos museos la pieza más valiosa está casi escondida. Hay que recorrer plantas, salas, etc. para dar con ella. No sé si también les ha pasado a Vds., yo he llegado a perderme en estos laberintos de arte en más de una ocasión buscando una obra que me interesaba. No sucede así en el Louvre con “La Gioconda”, donde una multitud con sus cámaras nos avisa.

En este museo la cosa cambia: Es la pieza maestra la que tranquilamente se pasea a tu lado. Sí, como si fuera un visitante más. La joya de la corona es la famosa silla-bola. Hollywood tiene escenas curiosas –y muy sexys- con este sillón.

A su aire por el Museo. Y es que, con esas curvas... imposible pasar desapercibida!!

Su autor, Eero Aarnio logró sin ninguna línea recta, idear un cómodo asiento con apoyabrazos, reposacabezas y, por supuesto, su pie de apoyo. La belleza de la línea curva es la gran protagonista del sillón, que casi te abraza y te cobija a la vez. Hasta se puede jugar al escondite en ella y todo. ¡Cuánto ingenio Sr. Aarnio!

En el museo han sabido darle “la vuelta a la tortilla”: es ella, la silla-bola la que avanza contigo por las salas. Sí, en sentido literal. Para lograr este “recorrido del balón” a sus anchas por todas las salas, lo han colocado sobre una pequeña plataforma (redonda, como no podía ser menos) que se mueve con un sensor incorporado que detecta la presencia de los visitantes y, se va apartando para no chocar con ellos o con las columnas.

Esta colocación magistral permite verla por todos los datos y hasta parece estar dotada de vida propia, con este ir y venir a su antojo por el museo. Estuvimos las dos juntas un buen rato. Yo me entretenía haciéndola variar de dirección tan pronto detectaba mi presencia.

Vd. puede ser un artista, láncese.

El “broche final” está pensado para que ningún visitante –niño y adulto- se marche sin probar sus dotes como artista. Y es que, entre tanto diseño tan minimalista, siempre surge aquello de: ¡Esto lo haría cualquiera! Pues… dicho y hecho. Hay una sala especial para poder diseñar, colorear y dejar la obra expuesta en la pared. Uno sale sintiéndose casi un artista.

La despedida también, sin mediar palabra.

¿Le ha gustado el Museo? Encuestas sin necesidad de papel ni bolígrafo

Incluso al salir el museo te pide tu opinión. Te pregunta: ¿Qué le ha parecido?”. Y de nuevo, lo vuelve a hacer “sin mediar palabra”. Buen ingenio los de marketing: Al entrar, el ticket contiene una pegatina y en la pared de la escalinata de salida del museo hay pintadas unas caras gigantescas (a modo de emoticones). Desde el ceño fruncido hasta la sonrisa gigante. Y uno puede colocar esta pegatina según le haya gustado más o menos. El museo tiene así su encuesta y, el visitante que muchas veces no sabe qué hacer con la entrada, puede darle un uso provechoso.

Hoy no me queda otra que hacer mutis por el foro a modo de despedida. Ya me entienden. Y es que, ante el arte, sobran las palabras.

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Un japonés en Lituania

 

Sí, lo suyo es preguntar: ¿Qué se le había perdido por allí? Hay una historia preciosa detrás que tuvo lugar en el antiguo Consulado. Les presento a su protagonista, el Sr. Chiune Sugihara. De esos grandes hombres que dejan huella.

Con su permiso, entramos en “su casa”: la sede del Consulado. Es un chalet modesto, rodeado de un pequeño jardín. Hoy es un museo.

Despacho del Sr. Sugihara en el Consulado

Este diplomático por las mañanas, al otro lado de la verja, veía una gran cola de polacos que necesitaban un visado de tránsito para Japón. Se habían refugiado en Lituania tras la invasión alemana de Polonia. No podían cruzar Europa por la situación bélica. Así que, la única salida era casi dar la vuelta al mundo.

“Visados de vida”

Entre sus funciones diplomáticas, sólo podía expedir como máximo tres o cuatro visados al día. Más, sería cosa sospechosa. Pero la cola de gente esperando crecía. Eran familias enteras, con abuelos y niños. El Sr. Sugihara consultó con Japón si podía firmar más visados. Para no tensar las relaciones con Alemania, le denegaron esta autorización.

“La lista de Sugihara”: Más de 6000 judíos

Pero el Sr. Sugihara no se lo pensó dos veces. Firmó, no cientos, miles de visados. Trabajaba con su máquina de escribir hasta altas horas de la madrugada. Jugándose su vida. Se dio cuenta de que si no los firmaba, morirían. Estas familias no tenían dónde ir. Contradicciones tiene la vida: fue declarado persona non grata.

Y no paró de firmar hasta el último minuto. Incluso cuando tras la invasión de Lituania se decretó el cierre de las embajadas y consultados, se alojó en un hotel, esperando la salida del tren. Y, esos días allí alojado, hasta en la misma estación ya dentro del tren, seguía firmándolos y los entregaba por la ventana del vagón.

Visados de vida. Estampados en una pared del museo

Cómo resumía su trabajo.

Él entendió que hacía lo correcto. Cumplir con su deber, nada más. Nunca se sintió un héroe. “Eran seres humanos que necesitaban ayuda. Estoy contento de haber encontrado la fuerza para dársela”. Así, tan humilde, resumía su trabajo.

Hay un famoso proverbio judío: “Si salvas la vida de una persona, salvas el Mundo entero”. Muchas de estas familias, hoy casi setenta años después, aún guardan el visado entre los documentos más valiosos. Un papel que les salvó sus vidas.

Museo que toca el alma humana

Este museo no es de los lugares más visitados en Kaunas. Está fuera del circuito turístico de la ciudad. Así que, cuando tocas el timbre de la puerta, te reciben con un “pase por favor” con el que tienes la sensación de entrar más que en un museo, en una casa.

Cuando lo visité era la única española. Coincidí con un tour privado de japoneses y me uní a ellos. Me decían que en Japón estudian este personaje en las escuelas y lo quieren como si se tratara de un angel.

Exterior del museo. Fotografía de Ayako Tackeuchi

Dicen que las comparaciones no son cosa buena, pero a mí me recordó al empresario alemán Sr. Schindler.

La historia llamó la atención de un productor de Hollywood que la adaptó al cine. Después de terminar el rodaje todos los actores acudieron a visitar este museo. Algunos, me decían los guías, salieron con los ojos brillantes. Y es que este museo es de esos que te tocan el alma.

Algo parecido sucede en la casa de Ana Frank en Amsterdam. Y es que como dice el premio Nobel Orhan Pamuk “estos pequeños museos revelan historias individuales, cotidianas pero tienen el alcance de reflejar lo más profundo de la humanidad”. Son las dudas propias del quehacer humano. Pues, ¿quién no ha tenido alguna vez el dilema de si está haciendo lo correcto o no?

Y al ver la situación actual de los refugiados, me pregunto: ¿Quién dijo que los museos son cosas del pasado? ¿Cuántos Sugiharas habrá ahora en Turquía?

 

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Conversaciones con mi jardinero

 

El destino de nuestro viaje nos lleva a un rincón en pleno centro de Madrid, al centro de arte CaixaForum. Y lo vamos a conocer a través de dos conversaciones.

Un rincón que se conoce a través de las palabras

Promesas que sorprenden.

Los arquitectos insistían una y otra vez, muy seguros de sí mismos: “Que sí, que vamos a crear una plaza diáfana, con una gran zona verde y, por supuesto vamos a respetar la idiosincrasia del edificio industrial antiguo”.

Los propietarios, escuchaban algo incrédulos, pues no terminaban de imaginar que en una zona de calles estrechas, sin ninguna plaza, sin zonas verdes y con una fábrica, fuera posible esta promesa.

Y se hizo el milagro tras aquella charla.

Finalmente el pliego con todas estas condiciones de futuro se firmó. Y los arquitectos cumplieron con lo estipulado. La sensación de estar en una plaza diáfana lo han conseguido liberando de construcciones toda la planta baja, con la sola excepción de la caja de escaleras. El edificio comienza en voladizo en la primera planta.

También respetaron las restantes cláusulas pues se ha mantenido la fachada de ladrillo visto de la antigua industria (una central eléctrica). Y lo mejor de todo, “ha brotado” un verdadero jardín allí donde nadie pensaba, donde no había terreno, donde la línea vertical no daba ninguna pista de que sería el parterre de un edén.

Conversaciones interesantes

Parece que estás caminando dentro de un diamante gigante.

El caso es que he visto muchas exposiciones interesantes en el interior de CaixaForum. Es casi una parada de esas obligadas cuando viajo a Madrid. El acceso por la escalera de caracol es una “auténtica joya” pues a mí siempre me parece estar en el interior de un diamante. Pero aún esta bonita acogida que te anima a entrar, sigo pensando que la verdadera obra de arte está en el exterior. El protagonista que te paraliza antes de entrar. Sí, sí hablamos del jardín.

En ocasiones el arte se escapa fuera de los museos.

Un botón de muestra es justamente este jardín vertical. A mí me encanta hablar con los “artistas”, en este caso con los jardineros.

¿Una pared? ¿Un jardín? No. Se trata de una auténtica obra de arte.

Estos jardineros cuentan ya con tanta experiencia que el botánico que ideó el mural les ha dado carta libre. Patrick Blanc vino inicialmente pero ahora, son ellos los que van diseñando, según qué época del año sea, variando las formas, los tonos… Vaya que se trata de una obra de arte verdaderamente “viva”. Con la ayuda de un vehículo “tijera”, van “podando” el boceto vegetal hasta el punto más alto.

Al principio ellos mismos no creían que pudiera mantenerse el verdor desafianzado la línea horizontal de todo jardín. Pero luego, cuando han visto crecer algunas plantas más de un metro y medio, saben que la naturaleza puede con los retos más difíciles. Eso sí, en verano con el sol, es cuando el mantenimiento de la obra es más delicado. Y estos expertos toman sus precauciones con plantas más resistentes.

En estas charlas siempre me cuentan algunos trucos propios de la maestría de todo artista. Uno de ellos es que allí donde no llega el ángulo de visión de las cámaras de seguridad los amigos de lo ajeno aprovechaban para llevarse un trozo de esta obra de arte. Ahora en este lugar, ponen las plantitas más feas y, claro, ahí se quedan. Ya no resulta tan tentador aquello de arrancarlas.

La parte trasera de este “lienzo” esconde dos puertas para poder dejar dentro todos los utensilios. Y también hay una escalera interior para poder “trepar” por el jardín. Es complicado subir por ella, según me dicen.

Recién puestas las bolsitas, hay que fijarse bien para verlas. Pero ya, cuando han pasado unas semanas y las plantas han crecido, me animan orgullosos a que las toque y así comprobar “los gorditas” que están las plantas. El sistema de riego por goteo –con sus vitaminas y todo- aporta también su parte a este crecimiento.

Cada vez que veo a los jardineros me regalan una de estas bolsitas que van poniendo y cambiando. Son los parterres sui generis de estas plantas. Se trata de un trozo de tela de textura parecida al fieltro, del tamaño de media cuartilla que retiene un poco la humedad y sujeta la planta. Si se acercan un poco a esta pared artística se pueden ver con mucha facilidad. Me insisten para que en mi casa comience con mi propio jardín vertical. En ello estoy aún.

El verdor que no cesa

Tengo que ir a ver otro jardín que también cuidan los mismos jardineros, mucho más pequeño en la planta veinticinco de uno de los edificios del norte de Madrid. Ahí el reto, me cuenta el “artista” ha sido aún más complicado, porque ahora no es sólo la línea vertical sino que además, está en el interior, allí donde el sol no choca directo. Pero a un artista, los retos… ¡los que sean!

Pues sí, hablando se entienden -también- los lugares.

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Sobre el autor Inma

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