La Verdad
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Categoría: Versión policial
Manifiesto contra el puritanismo

Los menores de 14 años son inimputables. No se les puede pedir responsabilidad penal por sus actos, por muy deleznables que nos puedan parecer. Es decir que la ley entiende que, antes de los catorce, uno no tiene capacidad para saber lo que hace.
Los menores de 16 años, después de la última reforma, no pueden decidir si mantienen o no relaciones sexuales. Su consentimiento es irrelevante y el acto sexual se considerará violación, agresión sexual o abuso en cualquier caso.
Ello supone que entre los 14 años y los 16 años, uno será responsable de los delitos que cometa y sin embargo la ley no le reconocerá a uno la madurez suficiente para decidir si quiere o no mantener relaciones sexuales.
El legislador pensaba, se entiende después de consultar con expertos, que los chicos (los delincuentes menores son principalmente chicos) con más de 14 años ya son conscientes de las consecuencias de sus actos, mientras que una chica ( los menores abusados son mayoritariamente chicas en la mente del legislador) no tienen capacidad para decidir si pueden o no ejercer su libertad sexual. Este es un ejemplo de despropósito, de nuestro propio código penal, que ilustra perfectamente la denuncia del manifiesto de la polémica contra el puritanismo actual. Me estoy refiriendo al manifiesto que ha firmado la actriz francesa Catherine Deneuve.
Desde hace más de dos décadas las mujeres se han convertido, en los medios de comunicación, en víctimas perpetuas, que alimentan los programas matutinos de televisión. En lugar de controlar que se respete la legalidad en los procesos de selección o de ascenso, que las mujeres tienen sobrada capacidad para superar (incluso en política), condescendientes, se inventan cuotas. Nos visibilizan de pronto pero para presentarnos como seres indefensos que no pueden ser ofendidos y que han de vivir en una burbuja de cristal sin maldad, celos, ni violencia y a los que las Instituciones han de proteger, incluso de ellas mismas, ya que las pobrecitas mujeres no saben lo que hacen cuando se enamoran.
Para qué nos sirve elevar la edad para poder disfrutar de nuestra propia vida sexual, en un mundo en el que las niñas(da igual su clase social), por una resurgida idolatría al machote y a su falo, se dedican a realizar felaciones en las puertas de las discotecas, sin recibir nada a cambio, salvo el desprecio del que se ha beneficiado de ellas y que encima las ha grabado con el móvil.
La sociedad no puede mostrarse impasible ante la violencia sexual pero hacer creer que judicializar la convivencia es la solución es tan falso como decirle a una mujer maltratada que con la denuncia todo se soluciona. Es la mujer la que ha de participar activamente en las decisiones que ha de tomar. Para ello es necesario que estas desmitifiquen a los hombres y que, sin convertirlos en verdugos, comprendan que pueden vivir sin su tutela y sin renunciar a su propia vida sexual. Y sobre todo que no se dejen intimidar. Ser mujer ha de dejar de ser sinónimo de sacrificio, de sufrir en silencio y de mala conciencia. Vivir en una sociedad, por muy civilizada que sea, es asumir responsabilidades y riesgos, si se quiere vivir en libertad. Porque los salvadores de la patria  y los cuentos de hadas no existen. Al menos no como nos los han contado en la infancia o como nos quieren hacer creer los adictos a la indignación y al maniqueísmo.

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Cachorrillos inexpertos y metepatas

¿Pero dónde están los intelectuales, los artistas, los emprendedores, los visionarios de esta Región?
¿Por qué no defienden su tierra y su gente, de aquellos que se empeñan en cubrir nuestra comunidad de un velo de estupidez e ignorancia?
En un programa de televisión y ante miles de espectadores, ansiosos por inaugurar las fiestas, todos pudimos oír:
– “Yo soy la pelagambas de mi casa.
– ¿Tú chupaa laa cabezas?
– ¿Cómooo?
– ¿Qué si tú chupaa laa cabezas?
– No te entiendo.
– ¿Que si tú eres la que chupa laa cabezas de laa gambas en tu casa?
– No. No. Por Dios, yo solo soy la pelagambas.”
Con todo lo que se están gastando los ayuntamientos en boato, luces, cánticos y dispositivo policial, en estas Navidades, este es el nivel.
Si lo unimos a la presencia de algunos impresentables en los diferentes programas de las televisiones publicas y privadas, que se “jartan” de decir que son murcianos y que presumen de su ignorancia, de su tufillo machista (incluido las mujeres), de su perfil religioso y supersticioso y de su hablar trabalingüístico, la imagen de Murcia, en este año que termina, ha quedado en entredicho. Solo faltaba oír como un responsable político, llama “mataos”, en las redes sociales, a unos vecinos, que convencidos de ser engañados, llevan meses  protestando a diario contra el cierre de la vía, que une su barrio al resto de la ciudad.
¿Pero dónde están los intelectuales, los artistas, los emprendedores, los visionarios de esta Región?
¿Por qué no defienden su tierra y su gente, de aquellos que se empeñan en cubrir nuestra comunidad de un velo de estupidez e ignorancia?
Lo cierto es que los corruptos van dejado las riendas de las Instituciones en manos de sus engreídos cachorrillos, inexpertos y metepatas, que siguen mendigando agua y defendiendo el despilfarro en infraestructuras de sus antecesores, mientras se conforman con migajas.

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Caza de brujas y matonismo virtual

Es cierto que, al escribir, nos auto censuramos y que, al corregir, eliminamos aquello que no nos parece adecuado dejar por escrito. Después llega otra censura que es la que nos impone nuestro entorno y nuestras circunstancias personales, en el momento en el que escribimos, y que tiene que ver con lo políticamente correcto y con las consecuencias que lo escrito nos puede acarrear.
Pero con las redes, ambas censuras ya no parecen necesarias. Frente al teclado, todos opinamos sin tener conocimientos sobre el asunto en cuestión y sin haber contrastado los datos que se manejan. Se espera, aun dejando muertos en la cuneta, conseguir a cambio a muchos seguidores y una infinidad de “me gusta”. Esto nos hace felices. Todo vale para ejercer el derecho a la indignación y la disidencia. Para colmo, si alguno de nuestros followers nos lleva la contraria: lo eliminamos o lo bloqueamos sin titubeo. Así se llega al linchamiento, en las redes, donde no existen normas preestablecidas, ni sanciones aparejadas a comentarios ofensivos. Es una censura horizontal en la que todos somos Jueces. La poscensura es además arbitraria, aun diciendo las mismas gilipolleces, no se sanciona a todo el mundo por igual. El concepto de víctima se va diluyendo en las redes, por que esas víctimas se convierten también en linchadores, cuando se les presenta la ocasión. Los que ejercen de defensores de la libertad de expresión y del diálogo se vuelven a su vez radicales cuando se les ataca a ellos y recurren sin pudor a tirar de antecedentes, para afearle a alguien su conducta, utilizando, por ejemplo, sus comentarios en la red, con carácter retroactivo. Así todos vivimos en una ficción en la que después de enfadarse o poner a caldo a alguien  nos vamos tranquilamente al gimnasio o a llevar a los niños al colegio. De esa manera tenemos todos la sensación de estar haciendo algo por la sociedad cuando en realidad no estamos haciendo nada.
¿Cómo se puede medir la ofensa en las redes? Esta va a depender de la capacidad de organización de la víctima, es decir del número de internautas que le va a apoyar. Pero también de que dicha ofensa pueda servir a algún colectivo para sus intereses. También es verdad que existen ofendidos de primera y de segunda. El ataque a negros y mujeres es imperdonable, sin embargo las descalificaciones de políticos y policías se perciben como aceptables y naturales. (Bueno los policías actualmente han ganado puntos)
En las redes sociales no gustan las posturas intermedias: “o estas conmigo o estas contra mí”. Si se critica a la derecha uno es necesariamente de izquierda y si uno critica a la izquierda ha de ser obligatoriamente de derecha. Lo de la crítica constructiva te convierte en sospechoso y ya no tiene sentido en el Internet de rápido consumo. A golpe de pantallazos se hacen públicas conversaciones que tendrían que haber quedado en el ámbito de lo privado. En verdad estas tienen el mismo valor que las barbaridades que uno dice, acodado en la barra de un bar. En todo caso habría que perseguir a quien las ha hecho públicas. A pesar de que la información solo interese durante unas horas o minutos y se ha convertido en un pasatiempo, la condena digital es una condena perpetua que permanece en la red y que puede afectar a las oportunidades de encontrar trabajo por ejemplo. También los sentimientos son efímeros y ficticios, sin embargo, paradójicamente, pueden derivar en fanatismo.
Ahora que nuestros conocimientos sobre la historia son nulos, muchos a sabiendas, aplican los estándares del siglo XXI a la historia y ello permite el adoctrinamiento y el desencadenamiento, a golpe de repetición y expansión, de unas corrientes de opinión que rozan la estupidez.
Con esa tendencia a censurar y a vivir en nuestra propia burbuja, que google y facebook han contribuido a perfilar para nosotros, vamos camino de cargarnos la libertad de expresión con mayúscula. (Esa que nada tiene que ver con el derecho a decir estupideces y barbaridades.)

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Protocolo y propaganda política

Existe una técnica, muy útil para la creación de personajes de ficción, que tiene que ver con una teoría psicológica, que clasifica a las diferentes personalidades, en colores. Estas tipologías, que no son ni buenas ni malas, nada tienen que ver con la ideología. (O tal vez sí). De forma muy burda les diré que:
El rojo se caracteriza por ser decidido y por ello un solucionador de problemas. En ocasiones se muestra brusco e incluso violento, cuando pretende conseguir su meta. Es competitivo y exigente y poco dado a la duda, por lo que a menudo peca de arrogante e intransigente.
El amarillo facilita la interacción social. Acostumbra a ser dialogante y persuasivo, al inspirar confianza. Su entusiasmo le lleva a ser en ocasiones indiscreto y parlanchín. Se caracteriza por su creatividad y su independencia, que le lleva a ir a lo suyo ( a su bola) y a ser a menudo imprevisible.
El verde es una persona reservada, que no suele destacar. Es tranquilo y se toma su tiempo antes de actuar. Muchas veces se muestra inexpresivo y resulta difícil saber lo que piensa. Es meticuloso en sus tareas, callado, sacrificado y se preocupa por los demás y por el entorno. Acostumbra a ser bastante testarudo y de idea fija.
El azul se describe como perfeccionista y cerebral. Suele ser reservado y muy disciplinado. Se guía por la lógica, por lo que tiende a ser previsible y poco flexible. Se presenta como una persona seria y recta, que sabe mantener la calma, y que es difícil de alterar.
Claro está, que salvo excepciones, nadie es puramente de un solo color. Pero lo cierto es que para que un relato de ficción sea creíble, es decir que sea como la vida real, ha de aparecer entre sus personajes las cuatro tipologías de personalidad, que se han descrito.
Aplicado lo dicho a las organizaciones policiales, algunos tendrían la tentación de seleccionar exclusivamente a policías azules, candidatos idóneos para acatar el “ordeno y mando” y tal vez para integrarse en grupos antidisturbios. Pero ello solo conseguiría una rigidez en las actuaciones, una imposibilidad de evolución y adaptación al cambio y una nula interacción con el tejido social.
Si todos los policías fueran rojos sería la debacle. Esto es lo que ha ocurrido en algunas plantillas de policía local de la Región, donde “manda marinero y no patrón”.
Sin embargo, si todos fueran amarillos o verdes, las organizaciones policiales serían otra cosa, al dejar de cumplir esa función coercitiva, que a pesar de ser impopular, es la que las hace necesarias.
Por ello es imprescindible, en  nombre de la excelencia, un equilibrio en la selección de los integrantes de las plantillas. A no ser que solo interese la presencia de agentes visibles, cuya única misión sea contentar la arbitrariedad de los vecinos, y ser un instrumento, azul, para el protocolo y la propaganda política.

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La estafa de la novia rusa

Se había decidido a acercarse a comisaría.
Hacía dos años que chateaba con John Mac Laren, general del ejército de los Estados Unidos. Lo conoció por Internet y allí fue creciendo su amor virtual. Él le había confesado que, después de una brillante carrera militar, se había decepcionado de un mundo tan desagradecido y que estaba dispuesto a retirarse a un país como España, de buen clima y buen comer.
La mujer le mandó un dinero para que pudiera viajar a su retiro dorado, que ella le podía ofrecer. Su nuevo amor le hacía llegar fotos de uniforme, en el gimnasio, en su jardín y haciendo bricolaje. Ella admiraba su físico atlético, sus músculos turgentes y esa cara, marcada por la experiencia, de hombre de palabra. Cuando John le explicó que le resultaba imposible vender su casa, ella no dudo en proporcionarle dinero para que no llegara a España con las manos vacías. También se brindó a ayudarle con su anciana madre, que el militar debía de dejar en un asilo, antes de iniciar su nueva vida y desde luego, como hombre de principios, no estaba dispuesto a abandonarla en una residencia cualquiera.
Todo estaba preparado para el encuentro de los dos enamorados, cuando él le escribió alarmado, explicándole que le tenían retenido en el aeropuerto, por una deuda que había contraído con un hospital en el que, años atrás, le habían operado por un accidente de tráfico.
Ella le hizo llegar, sin pensarlo, unos 20.000 euros más, ya que no iba a renunciar, por un último contratiempo, a su felicidad.
Cuando John Mac Laren contactó con ella para pedirle que abonara un rescate por su hijo, que acababa de ser secuestrado en Irak, a ella ya no le quedaban ahorros, había gastado 180.000 euros, en su aventura americana. Pero no pensaba dejar a John en la estacada. Por eso se había personado en comisaría para que la policía le ayudara a recuperar al hijo desaparecido.
Le había contado su historia a unos policías de la oficina de denuncias. Ahora no entendía por qué le hacían esperar para entrevistarse con el responsable del grupo de delitos tecnológicos.
Este viejo truco funciona también con hombres que creen haber encontrado, en las redes, el amor de una voluptuosa Natacha, que dice querer salir de su país de origen para entregarse al amor, en cuerpo y alma. Mientras los engañados se emocionan, sufren, desesperan y se rascan el bolsillo, los mafiosos cuentistas van urdiendo su estrategia a través del chat para ir desplumando, por fascículos, a sus víctimas.

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Le pese a quien le pese

Se acabó. Está llegando el fin de esa maquinaria mal engrasada y compleja que es la Administración de Justicia. Es el fin del Estado de Derecho. A partir de ahora todo se va a dirimir en las redes sociales. Serán las masas histéricas, desinformadas y, se supone, bienintencionadas las que van a decidir quién tiene razón en un litigio. Especialmente en los asuntos que atañen al corazón.
Si ya era absurdo aceptar que un señor togado tuviera que decidir sobre el porvenir de nuestros hijos, imagínense ahora que lo haga una turba manipulada, que carece de un mínimo de información contrastada y que se deja condicionar por rumores y por sus propios sentimientos y frustraciones.
Llegado a este punto, cada parte en conflicto deberá defender sus intereses haciendo campaña. Quien tenga más medios y haga más ruido y más convenza a una mayoría más amplia de gente, se llevará el gato al agua.
Toda técnica de persuasión, desarrollada con maestría y sin pudor, que recurra a los sentimientos, los prejuicios y la pasión y como no a la ideología, encontrará siempre el apoyo de individuos y colectivos dispuestos a manifestarse, gritar consignas, ingeniosas y pegadizas, y promover iniciativas, a cual más peregrina y descabellada.
Se sustituirá así un sistema imperfecto de justicia por otro más costoso, arbitrario, plañidero y sustentado en los prejuicios mayoritarios del momento o en intereses ocultos e inconfesables de grupos de presión o poderes fácticos.
Los políticos hace tiempo que se dieron cuenta del poder de la información manipulada.
En esta sociedad del enemigo tal vez haya llegado el momento de castigar a los mentirosos. Faltar a la verdad, cuando se tiene una responsabilidad de tanto calado, tiene que tener sus consecuencias y no solo en las urnas. El Gobierno regional, en los últimos años, le ha dado el papel de Pinocho a un ex profesional de los medios al que admiro como tal. Pero lo que más “me toca los cojones”,(la expresión es intencionada), es que se haya elegido a una mujer para ese papel de villano.
Este verano las Instituciones se han propuesto, como objetivo, convencer de que: “Murcia va bien y subiendo”. Si leen la prensa escrita, diferentes responsables políticos insisten en que el turismo en la ciudad de Murcia, ¿pese a quien le pese?, ha crecido espectacularmente en verano. Los que hemos trabajado en el mes de agosto, recorriendo todos los recovecos del municipio, hemos sufrido una ciudad fantasma donde a determinadas horas (aviso esto es una descripción, sin valoración, ni menosprecio) solo transitaban  por las calles: yonkis, guardacoches borrachos, negros, mujeres con hijhab, algún que otro anciano y como excepción cuatro turistas que, hospedados en la Manga, habían decidido darse una vuelta por una ciudad desierta, donde lo poco o mucho que se puede visitar estaba “close”.
(Resaltar también que en la capital se han quedado todos los rateros de poca monta, que, al no haber prosperado, no han podido disfrutar de vacaciones. Para más inri, y debido a su torpeza natural para el delito, han terminado detenidos y veraneando en los calabozos.)
Pero claro esto es totalmente subjetivo, y percibido por una simple currante. Seguro que alguna estadística podrá servir, le pese a quien le pese, para corroborar cualquier versión oficial.

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Sobre el autor sargento emilia
Sigo con mi "Versión Policial" en un intento por destripar una realidad urbana que el ciudadano en ocasiones apenas intuye. Con "Ficción Literaria" les hago partícipes de mis devaneos con la escritura. Más en mi blog titulado Sexo Exprés emigonzaga.blogspot.com

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