La Verdad

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Categoría: Versión policial
Yno mea bisto

“Benia porla iquierda i otro coche que iva alotro lao sea cruzao sin ber que llo salia del parcamento. Es suculpa iva a muncha velocida yno mea bisto”.
Este es un ejemplo de las declaraciones  que hacen los implicados en accidente de tráfico, ante las Policías locales, cuando los accidentados tienen que escribir  in situ,   de su propio puño y letra y  añadiré, para que no haya dudas,  sin  estar bajo la influencia de bebidas alcohólicas. Esta escritura de oído  no sería grave si estas frases las hubiera escrito un viejecito perteneciente a la España analfabeta, de hace varias décadas. Pero lo sangrante es que dichas declaraciones las firman jóvenes entre los 16 y 40 años que visten a la última y que presumen de sus teléfonos móviles  o cincuentones,  con coche de alta gama, que suelen vacilarle  al policía.
Si a ello se une: las tasas de abandono escolar, los datos de consumo de alcohol y de sustancias estupefacientes en la Región de Murcia y el hecho de que el 30% de los profesores confiesa que no le gusta la lectura, el resultado  es que nuestros políticos, que se gastan millones en propaganda y en adular a sus votantes,  se pueden sentir orgullosos del nivel de la población que pastorean
Lo más fácil es echarle  la culpa a los docentes o al sistema, como hacen ahora los nuevos salvadores de la patria.  Pero miren ustedes, por hablar de lo que yo conozco, con la educación para todos que tendría que haber beneficiado a todos, cuando en una Policía asciende un mando que es analfabeto funcional o tropiezas con un policía apático y sin vocación, el responsable no es el funcionario público que aporta sus pocas o ningunas capacidades y su savoir o su non savoir-faire. Los responsables son aquellos, que con la complicidad de los sindicatos, establecieron los métodos de formación, los criterios de selección y  finalmente  los que  puntuaron a los elegidos.
¿Otra vez los políticos? Si pero con la complicidad de una ciudadanía que se deja camelar con promesas e iniciativas chorras, que todos aplauden en los periódicos, sin ser consciente de que van a contribuir, una vez más, al lucro de ciertos bolsillos. (Desmantelan la sanidad pública pero compran desfibriladores: biennnnn)

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Miedo a la barbarie

Mientras tronaba y diluviaba en el cielo de Madrid, sentados en torno a unas cervezas, un periodista peruano nos hablaba de sus miedos. De esos miedos de una infancia vivida bajo una férrea dictadura, en la que un pueblo entero temía ser secuestrado, torturado y asesinado. Nos hablaba de las desapariciones, que sembraban el terror, y de las violaciones de domicilio, que solían producirse preferentemente de noche cuando el ser humano se siente más indefenso. La libertad de expresión, que en España según él no parece valorarse, era entonces  para los peruanos una utopía que no tenía cabida ni en los círculos más íntimos por miedo a ser denunciados o a sufrir represalias en propias carnes. Lo más angustioso de dicha situación era, según relataba, que toda esa violencia la originaba o la consentía impunemente el propio Estado. Otro periodista que nos acompañaba, corroboraba ese escenario de miedos, si bien refiriéndose a Colombia, su país, actualmente uno de los más inseguros del mundo.  Describía el terror,  con voz pausada y sin indignación, dejando patente una impotencia ya cronificada. Después de setenta años de conflicto hablaba de su patria con desesperanza y tachaba  a sus habitantes de gente resignada que no sabía vivir de otra manera. De hecho estaba convencido de que sus ciudadanos no concebían un mundo  sin guerra y sobre todo sin inseguridad y sin miedo. De ahí, explicaba él, que la consulta mediante referéndum hubiera resultado contraria a la paz. Esa palabra no tenía significado para los colombianos, al igual que no lo tenía el premio Nobel otorgado al Presidente del país. El periodista entendía que sus compatriotas  necesitaban de esa adrenalina aunque él era consciente de que tal afirmación no podía ser entendida desde la poltrona europea. Así cualquier movimiento de la vida cotidiana y cualquier desplazamiento por el territorio colombiano resultaba incierto y se convertía en un riesgo para la vida y la integridad física.
Estos dos periodistas llevaban años refugiados en España después de huir de sus respectivos países por razones políticas. Todavía decían no haberse acostumbrado a esa seguridad jurídica que es un de los cimientos de nuestra democracia.
Ahora, ambos coincidían en afirmar que  les toca a los europeos, que durante años han vivido en una burbuja, sentir esos miedos. Miedo a perder el empleo y quedarse sin recursos, miedo a ser desahuciado y arrojado a la calle, miedo a la corrupción y a sus arbitrariedades, miedo a los populismos revanchistas, miedo a la violencia gratuita, miedo a la inmigración, miedo al fanatismo religioso, miedo al terrorismo indiscriminado…

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Niños alquilados

Las calles de Murcia se habían inundado de prostitutas negras que las mafias nigerianas habían introducido en el país. Mayoritariamente anglófonas, las mujeres, con su color de piel, sus pelucas artificiales, sus labios carnosos y sus poderosos traseros ceñidos en lycra, revolucionaron a una clientela ávida de novedades. Pronto los servicios de urgencias de la ciudad, que tuvieron que atender varios desmayos y hemorragias vaginales, quedaron horrorizados al comprobar que estas prostitutas, que seguían trabajando cuando se quedaban embarazadas, continuaban haciéndolo recién paridas. Tantos las administraciones de protección, como las fuerzas y cuerpos de seguridad se pusieron manos a la obra para intentar entender cual era el destino de estos niños que desaparecían  al nacer. Tráfico de órganos, adopciones ilegales, pederastia: cualquier hipótesis podía ser válida.
Ahora se sabe que algunos de los niños africanos, que desembarcan en las costas del Mediterráneo, son niños alquilados. Las mafias, dentro de los servicios que ofertan, facilitan, a las mujeres que se suben a las pateras, la posibilidad de disponer de un bebé de corta edad para que las acompañe en su travesía. Es un plus, por el que deben pagar, y que les  garantiza el ser  acogidas en el país de destino. Estos niños pueden llegar a ser una y otra vez embarcados, con el riesgo que ello supone para sus vidas, al volver a ser recuperados por las mafias una vez que se han cumplido con todas las formalidades administrativas exigidas para la acogida.
Esta práctica no es nueva en España. Hace varias décadas  se pudo comprobar que se alquilaban niños para ejercer la mendicidad. Niños, que al igual que ahora, eran sedados para que no supusieran ningún contratiempo. También se detectó que determinados colectivos alquilaban disminuidos físicos y psíquicos a unos padres sin escrúpulos para que la administración no sacara de las viviendas a familias que las habían ocupado ilegalmente. Actualmente los niños alquilados para surcar el mar son de todas las nacionalidades por que el negocio es rentable. Ante la avalancha de inmigrantes, que llegan en pateras, resulta difícil detectar a esos niños que forman parte de tan inhumano kit de viaje.  En ocasiones los rescatadores entrenados pueden comprobar como algunos de los náufragos no reconocen al niño que les acompaña. No saben su sexo ni tampoco pueden aportar datos  sobre su historial médico. Asustados, viven la situación de rescate sin mostrar interés por la supervivencia y el cuidado de su supuesto retoño, que desembarca completamente indefenso.
Dicha práctica ha  obligado a las Autoridades a comprobar el ADN de los niños para cotejarlos con los de los padres cuando existen sospechas sobre su maternidad e incluso su paternidad. Han de ser reseñados con fotografías e impresiones dactilares, lo que supone un protocolo difícil de cumplimentar y un coste importante que las oleadas de inmigrantes acompañados hacen imposible de asumir.

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El tren: progreso o verdugo

Las escenas de accidentes ferroviarios no pueden ser más desagradables. A lo largo de treinta años de servicio, estas no han dejado de repetirse, con bastante frecuencia, en las proximidades de la capital murciana. El ferrocarril, tradicionalmente menospreciado, discurre al aire libre y se va adentrando por el sur, en una ciudad en expansión que va devorando su huerta. En Murcia, las vías pueden franquearse mediante pasos a nivel ya sin vigilancia que los peatones y  sobre todo los ciclistas no suelen respetar y que son responsables del colapso de tráfico cada vez que se bajan las barreras. Con la crisis, que ha destapado la corrupción masiva en torno a la construcción de grandes infraestructuras, la necesidad de soterramiento ha dejado de ser prioritaria,  a pesar de las continuas protestas ciudadanas. Estas, protagonizadas por un puñado de vecinos, tienen lugar todas las semanas ante la indiferencia de una ciudad poco dada a las reivindicaciones. Los afectados se manifiestan cortando las vías y  en ocasiones deteniendo los trenes que pretenden acceder a  la vetusta e incómoda estación del Carmen, en cuyos aledaños el tiempo parece haberse detenido. El ferrocarril, con sus músculos de acero, se ha convertido así, a lo largo de los años, en un verdugo implacable.
Las muertes ferroviarias son el resultado  de  imprudencias originadas por la creencia de que las desgracias sólo les ocurren a los demás y de que la tragedia no tiene cabida en una rutina amenizada por las prisas. Pero también  son  el fruto de pensamientos luctuosos que conducen al suicidio, cuya estadística con la crisis se ha disparado junto a otros comportamientos violentos. Esos suicidios tienen lugar especialmente en determinadas épocas del año en las que el clima, combinado con la depresión y la soledad, resulta letal. En estos casos, la elección del tren como instrumento para acabar con la propia vida, por su contundencia, resulta especialmente cruel cuando el cuerpo termina mutilado o  hecho picadillo. También, por sus   repercusiones mediáticas, arrojarse a las vías se puede interpretar como un último intento del fallecido por comunicarle, a la familia o a la sociedad, su responsabilidad en el suicidio. Como forma de venganza o por desesperación, recurrir al atropello es una prueba evidente de la determinación de la víctima que pretende asegurarse de que tal decisión no quedara en tentativa.
En la Región, dicho recurso, que no requiere premeditación ni puesta en escena, es utilizado por las mujeres habitualmente más propensas a la ingestión de venenos o fármacos y a la precipitación desde la propia vivienda. También la vía férrea es el instrumento elegido por los hombres que en la mayoría de los casos  suelen acabar con sus vidas recurriendo, a menudo en lugares públicos, a diferentes técnicas de ahorcamiento y en alguna ocasión a la utilización de armas de fuego, cuando tienen acceso a ellas.
¿Tren: progreso o verdugo? Del soterramiento depende 🙂

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De felicitaciones y condecoraciones

Voy a contarles una anécdota que me ronda en la cabeza cada vez que se habla de galardones. Lo ocurrido tuvo lugar, en este siglo, durante la férrea dictadura administrativa, y curiosamente también económica, del Alcalde Cámara. Estaba diluviando y junto a otro compañero procedimos a colocar vallas para impedir la entrada de vehículos al túnel subterráneo del Rollo, que se estaba inundando. Un conductor, que al parecer tenía prisa por llegar a casa, ignoró la señalización y se adentró en el túnel, anegado ya con veinte centímetros de agua. El hombre se quedó pegado al volante sin poder continuar su ruta, mientras el agua seguía subiendo a velocidad de vértigo, alcanzando ya las ventanillas del turismo. Se pidió ayuda a dos testigos para intentar sacar el coche a empujones. Pero, mientras contemplaban la escena, se negaron a colaborar alegando que llevaban en el bolsillo móviles de más de 600 euros y que no estaban dispuestos a sacrificarlos para salvarle la vida a nadie. A pesar de ello, se consiguió sacar en volandas al conductor, que se encontraba en estado de shock, mientras algunos de los curiosos, allí concentrados, tomaban fotos de la intervención, bajo un manto de agua.

Al día siguiente me llamaron a un despacho. Las fotos, donde se veía a dos policías locales con el agua hasta el cuello,dentro del túnel convertido en una balsa, habían llegado a las redacciones de los dos periódicos locales que habían creído oportuno ponerlas en portada como muestra del diluvio que había asolada la capital, el día anterior. Se me pidió que identificara a los dos policías que aparecían en las fotografías, rescatando al conductor despistado. Al parecer el Consistorio tenía mucho interés en felicitar públicamente a los dos policías, con bombo y platillo. Sorprendida, expliqué que uno de los agentes que aparecía en la imagen era uno de mis sufridos policías de tráfico y que el segundo, que llevaba un impermeable con capucha, era una servidora. Se hizo un silencio embarazoso y no pude evitar sentir un poco de pena al ver como mi implicación en el rescate les desmontaba el chiringuito mediático que habían ideado para mayor gloria del Cesar local. Como ya habrán imaginado, nunca más se supo de la felicitación. No se le dio ninguna publicidad a la intervención policial y la supuesta hazaña quedó en el olvido, incluso dentro de la policía.

La libertad de expresión es uno de esos derechos que hace posible nuestra Democracia. Aunque no sean conscientes de ello, sus consecuencias benefician a muchos, que nunca mejor dicho, no necesitan mojarse con sus opiniones. Pero raras veces esa libertad resulta provechosa para el que la ejerce, de ahí la incomprensión de los que integran tu entorno más próximo que no entiende ese anhelo tuyo de complicarte la vida, con tu testimonio. Dirigido a los que han tomado el relevo de la política murciana y a mis compañeros policías de cualquier escalafón y cuerpo que no deben de olvidar que están al servicio del Estado de Derecho, escribo este artículo, siguiendo con mi ingenuidad terminal, para pedirles que suscriban las palabras de mi amado Voltaire que tuvo la inteligencia de asegurar: “NO ESTOY DE ACUERDO CON LO QUE DICES PERO DEFENDERÉ CON MI VIDA TU DERECHO A EXPRESARLO”
Aprovechando que el día 17 de marzo es San Patricio, patrón de la policía local de Murcia, permítanme transmitir mi enhorabuena a todos los felicitados por su trabajo de ayuda a los demás. Le pese a quien no lo quiera entender, la eficacia del trabajo policial depende, en ocasiones, de poder recurrir a la prohibición, a la coacción, a la denuncia e incluso a la fuerza.

Feliz Patrón 2016 a todos.

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El poli me va oír

Tengo que ir todos los días a trabajar al centro de la ciudad  y ya saben ustedes como está el aparcamiento en torno a los grandes almacenes en los que yo trabajo. Pero como soy un zorro viejo, me las he ingeniado para estacionar sin problemas cerca del curro y además sin gastar un euro. En la zona de estacionamiento de horario limitado cuando, a primera hora, los vecinos del centro dejan huecos, yo coloco allí mi vehículo gracias a la tarjeta de discapacitado de mi  padre. Con ella, en esas zonas puedo estacionar todo el día previo pago de una hora y media de aparcamiento.  Como los controladores de la ORA son unos señores que no son policías, cuando ven la tarjeta azul en el parabrisas ni la miran.(Tampoco tienen medios para saber quien conduce el coche). Así un servidor ya se puede despreocupar de la denuncia. Desde hace varios meses me ahorro incluso el tiket de la maquina expendedora. Dejo debajo de la tarjeta un resguardo caducado doblado y el tonto del controlado ni se entera.  Hace cuatro años solicitamos la tarjeta para mi padre, al que le habían reconocido una minusvalía severa, y miren por donde la cartulina nos llegó una semana después de que falleciera el hombre.
Les confesaré que para mí fue como una señal.
Ahora que mi hija tiene que ir a la universidad, al campus de la Merced que es otro reto para poder aparcar, le he hecho una fotocopia en color que está dando muy buen resultado. Estoy pensando en hacer unas cuantas fotocopias más para el resto de la familia  o para algún vecino que me caiga bien. No vean el ahorro y la comodidad a la hora de bajar al centro.
Cuando la tarjeta original caduque ya me han dicho algunos entendidos que puedo rascar la fecha de caducidad o colocar la tarjeta en el parabrisas de forma que no se pueda leer bien. El holograma dorado no es problema si se utiliza el papel brillante del interior de una cajetilla de tabaco. Y es que algunos familiares de discapacitados son expertos en este tipo de fraude.
Un municipal, vecino de  mi edificio, contaba en una reunión de comunidad que decenas de tarjetas fotocopiadas, caducadas o falsificadas e incluso de familiares fallecidos se intervenían mensualmente en vehículos  estacionados en zonas reservadas a minusválidos. Por ello prefiero la zona de ORA que no es competencia de la policía local  y que por su extensión  resulta más difícil de controlar.
Si algún día un  poli entrometido se percata de mi argucia les juro que me va a oír.
En primer lugar le diré que  yo soy un ciudadano ejemplar que paga sus impuestos y que ha de transportar a su pobre padre, que bastante tiene con su problema de movilidad.( El guardia no tiene por que saber que mi viejo falleció). Si ello no es suficiente le haré saber que mi cuñado es íntimo amigo del señor Alcalde. Y si el municipal no se deja amedrentar, después de recordarle los peligros del terrorismo Yijadista, de los robos en comercios y del tráfico de drogas, le afearé la conducta preguntándole por que me denuncia por una tontería cuando el mundo esta sucumbiendo ante tanto delito, corrupto y sinvergüenza. Que mi argumentario no le convence: montaré en cólera para hacerle partícipe de mi indignación ante los privilegios de un colectivo que puede aparcar con reserva de plazas, sólo y exclusivamente, por ser sus integrantes verdaderamente discapacitados.

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Sobre el autor sargento emilia
Sigo con mi "Versión Policial" en un intento por destripar una realidad urbana que el ciudadano en ocasiones apenas intuye. Con "Ficción Literaria" les hago partícipes de mis devaneos con la escritura. Más en mi blog titulado Sexo Exprés emigonzaga.blogspot.com

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